Prólogo de Rafael Termes para

Curso de Contabilidad y Finanzas
Editado por Esine, S.A.

Madrid, 1991


La evolución de la economía de un país depende fundamentalmente de la vitalidad de sus empresas; y, muy en especial, de las que pertenecen al sector privado. Esta es una opinión compartida por un gran número de personas. Número que ha aumentado -no sería mucha exageración decir que dramáticamente- en los dos años últimos, a consecuencia de los acontecimientos de todos conocidos.

Si esto es así -y personalmente estoy convencido de que así es- el desarrollo, en número y en calidad, de nuestras empresas es algo altamente deseable. Por lo tanto, hay que propugnar, y en cierta medida cabe esperar, por un lado, un creciente peso de la libre empresa en la configuración de la sociedad en que vivimos. Pero, por otra parte, es necesario que estas empresas, cada vez más numerosas, sean al mismo tiempo cada vez más eficientes. Mejorar la eficiencia del tejido empresarial español es el gran reto que tiene planteado nuestro país ante los procesos de integración económica de Europa y del mundo entero.

Ahora bien, difícilmente se puede mejorar una cosa si no se sabe lo que esta cosa es y lo que se quiere que sea. Por consiguiente, el primer paso para mejorar las empresas españolas es conocerlas bien. Esto parece evidente respecto a la propia empresa, pero es extrapolable a las restantes empresas ya que, como inversores, prestamistas, clientes, proveedores o simplemente miembros de la comunidad, todos nos relacionamos con ellas y, por lo tanto, es lógico que deseemos saber qué son y cómo están.

Debemos, pues, no sólo conocer bien nuestra empresa, sino también darla a conocer. De esta forma, gracias a la interacción de las fuerzas del mercado, podrá producirse, impulsada desde dentro o exigida desde fuera, la mejora de la eficiencia de las empresas.

La conclusión es que es necesario que las empresas elaboren y transmitan, dentro y fuera de las mismas, información adecuada. A esta necesidad de la sociedad corresponde un deber de los responsables de las empresas; el deber de informar.

La primera vez que como Consejero Delegado me dirigí a la Junta General de accionistas del Banco Popular, en febrero de 1968, dije que para mí el deber de informar era un deber de primera magnitud, porque estoy convencido de que informar es una forma de servir y la principal preocupación de todo ejecutivo debe ser siempre servir los intereses que le han sido confiados. El accionista -decía- tiene el derecho a ser informado sobre la marcha de la empresa a la que está vinculado por su inversión y este derecho de los accionistas hay que satisfacerlo plenamente en todas las facetas que tiene. Y, a continuación, me dediqué a glosar las características que la información, a mi juicio, ha de tener y que, en síntesis, son que sea pronta, frecuente y verídica.

Una parte de la información a publicar por las empresas es financiera. No es esta, desde luego, la más significativa: las personas cuentan infinitamente más que las cifras. Y la información sobre las personas importa mucho para bien gobernar una empresa; pero también interesa mucho a aquéllos que por profesión o por necesidad analizan la empresa desde el exterior. A este respecto recuerdo una anécdota que, en su día, me impresionó. Fue allá por los últimos años sesenta y en el contexto de los periódicos intercambios de opinión entre los expertos agrupados en la Federación Europea de Asociaciones de Analistas Financieros. Un día, comentando la aparentemente inesperada quiebra de una empresa cotizada en Bolsa, cuyos informes financieros no parecían anunciar ningún peligro, uno de los gestores de carteras de valores mobiliarios allí reunidos dijo que él hacía tiempo que, a pesar de los informes, había liquidado todas sus posiciones en aquel valor, porque observaba que de una manera gradual los mejores hombres de la empresa en cuestión la abandonaban para pasarse a la competencia.

La información financiera no es, pues, ni la única necesaria ni siquiera la más importante. Pero es imprescindible. Ignorarla es imprudente. Esta afirmación viene avalada tanto por el razonamiento teórico como, quizá especialmente, por la experiencia histórica.

El contenido mínimo de la información financiera a facilitar por las empresas es el objeto de la Cuarta Directiva de la CEE, aplicada recientemente en España en el Plan General de Contabilidad. Plan excelentemente explicado, por cierto, en la obra a la que estas palabras sirven de presentación.

Pero la información financiera se expresa en un cierto lenguaje. Este lenguaje es la Contabilidad y, para usarlo con provecho, precisamos conocerlo. Conocerlo, y muy a fondo, si somos responsables del proceso contable de una empresa. Pero también tenemos que conocerlo si debemos leer y entender los estados contables elaborados por los expertos, aunque el nivel de conocimiento, en este segundo caso, sea función de las decisiones financieras que nos corresponda tomar.

Como la Contabilidad no es una ciencia, y mucho menos una ciencia exacta -aunque a veces lo parezca- hay que conocer los principios y normas, más o menos convencionales, en los que se basa y que vienen a ser, para decirlo de algún modo, como las reglas gramaticales del lenguaje. Quien prepara la información contable debe reflexionar sobre estos principios para conocer sus posibilidades y sus limitaciones y, así, elaborar los documentos en forma que puedan ser correctamente interpretados.

Alguna vez dije a mis alumnos de Finanzas que el contable piensa que conduce la empresa porque establece su balance y esto es lo mismo que si los faros pensaran que conducen el coche porque alumbran la carretera. Sin luz evidentemente no se puede conducir pero, si el conductor dirige mal el coche, los faros no harán otra cosa que alumbrar la catástrofe. Bajo esta imagen se esconden dos grandes verdades. La primera es que la Contabilidad es imprescindible para dirigir una empresa. La segunda es que, para dirigir bien, es preciso que la Contabilidad, al margen de dejar constancia de los resultados de las decisiones anteriores, sirva para tomar las decisiones sobre el futuro. Es decir, que sea una verdadera contabilidad de gestión, para lo cual es indispensable que los expertos contables se percaten de que la contabilidad no es un fin en sí misma y que los documentos finales, lejos de ser un objeto de disfrute para los entendidos, deben reunir tales condiciones de claridad y concisión que resulten aptos, no sólo para informarse rápidamente y bien, sino para gobernar la empresa.

Es indiscutible que en España el nuevo Plan General de Contabilidad obliga a informar a más empresas y a informar más que en el inmediato pasado. Pero para que esta "explosión" informativa no sea inútil -mejor dicho, perjudicial- es necesaria una mejor y más actualizada preparación de productores y usuarios de información contable.

En este contexto, es una satisfacción y un honor prologar un "Curso de Contabilidad y Finanzas" como el realizado por el equipo del Centro de Estudios Técnicos Empresariales.

En primer lugar, por la importancia y la oportunidad de la materia de que se trata, como me he esforzado en exponer a lo largo de este prólogo.

Y, en segundo lugar, por el sistema escogido para el desarrollo del Curso. La experiencia de treinta y tres años de docencia en el IESE me ha convencido de la bondad de los métodos activos -y, en particular, del método del caso- para el estudio y la profundización del muy extenso campo en el que hoy debe actuar quien desempeña responsabilidades de dirección o de gestión en empresas y en otras instituciones socioeconómicas. En el cuerpo de conocimientos que cubre este campo de actuación, hay áreas que exigen la coincidencia física de profesores y alumnos para aplicar con fruto un método activo. En estos casos, el diálogo y el intercambio directo de opiniones son, a mi parecer, insustituibles.

Pero hay otras áreas en las que el método activo, del que, repito, soy convencido partidario, puede utilizarse a distancia, es decir, sin que se precise la coincidencia en el mismo lugar de las personas implicadas en el proceso docente. Y la de contabilidad y finanzas, probablemente no en su totalidad, pero sí en parte significativa, es una de estas áreas.

Naturalmente, para que un método de enseñanza a distancia logre los objetivos deseados debe elaborarse e impartirse cumpliendo unos requisitos exigentes. Estos requisitos, en resumen, son tres: clara exposición de los temas objeto de estudio individual; posibilidad de aplicar lo estudiado a situaciones concretas; contraste con un tercero competente de los resultados conseguidos.

Estos tres requisitos, que se constituyen en las tres fases del método de enseñanza a distancia, han sido cubiertos, de manera que no dudo en calificar de excelente, en el "Curso de Contabilidad y Finanzas" de ESINE.

El Curso consta de cinco partes y está desarrollado en 38 temas. La primera parte, a guisa de introducción, se ocupa de los conceptos básicos. La segunda, que viene a ser la parte central del Curso y es la más extensa, 20 temas, aborda el tratamiento a dar a todas las partidas del balance y de la cuenta de pérdidas y ganancias. La tercera contempla la contabilidad de sociedades a la luz de las modificaciones legales derivadas de la implantación en nuestro país de las directivas comunitarias, lo cual da fe de la actualidad del Curso. Las dos partes restantes -cuarta y quinta- son, en mi opinión, de singular importancia puesto que en las mismas se exponen, por así decirlo, dos subproductos de la contabilidad aptos para el enjuiciamiento de la situación de las empresas y para su gestión. Se trata, en la quinta parte, del análisis patrimonial, financiero y económico de los balances, instrumento muy adecuado tanto para comparar una empresa con otras de su mismo sector, como para ver su evolución a lo largo de los años; y, en la cuarta parte, de la contabilidad de costes o analítica, técnica que, al permitir desglosar los distintos conceptos de ingreso y gasto por unidades y por productos, facilita la toma de decisiones en orden a la optimización de los resultados globales de la empresa.

Todos los temas del Curso comprenden, primero, una exposición de los conceptos acompañada de su aplicación práctica a ejemplos numéricos que facilitan el entendimiento de la teoría; segundo, uno o más ejercicios prácticos que el alumno debe intentar resolver antes de recurrir a la solución, que se da a continuación, para comprobar por sí mismo el grado de asimilación de la materia; y, finalmente, una prueba de evaluación para ser corregida por el equipo docente.

Felicito al Centro de Estudios Técnicos Empresariales por la calidad del trabajo realizado, recomiendo vivamente el uso del Curso y me atrevo a pronosticar una gran acogida por parte del público al que va destinado.


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