¿POR QUÉ HAY QUE SER ÉTICO EN LOS NEGOCIOS?
La "Veritatis splendor" y el mundo de la empresa
Jornadas de Empresarios castellanos, valencianos y aragoneses
Tordesillas (Valladolid), 5 de marzo de 1994
Rafelbuñol (Valencia), 15 de abril de 1994
El Grado (Huesca), 16 de abril de 1994


Cuando en una reunión de la naturaleza de la que estamos celebrando, el título de una ponencia o intervención está formulado en forma de pregunta, el orador, por lo general, pretende dar la respuesta al final de las reflexiones que sobre la materia en cuestión va desgranando a lo largo del discurso.

En esta ocasión me vais a permitir que responda de entrada a la pregunta. Hay que ser ético en los negocios por la sencilla razón de que los negocios tienen lugar entre personas y las personas tienen que ser éticas; deben comportarse éticamente, es decir, de acuerdo con la norma moral derivada de su propia y exclusiva condición de persona humana, racional y libre. De aquí que la respuesta sea la misma tanto si se formula en relación con la profesión, sea liberal sea por cuenta de terceros, o en relación con la vida social, familiar e individual. El hombre debe ser siempre ético, en todas las situaciones y circunstancias, porque no hay más que una ética. No hay una ética individual -privada como le llaman algunos- una ética familiar, una ética social, una ética profesional, una ética empresarial. No hay más que una sola y única ética y esta ética hay que vivirla en la vida individual, en la vida familiar, en la vida social, en la vida profesional y en la vida empresarial.

¿Qué es la ética?

Otra cosa distinta es responder a la pregunta que inmediatamente viene a la mente después de la rotunda afirmación que acabo de hacer. Y la pregunta es: ¿qué se entiende, o qué hay que entender, por comportamiento ético? ¿Qué cosa es la ética? Puestos a responder lacónica y lapidariamente diré que ética se define como la ciencia que se refiere al estudio filosófico de la acción y conducta humana en relación con la moralidad. La ética es, por lo tanto, una parte de la filosofía, la Filosofía Moral. Etica y moral son, pues, dos vocablos sinónimos. Lo mismo da hablar de ética que de moral; de valores éticos que de valores morales. No ignoro que, hoy en día, algunos pretenden distinguir entre ética y moral, dando a la distinción un contenido ideológico que algo tiene que ver con las creencias. Sin discutir la buena intención de esta postura, sin duda motivada por el deseo de hallar un consenso que permita definir normas de comportamiento en una sociedad pluralista, a mi entender, la preocupación a que esta distinción apunta se satisface mejor aclarando a qué clase de ética o de moral quiere uno referirse.

Porque ahora se habla mucho de ética, pero ¿qué ética? La elección del modelo ético es una cuestión antropológica. La ética que, como ciencia del comportamiento del hombre, nos sintamos inclinados a escoger y propagar dependerá de la antropología que adoptemos, es decir, de nuestra concreta idea sobre el hombre. La ética basada en una antropología materialista no podrá ser nunca igual a la que se sustenta, al margen de cualquier opción confesional, sobre un concepto del hombre como ser formado de alma y cuerpo. Lo cual no obsta, si uno es liberal, para respetar, sin abdicar de las propias convicciones, la ética definida por otros, partiendo de una distinta antropología. Como es bien sabido, las normas para conseguir que convivan libremente distintas convicciones morales deriva del principio de la tolerancia. Pero esta tolerancia no me impide decir que una ética subjetivista, relativista, que -en vez de anclarse en la existencia de normas objetivas, inscritas en la misma naturaleza humana, válidas siempre y para todos- se base en el consenso de opiniones, cambiantes con las culturas, los tiempos y las circunstancias, no es, a mi entender, una moral que pueda garantizar el fundamento ético de la convivencia social, tanto nacional como internacional.

La ética en la que yo creo, y que espero pueda ser de amplia aceptación, tanto para los que somos cristianos, como para los que pertenecen a otra confesión o son agnósticos, es la ética fundada en la tradición filosófica realista y teleológica que arranca en Aristóteles y que considera que el hombre es un ser racional, social, libre (es decir, dueño de sus actos), capaz de organizarse para la consecución de sus fines y de poner los medios para lograrlos; capaz de aprender (en lo intelectual y en lo moral), de mejorar (en el plano intelectual y moral) y de progresar hacia la consecución de sus fines personales y sociales. Pienso que este hombre es un ser imperfecto pero perfectible, que puede ser ético y, de hecho, muchos hombres lo son.

Esta ética es una ética racional, en el sentido de que la razón, la inteligencia humana, puede descubrir las reglas de la moralidad. El razonamiento moral parte de la consideración del hombre como es, lo enfrenta con el hombre como debería ser -de acuerdo con su fin-, y deduce de ahí las reglas morales para pasar del hombre como es al hombre como debería ser. Esta ética racional discrepa, por ejemplo, de la ética nominalista, producto de la modernidad, en la que lo que hay que hacer, lo ético, no se deduce por la razón, sino que simplemente procede del precepto.

La ética de las virtudes

En la ética racional, el fin del hombre es la felicidad que, también desde Aristóteles, no consiste en el placer sino en la perfecta realización de todas las potencialidades humanas. En esta ética, los medios para alcanzar el fin son las virtudes, todas las virtudes. Pero, ya se ve enseguida que la mera enumeración del fin, buscar la felicidad o la autorrealización, no puede ser una guía práctica para la acción. En cambio, sí lo es, con ejemplos que afectan al hombre de empresa, decir la verdad; explicar claramente lo que se hace y por qué se hace; mantener la palabra dada; cumplir el compromiso adquirido sobre el importe y la fecha de pago; desempeñar fiel, eficaz y puntualmente el cometido profesional; remunerar justamente el trabajo; vivir la disciplina, con obediencia, adhesión y subordinación al legítimo superior; exigir el cumplimiento de los subordinados y ser leal con ellos; servir la calidad anunciada, sin disimular los defectos; soportar con espíritu de sacrificio las dificultades y contradicciones; obrar de conformidad con el honor y la honra; guardar leal y sigilosamente el secreto de oficio y el confiado; afrontar con valor las responsabilidades; comportarse correctamente con los compañeros, sin murmurar en su ausencia o ponerles zancadillas en su camino profesional; etc. etc. Hacerlo así siempre, tanto cuando es fácil como cuando es difícil, cuando todos lo hacen y cuando los demás no lo hacen, es poner en juego los medios para el fin, que es la felicidad propia y la de los demás.

De intento no he incluido entre la relación de algunos medios, guías del obrar en orden al fin, ejemplos de lo que no se debe hacer, reglas negativas, como prevaricar, corromper, defraudar, etc., porque la ética que estoy describiendo es una ética de las virtudes y en esta ética lo que no se debe hacer es simplemente lo que va contra las virtudes. La sencillez y al mismo tiempo firmeza o solidez que caracteriza a la ética de las virtudes contrasta con la confusión y falta de concreción en las que, por lo general, se debaten los que postulan la ética de los valores. Ante la dificultad práctica de decir a qué valores se están refiriendo, estas éticas, a mi juicio, quedan muchas veces en meras declaraciones utópicas. Por esto, entiendo que hay que sustituir la palabra valores por la palabra virtudes, sin miedo a ser tachados de confesionales ya que las virtudes humanas -sobre las que se asientan, elevándolas de orden, las virtudes cristianas- se hallan en el pensamiento filosófico griego, cinco siglos antes de Cristo.

Virtudes y sentimientos

Hay que hablar de virtudes, pero sin confundirlas con los sentimientos, porque la confusión entre virtudes y sentimientos es una forma de suicidio moral, tanto en el plano social como en el individual. En el caso concreto, por ejemplo, de la solidaridad de la que tanto y tan sin sentido se habla hoy en día, es paradigmática la corrosión de los valores éticos que se produce al confundir el sentimiento de solidaridad con la virtud de la solidaridad.

El sentimiento de solidaridad conduce a la postulación del Estado del Bienestar en el que la solidaridad se organiza burocráticamente con cargo al Presupuesto del Estado, con exposición a toda clase de abusos y corruptelas, pero sin el menor compromiso de los individuos que tienden a sentirse descargados de todo sacrificio personal en la acción benefactora del Estado. La virtud de la solidaridad -valoración del "otro" como "otro yo", de cuyo bien soy responsable en la medida en que puedo influirlo- empuja, en cambio, a la generosa realización de actuaciones concretas de ayuda, material, moral, cultural, con sacrificio personal, de que está llena la historia de la humanidad, sobre todo cuando la solidaridad burocratizada no enerva, en la forma dicha, la virtud de la solidaridad personal.

Las virtudes son hábitos que desarrollan las potencias operativas del hombre en orden al bien, es decir, que le llevan a hacer y a hacer bien lo que hay que hacer. Pero los hábitos -buenos, virtudes o malos, vicios- se adquieren por aprendizaje, por la reiteración de los actos. Si siempre digo la verdad, aunque alguna vez me cueste, adquiero el hábito de la veracidad; me hago veraz. Si digo una mentira de vez en cuando, esto no me hace mentiroso, aunque, una mentira aislada pueda tener efectos muy desastrosos. Una mentira no me hace mentiroso, pero a fuerza de decir mentiras voy aprendiendo a hacer el mal, voy adquiriendo el hábito contrario a la veracidad; me hago mentiroso. Y poco o mucho, me he envilecido como hombre, me he deteriorado como persona. Es más: si miento para enriquecerme o para ascender, pronto estaré dispuesto a realizar otras acciones tanto o más incorrectas éticamente con la misma finalidad.

La ética racional y el Magisterio de la Iglesia

La ética a la que me estoy refiriendo, y que he llamado la ética de las virtudes, no es, ya lo dije, una ética específicamente cristiana. Para participar de esta concepción ética, no es necesario ser cristiano, ni siquiera ser creyente, aunque en el fondo de toda pregunta ética late, consciente o inconscientemente, una preocupación religiosa trascendente. Puede haber no cristianos, y sin duda los hay, que, de acuerdo con su moral de base objetiva, universal y constante estarán más de acuerdo conmigo que yo pueda estarlo con algunos cristianos partidarios de morales subjetivistas, relativistas y circunstanciales. En cualquier caso, la ética cristiana no solamente no contradice la ética de las virtudes sino que la potencia o sublima. Por ello, en un momento en que nuestras sociedades se hallan sacudidas por una profunda crisis de valores morales, lo que hace decir a muchos que hay que volver a las raíces éticas, pienso que nada mejor para enraizar nuestro comportamiento ético, tanto en el ámbito personal como en el profesional y el empresarial, que acudir al sólido fundamento de la auténtica interpretación de la moral natural y universal que, no sólo para los católicos, sino también para muchos otros hombres de buena voluntad, ofrece el Magisterio de la Iglesia Católica al amparo de la Revelación.

De hecho, después de que durante más de dos siglos y hasta hace bien poco, las relaciones entre economía y moral han sido inexistentes, hoy, afortunadamente, las cosas parecen estar volviendo hacia donde siempre debieron haber estado, y los economistas, los empresarios y los moralistas declaran que la cooperación entre economía y ética es necesaria para el buen funcionamiento del mercado. Los empresarios se muestran dispuestos a escuchar a los profesores de ética y los moralistas, por lo menos algunos de ellos, se esfuerzan por entender los fundamentos de la ciencia económica. Prueba de este cambio son las innumerables conferencias, congresos, mesas redondas y reuniones de todo orden que se están organizando sobre esta materia, como lo es la aparición de diversas obras colectivas en las que prestigiosos cultivadores del saber económico han vertido sus comentarios sobre las Encíclicas Laborem Exercens (1981), Sollicitudo Rei Socialis (1987) y Centesimus Annus (1991), que son los tres importantes documentos con que, por el momento, el actual Pontífice cierra cien años de Doctrina Social de la Iglesia. En la misma línea se inscribe el hecho de que algunos economistas, que se denominan católicos, afirmen, como recientemente ha hecho el Profesor Juan Velarde, que se consideran en el deber de "exponer, con claridad, sus puntos de vista sobre la situación nacional en el ámbito de su especialidad", añadiendo que estas opiniones deben ser escuchadas con atención por la Jerarquía. Y esto es lo importante en orden a la recuperación del deseable diálogo.

Porque, ciertamente, la Iglesia -como afirma Juan Pablo II en la Encíclica Sollicitudo Rei Socialis- no propone sistemas o programas económicos y políticos, ni manifiesta preferencias por unos o por otros, con tal de que la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida y ella goce del espacio necesario para ejercer su ministerio en el mundo 1. Pero la Iglesia -sigue diciendo Juan Pablo II- es experta en humanidad, y por esto tiene una palabra que decir y a este fin utiliza como instrumento su doctrina social 2.

La doctrina social de la Iglesia -concluye el Pontífice- no es, pues, una tercera vía entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene una categoría propia. No es tampoco una ideología, sino la cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la doctrina cristiana. Por tanto, no pertenece -la doctrina social- al ámbito de la ideología, sino al de la teología, y especialmente de la teología moral .3

La Encíclica Veritatis Splendor

Luego, si la Doctrina Social de la Iglesia, como dice el Papa Juan Pablo II, es una parte de la teología moral, parece lógico que busquemos nuevas luces en el análisis y aplicación práctica de la Encíclica Veritatis Splendor que el mismo Pontífice publicó con fecha 6 de agosto de 1993. En efecto, al abordar los fundamentos de la vida moral, dando claras orientaciones ante las voces confusas y contradictorias que, en materia moral, surgen incluso en el seno de la propia Iglesia, esta Encíclica, que puede ser calificada, en palabras del Cardenal Ratzinger, como el documento más trascendental del Pontificado de Juan Pablo II, es, junto con el Catecismo de la Iglesia Católica, una norma segura para lo que hay que creer y practicar.

 

 

Las éticas consecuencialistas

Y esta norma segura nos es hoy altamente necesaria porque una gran parte de la literatura actual sobre ética de la empresa se centra en enfatizar la conveniencia de obrar éticamente dadas las consecuencias sociales que tal obrar ocasiona, con lo cual, prescindiendo del valor ético de las acciones medido por el efecto que producen en el interior del agente, la pretendida ética de la empresa, plasmada en los proliferantes códigos de comportamiento, se convierte en una lista de normas o reglas de carácter sociológico sin auténtico fundamento ético. A esta clase de discurso pertenece, por ejemplo, decir que la dureza del mercado tendría que ser corregida por los buenos sentimientos de los poderosos hacia los desposeídos, ya que de esta forma se logrará la concordia y la paz social. Otras veces se pretende vender esta misma ética consecuencialista no ya insistiendo en las consecuencias para los demás sino afirmando e, incluso, intentando demostrar que ser ético resulta rentable para la propia empresa. Es probablemente verdad, pero ésta no es la razón para ser ético.

El error, de carácter antropológico, que se oculta bajo las aparentemente buenas intenciones de esta moral consecuencialista es denunciado por Juan Pablo II, cuando en la Veritatis Splendor recuerda que los actos humanos son actos morales, porque expresan y deciden la bondad o malicia del hombre mismo que realiza esos actos. Estos no producen sólo un cambio en el estado de cosas externas al hombre, sino que, en cuanto decisiones deliberadas, califican moralmente a la persona misma que los realiza y determinan su profunda fisonomía espiritual .4 Es decir, el valor más importante de los actos humanos no es el que produce al exterior de la persona sino el que tiene lugar en su interior. Cualquier cosa que el hombre haga, aunque esta cosa no dañe a sus semejantes, es más, aunque les produzca beneficios, si el acto -de acuerdo con la norma objetiva convertida por la conciencia subjetiva en regla próxima del obrar- ha sido un acto éticamente incorrecto, el hombre se ha degradado, ha envilecido, en poco o en mucho, su dignidad de persona, aunque nada de esto haya traslucido. Y esta degradación de la persona es mucho más importante que todo lo que el acto humano haya podido provocar exteriormente.

Por tanto, dice el Papa, el obrar humano no puede ser valorado moralmente bueno sólo porque sea funcional para alcanzar éste o aquel fin que persigue, o simplemente porque la intención del sujeto sea buena. 5 La vida moral posee un carácter "teleológico" esencial, porque consiste en la ordenación deliberada de los actos humanos a Dios, sumo bien y fin (telos) último del hombre. Pero esta ordenación al fin último no es una dimensión subjetivista que dependa sólo de la intención. Aquélla presupone que tales actos sean en sí mismos ordenables a este fin, en cuanto son conformes al auténtico bien moral del hombre, tutelado por los mandamientos .6

Las fuentes de moralidad

Es la aplicación de la doctrina tradicional sobre las fuentes de moralidad, que como es bien sabido son tres: el objeto o fin de la obra, la intención o fin del agente, y las circunstancias, entre las que ocupan lugar destacado las consecuencias. La sana doctrina moral ha enseñado, siempre, que el elemento primario y decisivo para el juicio moral es el objeto del acto humano, el cual, recuerda el Papa, decide sobre su "ordenabilidad" al bien y al fin último que es Dios 7. De forma que, si bien una intención torcida puede pervertir un acto bueno o indiferente por su objeto, ninguna intención por buena que sea, puede convertir en bueno un objeto intrínsecamente malo. Y si es cierto también que las circunstancias pueden atenuar e incluso eliminar la imputabilidad moral de un acto malo por su objeto, ninguna circunstancia podrá nunca cambiar la especie moral de tal acto, haciéndolo pasar de malo a bueno.

De aquí que el Papa advierta sobre el error de las corrientes llamadas consecuencialistas y proporcionalistas. El error consiste en que determinados actos, que la tradición moral de la Iglesia denomina intrínsecamente malos, es decir, que lo son siempre y por sí mismos, con independencia de las interiores intenciones de quien actúa y de las circunstancias concurrentes, los partidarios de estas corrientes dicen que no serían ilícitos si tales actos fueran puestos con la intención de producir un estado de cosas mejor para todas las personas interesadas. Es decir, para este pensamiento, sería recto el comportamiento capaz de maximizar las consecuencias buenas y minimizar las malas. De esta forma, la intención del sujeto, concentrada, dicen, en una responsable ponderación de los bienes implicados en la acción, podría hacer que un acto que viola preceptos graves de la moral tradicional debiera ser considerado como moralmente bueno para un sujeto concreto en una situación concreta.

Ante esta desviación doctrinal, el Papa reafirma que la Iglesia, al acoger la doctrina de la Sagrada Escritura, enseña que, sin negar en absoluto el influjo que sobre la moralidad tienen las circunstancias y, sobre todo, las intenciones existen actos que, por sí en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto. 8 Y, citando a Pablo VI, recuerda que, si es lícito alguna vez tolerar un mal menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es lícito, ni aun por razones gravísimas hacer el mal para conseguir el bien, es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social. 9

El mundo de la empresa

Qué duda cabe que los errores denunciados por el Papa pueden hacer mella en el mundo de la empresa, donde existe una clara tendencia a medirlo todo por los resultados, es decir, las consecuencias. Y contra este error hay que precaverse partiendo de que la empresa, en palabras preferidas de Juan Pablo II, es una comunidad de personas, personas que, añado yo, unas aportan capital, otras trabajo, y todas, bajo la dirección del empresario, se proponen el logro de un objetivo que constituye el fin de la empresa. Este objetivo, para que la empresa se justifique económica y moralmente, debe ser bifronte: por un lado, añadir valor económico, es decir, crear riqueza para todos los participantes en la empresa; y, por otro lado, prestar verdadero servicio a la sociedad en la que la empresa se halla ubicada. Sin estas dos condiciones -prestar servicio y crear riqueza- la empresa mercantil no se justifica. Precisemos los términos. Por un lado, prestar servicio, verdadero servicio, es decir, un servicio que contribuya al bien común; si no es así, la empresa no se justifica moralmente. De aquí que haya empresas que, a pesar de crear riqueza, no se justifican moralmente por la naturaleza dañina, material o espiritualmente, de la actividad a que se dedican. Por otro lado, crear riqueza, añadir valor económico, es decir, generar rentas para los que integran la empresa como aportantes de capital, trabajo y dirección. Por eso hay empresas que, aun cuando la naturaleza de su actividad sea irreprochable desde el punto de vista moral, no se justifican económicamente al no llegar a generar rentas suficientes para remunerar satisfactoriamente tanto el trabajo como el capital empleados.

En la actividad empresarial, así definida, aparecen los tres elementos necesarios para calificar la moralidad de las actuaciones. En primer lugar el objeto, los bienes o servicios que la empresa produce; luego, la intención del empresario; finalmente el beneficio que la actividad genera. Distinguir entre las tres cosas ayuda mucho para saber a qué atenerse. En cuanto al objeto, nunca será moralmente aceptable, por muy filantrópicas que fueran las intenciones del empresario, una empresa que se dedicara, por ejemplo, a la pornografía, a la comercialización de la droga, al tráfico de armas, a la práctica del aborto y de la eutanasia, a la fabricación de anticonceptivos, a la prostitución, a la trata de blancas y de jóvenes, o, para no hacer demasiado larga la lista, a cualesquiera otras actividades que atenten a la dignidad de la persona humana.

En cuanto a la intención, si el fin del empresario fuera poner al servicio de causas innobles los beneficios obtenidos en una actividad en sí misma correcta, es evidente que esta intención hubiera hecho moralmente inaceptable la empresa dedicada a un objetivo bueno. En cuanto a las circunstancias, digamos en primer lugar algo sobre las consecuencias, es decir, los resultados. Toda la sana doctrina afirma que, con independencia del objeto y de la intención, que pueden, como hemos visto, calificar negativamente el negocio, el beneficio, en sí mismo, cualquiera que sea su tamaño, es totalmente legítimo si ha sido obtenido en un mercado libre, con suficiente número de compradores y vendedores, es decir, en ausencia de monopolio, y sin fraude, coacción o engaño. La Veritatis Splendor, citando el Catecismo de la Iglesia Católica, enumera algunas acciones moralmente inaceptables porque van contra la rectitud exigible en el mercado, tales como: el robo, el retener deliberadamente cosas recibidas como préstamo u objetos perdidos, el fraude comercial, la subida de precios especulando sobre la ignorancia y las necesidades ajenas, la falsificación de cheques y de facturas ,10 etc..

Esto en relación con la manera cómo ha sido obtenido el beneficio en el exterior, por así decir, de la empresa. Pero, entre otras circunstancias -tercera fuente de la moralidad- merece la pena detenerse en la manera cómo se ha logrado el beneficio dentro de la empresa. Es decir, si al obtenerlo se ha respetado la dignidad de las personas que la componen o, por contra, tal dignidad ha sido violada. La Encíclica viene también en nuestra ayuda y, después de citar como actos reprobables los salarios injustos, la apropiación y el uso privado de bienes sociales de la empresa, los trabajos mal realizados, los fraudes fiscales, los gastos excesivos y el derroche, proscribe, en general, los actos que, por una u otra razón, egoísta o ideológica, mercantil o totalitaria, conducen a esclavizar seres humanos, a menospreciar su dignidad personal, a comprarlos, a venderlos y a cambiarlos como mercancía. 11

Los códigos empresariales y las virtudes

Vemos, pues, cómo es necesario conocer con claridad las normas objetivas que ayudan al hombre a tomar, libre y responsablemente, decisiones conformes con su naturaleza racional, es decir, adhiriéndose voluntariamente a la verdad y al bien, evitando aquello que no se debe hacer si uno quiere comportarse éticamente. Esto es lo que, al parecer, pretenden hacer los códigos de conducta de las empresas. En este sentido deben ser tenidos por bienvenidos. Pero, en algunos casos, estos códigos se limitan a aportar reglas prohibitorias. El inconveniente de este enfoque es doble. Por un lado, al que no tiene motivaciones profundas para comportarse éticamente le induce -y la experiencia nos confirma esta imputación- a buscar la manera de soslayar las prohibiciones, de forma que, en la práctica, acaba resultando que lo importante no es cumplir, sino ver la manera de que no le sorprendan a uno en el incumplimiento. Por otro lado, al que rectamente se somete a las prohibiciones, le deja la sensación de que a fuerza de abstenerse de todo lo que no se puede hacer, está sacrificando su excelencia profesional en aras de una mínima honradez humana. La verdadera solución para salir de esta reductiva interpretación de la ética, consiste en entender que no hay contradicción alguna entre calidad profesional y calidad humana. Es más, que no puede haber calidad humana sin calidad profesional. Es decir, la excelencia profesional exige como condición necesaria, aunque no suficiente, el desarrollo de todas las virtudes humanas vividas, precisamente, en el ejercicio de la propia profesión. Es un error pensar que las exigencias éticas son algo ajeno a la profesión, es decir, que afectan a las personas en cuanto personas, pero que no tienen nada que ver con su profesión. La verdad es que las virtudes -que, efectivamente, todo hombre debe vivir- se concretan y especifican en la profesión.

La actividad empresarial resulta, pues, ser campo adecuado para la práctica de las virtudes; de todas las virtudes. Entre ellas, la Veritatis Splendor cita expresamente la virtud de la templanza, para moderar el apego a los bienes de este mundo y la virtud de la justicia, para preservar los derechos del prójimo y darle lo que le es debido 12. Pero qué duda cabe que las otras dos virtudes cardinales -así llamadas porque en ellas se apoyan todas las demás- deben también ser especialmente vividas por los empresarios. La fortaleza para exigir, y exigirse, en el cumplimiento del deber y para resistir las tentaciones de aceptar las posibilidades oportunistas no éticas que ofrece el entorno. Y, sobre todo, la virtud de la prudencia que es la que informa las restantes virtudes al tiempo que constituye la medida de todas ellas. Desgraciadamente, la idea que la sociedad contemporánea se hace de la prudencia es totalmente errónea. Cuando no se interpreta como astucia, esta especie de sentido simulador que busca el fin por vías torcidas, prudencia, más que un medio para alcanzar el bien, parece consistir en una manera de eludirlo, mediante la tópica prudente adaptación a las circunstancias. Pero la prudencia verdadera es algo mucho más noble. La prudencia es la virtud que asegura que el querer y el obrar sean conformes a la verdad, es decir, a la realidad objetiva, lo cual significa que la actuación del hombre prudente presupone la atenta, rigurosa y objetiva consideración de las realidades concretas. Partiendo de esta aprehensión de la realidad, el hombre prudente dirige sus operaciones sobre la misma realidad de la que parte, a fin de transformarla de acuerdo con la verdad y el bien. Y, así, con sus decisiones y acciones, el hombre prudente se va realizando a sí mismo y a los demás.

Al llegar a este punto es muy posible que, en nuestras mentes, vuelva a surgir la antigua pregunta sobre la compatibilidad de la ética con las exigencias del negocio y con los condicionantes a que la actividad empresarial se ve sometida, por mor del entorno en que ha de desenvolverse. ¿Es posible comportarse siempre éticamente? Ante la necesidad de sobrevivir, ¿puede uno negarse a las prácticas claudicantes, corruptas o prevaricadoras empleadas o aceptadas necesariamente, se dice, por la competencia? ¿No será que en determinadas circunstancias en las que el cumplimiento de la ley moral resulta prácticamente imposible, esta ley deja de obligar? Así lo piensan algunos con evidente desviación de la norma verdadera, como el Papa señala y censura en su Encíclica.

Pero el Papa, al hacerlo, no se limita a enumerar, de manera fría, lo que no es moralmente aceptable, porque sabe que habla en nombre de la Iglesia, que si es Maestra también es Madre. Por esto, al abordar el tema que ahora nos ocupa, lo hace desde el conocimiento de la debilidad del hombre pero también de la fidelidad de Dios a sus promesas. La observancia de la ley de Dios en determinadas situaciones -dice el Papa- puede ser difícil, muy difícil: sin embargo, jamás es imposible. Esta es una enseñanza constante de la tradición de la Iglesia, expresada así por el Concilio de Trento: "Nadie puede considerarse desligado de la observancia de los mandamientos, por muy justificado que esté; nadie puede apoyarse en aquel dicho temerario y condenado por los Padres: que los mandamientos de Dios son imposibles de cumplir por el hombre justificado. 'Porque Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar lo que manda, te invita a hacer lo que puedas y pedir lo que no puedas' y te ayuda para que puedas" 13.

Es el caso, por ejemplo, de la pretendida necesidad de sobornar a los funcionarios o de acceder a las solicitudes de los prevaricadores, a fin de obtener determinados contratos u otras concesiones para poder desarrollar el negocio, bajo la justificación de que todos lo hacen y si no se hace no hay manera de competir. Aceptarlo así y pensar que la necesidad obliga a no respetar las normas morales, sería caer, nos dice el Papa, en el error gravísimo (de)... que la norma enseñada por la Iglesia -en este caso el séptimo mandamiento de la ley de Dios- es un "ideal" que ha de ser luego adaptado, proporcionado, graduado a las -se dice- posibilidades concretas del hombre: según un "equilibrio de los varios bienes en cuestión" 14.

Para resolver la situación descrita, el Papa, siguiendo el viejo aforismo "a Dios rogando y con el mazo dando", nos ha invitado a hacer lo que podamos y pedir lo que no podamos. Lo cual quiere decir que, ante casos como el señalado, el empresario, aparte de confiar en Dios, que sin duda puede sacarle del atolladero en que se halla por fidelidad a la norma moral, como salvó a Susana de los jueces inicuos -es uno de los ejemplos citados en la Encíclica-, debe esforzarse, con imaginación y espíritu de iniciativa, para encontrar salidas éticas al problema -y la experiencia nos dice que muchas veces las hay- en vez de plegarse cómodamente a lo que, al parecer, todos hacen, con lo cual, lo único que se logra es que la situación de corrupción se vaya asentando en el país. Cierto que, si bien nunca es lícito tomar la iniciativa de sobornar, alguna vez, con los requisitos que establecen las reglas de la cooperación indirecta al mal, podrá serlo aceptar la extorsión, pero, a la luz de la doctrina moral perenne recordada por el Papa, quiero decir que es más conforme con las exigencias éticas hacer todo lo posible por evitarlo, contribuyendo así a sanear el ambiente. Adoptar sin resistencia las costumbres éticamente incorrectas, dice el Papa, corrompe la moralidad de la sociedad entera, porque enseña a dudar de la objetividad de la ley moral en general y a rechazar las prohibiciones morales absolutas sobre determinados actos humanos, y termina por confundir todos los juicios de valor .15 El hecho de que algunos creyentes actúen sin observar las enseñanzas del Magisterio, no puede constituir un argumento válido para rechazar la verdad de las normas morales .16

 

 

Los discursos sobre la ética empresarial

Queda claro, pues, me parece a mí, que es necesario actuar éticamente en el mundo de la empresa como en cualquier otro ámbito. Es más, esta afirmación es aceptada, al parecer, por cada vez más gente, si nos atenemos a los muchos discursos que se oyen en favor de la ética empresarial. Sin embargo, una gran parte de estos discursos encaminados a convencer a los directivos y a los futuros directivos de empresa de la importancia de que se comporten éticamente, se apoyan en que, según sus autores, ese tipo de comportamiento es económicamente rentable para la empresa. Reconociendo la buena voluntad que está detrás de la mayoría de esos intentos, los argumentos incluyen tal mezcla de verdad y de mentira que, lo mínimo que cabe achacarles es su falta de seriedad científica.

Cuando se intenta argumentar de ese modo a los jóvenes que se preparan en nuestras Escuelas de Dirección, y comparan este tipo de enseñanza con las enseñanzas rigurosas que reciben en los campos meramente técnicos, no es extraño que acaben pensando que, de lo que se les está enseñando, lo que verdaderamente importa es lo técnico. La ética no pasaría de ser un adorno. Así se explica que algunos lleguen a concluir "que las escuelas de negocios estrechan la mente, endurecen el corazón, empequeñecen el alma". No es ciertamente así, gracias a Dios, en la Escuela a la que yo pertenezco, la cual, como Facultad de la Universidad de Navarra, se beneficia del espíritu de su Fundador y Primer Gran Canciller, el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, para quien la misión de la Universidad es la formación humana integral de las personas que pasan por sus aulas.

Es cierto que resulta fácil demostrar que un comportamiento ético es condición necesaria, aunque no suficiente, para la maximización de valores económicos futuros, y que, por lo tanto, la ética, a la larga, resultará económicamente rentable. Pero esta es la razón para ser ético; ésta es simplemente una propiedad de las decisiones éticamente correctas. Pretender que un empresario se comporte éticamente por motivos económicos es tan insensato como pretender que una persona se abstenga de beber un veneno porque tiene muy mal sabor. Ese tipo de formación terminaría educando empresarios que estarían condenados a morir envenenados en cuanto se tropezasen con venenos cuyo sabor les resultase agradable.

Los enfoques rigurosos de la ética van por caminos absolutamente distintos. La ética no se justifica por sus resultados externos. La ética se justifica por la consecución del fin auténtico del hombre. Del propio agente, en primer lugar, pero también o además de todos los sujetos pasivos de su obrar. Perseguir otro fin con la ética es forzar los medios, es utilizarlos para lo que no sirven. El que miente para vender un producto defectuoso sacrifica muchas cosas -su compromiso con la verdad, su realidad como hombre cabal, su sociabilidad- y las sacrifica a la consecución de un fin, el beneficio. El que utiliza la ética con el fin de obtener un beneficio, está haciendo una violencia parecida, y está aprendiendo a poner el fin del beneficio por delante del fin de la realización como hombre: está haciendo trampas consigo mismo. Y no es de extrañar que, si comprueba que la ética no le proporciona buenos resultados económicos, lo cual puede suceder, decida abandonar un comportamiento que ya no estima rentable, y acabe, tarde o temprano, recurriendo a medios ilícitos para la consecución del resultado que esperaba haber obtenido, según le pronosticaban, comportándose éticamente.

Etica y beneficio

¿Quiere esto decir que la decisión de comportarse éticamente supone renunciar al beneficio? ¿Atentar contra la rentabilidad? No ciertamente. Lo único que decimos es que la razón para ser ético no es que la ética pague. Hay que ser ético aunque la ética no pague, si buen puede suceder que resulte rentable serlo, si se entiende bien lo que hay que entender por "rentable".

En primer lugar, una sociedad ética es una sociedad económicamente más eficiente. En este sentido, la ética es económicamente rentable, pero para todos, para la sociedad, no necesariamente para el individuo que se comporta éticamente. En efecto, ante cualquier situación yo puedo decidir cumplir las reglas éticas siempre -no disimular los efectos de un producto, por ejemplo- lo cual resulta rentable para todos, excepto, a primera vista, para mí si los demás no cumplen las reglas. He aquí un caso en que comportarse éticamente resulta rentable para los demás pero no lo es para mí. Pero puede suceder lo contrario, si yo decido no cumplir las reglas éticas, sabiendo que los demás las cumplen. Este comportamiento éticamente incorrecto no es rentable para los demás, que resultan engañados, pero parece que es rentable para mí, al menos a corto plazo; si nadie disimula los defectos de sus productos, los clientes no sospecharán que yo sí los disimulo, con lo que saldré beneficiado (es el caso del "viajero sin billete": si el tren funciona normalmente porque todos pagan, el "aprovechado" sale ganando). Ahora bien, el resultado de mi comportamiento es, a la larga, la creación de un incentivo a no cumplir con las reglas éticas: si yo disimulo los defectos de los productos, cada vez habrá más vendedores que también lo harán. Y cuando muchos lo hagan, todos saldrán perdiendo, porque se crearán situaciones del tipo "dilema del prisionero": si todos dicen la verdad, todos salen ganando; si alguno no dice la verdad, el mundo resultante es el peor de todos.

En definitiva, para decir las cosas como son, sin pretender inducir a portarse bien con falsos pero atractivos argumentos, la falta de ética, económicamente hablando, puede ser rentable, a corto plazo, para algunos, en algunas ocasiones. La ética es siempre rentable económicamente, a largo plazo, para el conjunto de la sociedad, pero no necesariamente, desde el punto de vista económico, para los individuos que se comportan éticamente. Para el empresario que decide comportarse éticamente, la ética puede que no le sea económicamente rentable a corto plazo. Sin embargo, le es siempre "rentable", si se entiende que es rentable aquel comportamiento que se ordena a la consecución de su fin como hombre. Pero además puede, y no tiene por qué no, serle rentable económicamente, a largo plazo, si el empresario se comporta no movido por el sentimentalismo, que no puede conducir a buenas decisiones, sino por la virtud de la prudencia.

Tomar prudentes decisiones en función no sólo del valor económico sino además del valor ético de nuestros actos, para nosotros mismos y para todos los que nos rodean, puede, ciertamente, suponer un coste de oportunidad; es decir, el empresario renuncia a un cierto beneficio a corto plazo que otra alternativa no ética podía haberle aportado. Sin embargo, al hacerlo, el verdadero empresario es consciente de que, al hacerlo así, ha elegido la mejor alternativa para los demás y para él mismo, en términos de desarrollo integral de las personas. Por otra parte, aunque esta no sea la razón última para ser éticos, la experiencia nos dice que, a la larga, los beneficiosos efectos psicológicos y éticos de las decisiones así tomadas, en todas las personas que forman la empresa o están en contacto con ella, conducirán a mejores resultados también económicos. Porque los valores éticos son valores subjetivos, es decir, expresan realidades que se producen en el interior de las personas y, en consecuencia, no pueden ser objeto del mercado; la confianza, el afecto, la sinceridad, la lealtad, la honradez, etc. no podrán ser nunca materia de compraventa, pero la influencia de estas cualidades personales es decisiva para la generación de valor económico real. Así lo testifican multitud de profesionales y empresarios que saben renunciar al enriquecimiento rápido o al beneficio inmediato en aras de la rentabilidad sostenida a largo plazo, que es la garantía de la continuidad, el desarrollo y la expansión; lo cual constituye el fin último de la empresa como comunidad de personas.

Pero este no es un logro automático. Comportarse éticamente y al mismo tiempo lograr resultados económicos satisfactorios; no hacer lo que hacen los competidores cuando lo que hacen no es ético y triunfar; tomar decisiones económicas en función del valor ético de esta decisión y obtener un buen nivel de beneficios, supone que el dirigente empresarial, en vez de actuar de manera rutinaria y mediocre, ponga en juego la investigación, la imaginación y la creatividad, es decir, la excelencia profesional. De hecho, el esfuerzo por alcanzar la excelencia forma parte del comportamiento ético del empresario, hasta el punto de que una ejecutoria profesionalmente, técnicamente, deficiente, no es ética por muy "buenos sentimientos" que tenga el supuesto empresario.

Podríamos aquí citar ejemplos de empresas con gran calidad técnica y ética que, en una cuestión concreta, como puede ser la remuneración de los trabajadores y el despido, han actuado de manera distinta a la que actuaba su entorno para defender sus beneficios y, sin embargo, en razón de su excelencia en la gestión, figuran en la cabecera de los rankings por rentabilidad sobre ventas, sobre activos y sobre fondos propios, a lo largo de veinticinco o cincuenta años. No lo haré porque no puedo abusar de vuestra atención, pero estoy seguro de que, sin necesidad de esta prueba, estáis convencidos de que lo que digo es verdad.

Conclusión

Sin embargo, no quiero caer en lo que antes he criticado, dejando la impresión de que pretendo defender la falsa idea de que tenemos que comportarnos bien porque así nos irá mejor. No. Eso sería tanto como intentar vender mercancía averíada. Tenemos que comportarnos éticamente, siempre, con independencia de las consecuencias que de ello se sigan. Lo que importa es la virtud, el premio de la virtud es ella misma 17. Hay que ser ético no sólo aunque no haya premio para ello sino incluso en el supuesto de que, como ahora desgraciadamente contemplamos con demasiada frecuencia, la sociedad aplauda al inmoral y desprecie al virtuoso. Si yo me comporto en contra de la moral, puede ser que obtenga beneficios en ello, pero internamente valdré menos. Si me porto correctamente, conmigo y con mis semejantes, valdré más, aunque externamente tenga menos. La aplicación de esta cultura del ser frente a la cultura del tener me conducirá, como ya decía Aristóteles, a la felicidad, la felicidad que deriva de la conciencia del deber cumplido, aunque, a consecuencia de mi comportamiento moralmente correcto, mi vida, a los ojos del mundo, parezca un infortunio. Espero que las reflexiones que me he permitido aportar, en especial a la luz de la Veritatis Splendor, sirvan para afirmar nuestras convicciones éticas y nos ayuden a obrar en consecuencia.


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