POBLACIÓN Y PROGRESO ECONÓMICO
Conferencia-coloquio organizada por la Asociación de Antiguos Alumnos de la Universidad de Navarra
León, 18 de febrero de 2000

Hasta hace poco, en el campo de la demografía, el tema más recurrente era el aumento de la población. Y todavía hoy, lo vemos aparecer con frecuencia en ciertas opiniones publicadas. Que la población mundial ha aumentado de manera acelerada es algo evidente. Se estima que a comienzos de la era cristiana la población mundial comprendía 200 millones de personas. La mortalidad era alta -pocos sobrevivían los primeros años de vida- y la esperanza de vida al nacer no llegaba a los 25 años. Debido a estas precarias condiciones, la población mundial tardó 1.550 años en duplicarse, y sólo hacia 1800 el mundo llegó a la cifra de 1.000 millones de habitantes.

La revolución industrial cambió este panorama de forma radical. Gracias a los avances científicos y tecnológicos de los últimos 200 años, la mortalidad infantil se ha reducido espectacularmente; en términos mundiales, a principios de siglo era del 150 por mil y actualmente ha descendido al 45 por mil. De la misma forma, la esperanza de vida media mundial, hace 100, años era de 49 años; hoy llega a los 72. Así se explica que en 1960 la población mundial llegara a 3.000 millones de personas; en 1987 se alcanzaron los 5.000 millones y en noviembre de 1999 el mundo tocara los 6.000 millones de habitantes.

Las teorías malthusianas

Estas cifras reflejan el progreso de la humanidad y deberían ser motivo de satisfacción. Sin embargo, ya a finales del siglo XVIII, Thomas Robert Malthus, en su famoso libro "Ensayo sobre el principio de población", aparecido en 1798, dio la primera nota pesimista ante el crecimiento demográfico, pretendiendo que a causa del desequilibrio entre el aumento de la población, creciendo en progresión geométrica, y el de los medios de subsistencia, que, según él, crecerían sólo en progresión aritmética, el control de la natalidad -que por cierto, él, que era clérigo, basaba sobre todo en la continencia- era indispensable para la supervivencia de la Humanidad. Esta teoría fatalista, que, desde luego, Malthus no logró probar, a pesar de la manipulación a que sometió las estadísticas, no tuvo demasiado impacto en el ámbito social de su tiempo y, él mismo, en la última edición de su obra, publicada en 1826, acabó diciendo que "los males derivados del principio de población más bien han disminuido que aumentado".

Sin embargo, en el siglo XX, los neomalthusianos volvieron a la carga, argumentando que, si no tomamos medidas precautorias, la sobrepoblación acabará por devastar los recursos naturales mundiales. Principal exponente de esta visión ha sido el biólogo norteamericano Paul Ehrlich con su libro "The Population Bomb", publicado a mediados de los años sesenta. En él se vaticinaba que a finales del siglo XX el mundo presentaría escasez generalizada de comida y materias primas. Este libro tuvo un fuerte impacto, y muchos gobiernos -principalmente de países en desarrollo- adoptaron programas de control de la natalidad con el apoyo de organizaciones multinacionales como las Naciones Unidas. Pero ninguna de estas catastróficas predicciones han tenido lugar. Si hiciéramos una lista de los diez libros con los argumentos más erróneos del siglo XX, el trabajo de Ehrlich estaría liderando el grupo. Lamentablemente, también estaría en la lista de los que han hecho más daño.

El fracaso de las previsiones pesimistas

Porque la verdad es que las teorías neomalthusianas de que la población crece más rápidamente que la disponibilidad de bienes no tienen fundamento alguno. Veamos la evidencia. En los últimos dos siglos -cuando la población se ha sextuplicado- el PIB real mundial ha aumentado 50 veces. Esto es válido también para las economías en desarrollo, donde la población se ha multiplicado por un factor de 6,1 y el PIB real por 36. En los últimos 40 años, en que la población mundial se ha duplicado, creciendo a una tasa media anual de 1,8%, el producto real mundial ha crecido a una tasa de 4%. Es decir, el producto por persona ha crecido a una tasa de 2,2% al año. Esto implica que la disponibilidad de bienes por habitante se ha duplicado durante los últimos 40 años. Nadie, por tanto, puede argumentar que la explosión demográfica está empobreciendo al mundo; por el contrario, la humanidad se está enriqueciendo a tasas sin precedentes en su historia. La mejora en las condiciones de vida es la regla, no la excepción, en el mundo de hoy.

Lo cual no impide decir que existe una gran desigualdad de renta por habitante entre las distintas regiones y países del mundo. Pero esto, que no tiene nada que ver con la evolución demográfica, es consecuencia, en parte, de los modelos socio-económicos que imperan en los países menos desarrollados, y, en otra parte, de las trabas que impiden que los países pobres puedan vender sus materias primas y productos elaborados a los países ricos. Lo paradójico es que, como hemos visto en la conferencia de la Organización Mundial del Comercio (OMC) que tuvo lugar en Seattle (USA), en diciembre del año pasado, los que se oponen a la expansión del comercio internacional son los que dicen defender los intereses de los países pobres.

Las oscuras motivaciones de los antinatalistas

Las cifras sobre crecimiento demográfico y desarrollo que acabamos de recordar explican que las teorías antinatalistas, basadas en el mito de la superpoblación y la insuficiencia de alimentos y recursos naturales para abastecerla, están cada vez más desacreditadas. Los intentos de asustar al mundo, esgrimiendo, desde instituciones teóricamente dedicadas a la población y desarrollo, la cifra de seis mil millones de habitantes que actualmente somos y su extrapolación a los diez mil millones para el año 2050, al objeto de frenar el crecimiento demográfico de los países del Tercer Mundo, implantando en ellos políticas de control de la natalidad, incluido el fomento del aborto, han sido desenmascarados por los estudios críticos de los especialistas en la materia.

Cada vez son más los que cuestionan tanto el planteamiento según el cual, el rápido crecimiento de la población impide el desarrollo económico, sobre todo en los países menos desarrollados (PMD), como las intenciones de los que promueven las acciones antinatalistas. Así lo pone de manifiesto un trabajo de Seamus Grimes, profesor de geografía en la Universidad Nacional de Irlanda (Galway), que ha revisado la literatura científica reciente sobre las políticas de población. De hecho, según las investigaciones de F. Furedi, en los últimos quince años apenas se ha publicado un estudio serio que justifique el control de la natalidad basándose en que el aumento de población es un obstáculo al crecimiento económico. Incluso un partidario del control de la natalidad, M. Perlam, reconoce encontrar grandes dificultades para "persuadir a otros -y a mí mismo- de que el argumento a favor de frenar el crecimiento demográfico no adolece de un fallo fatal". Así pues, las convicciones de los controlistas se explican por otros motivos relacionados con intereses menos confesables.

El premio Nobel de Economía Amartya Sen, a quien tuve el honor de conocer con ocasión de unos Encuentros Interdisciplinares organizados por el IESE en Madrid, es uno de los que, a este propósito, señalan la preocupación del mundo rico por su pérdida de peso específico ante el crecimiento demográfico de los PMD. En particular, afirma Sen, preocupa la perspectiva de una "invasión" de inmigrantes procedentes del Sur. Este miedo, que Sen considera infundado, ha motivado que en la ayuda al desarrollo se dé prioridad a la reducción de la natalidad, por delante de otras necesidades más básicas. Por eso, añade Sen, los controlistas rehúsan entender el problema de la población como un problema de subdesarrollo, y se resisten a procurar el bienestar de los PMD mediante el crecimiento y la modernización.

Así se explica que según Paul Demeney, ex-vicepresidente del Population Council (PC) -importante organización antinatalista de Estados Unidos- los demógrafos han cedido a las presiones de las instituciones donantes de fondos y se han plegado a los criterios impuestos por ellas, en detrimento de las exigencias del trabajo científico. Desde finales de los años 60 -concluye Demeney-, cuando USAID, el organismo oficial estadounidense de ayuda al desarrollo, se convirtió en la principal fuente de financiación de los estudios demográficos, esta ciencia acabó convirtiéndose en "sirvienta" de los programas de control de la natalidad. Lo mismo afirma S. Greenhalgh, que también trabajó en el PC y hoy es profesora de antropología en la Universidad de California. Greenhalgh señala que hacia 1950, varios destacados demógrafos norteamericanos dejaron de lado su propia teoría de la transición demográfica, para crear una nueva teoría que justificaba el intervencionismo. Se basaba en que, si bien los campesinos de los PMD son agentes racionales, no limitarán la natalidad por sí solos, porque carecen de los métodos anticonceptivos necesarios para planificar sus familias. Así empezó a difundirse la idea de que en los PMD existe una "demanda insatisfecha" de anticonceptivos, idea tras la cual no es inverosímil suponer que se escudan intereses mercantilistas. Pero, la tesis de la "demanda insatisfecha" de anticonceptivos es una tesis falsa, ya que, según afirma Lant Pritchett, economista del Banco Mundial, las encuestas realizadas para medir la presunta demanda están mal hechas: no "descubren" más que lo que van buscando, pues la misma forma de preguntar induce a los encuestados a decir que quieren lo que el encuestador supone que necesitan.

La creatividad humana y la defensa del crecimiento de la población

Todo esto sirve, a mi juicio, para confirmar que las pesimistas teorías malthusianas deben definitivamente dar paso a los optimistas principios basados en la creatividad humana para hacer frente a los problemas de todo orden. Un firme adalid, en tiempos recientes, de la defensa del crecimiento de la población, como garantía para el avance económico, fue el profesor Julian Simon, de la Universidad de Maryland, fallecido, inesperadamente, en 1998, a las pocas semanas de haber recibido el Doctorado Honoris Causa, en Ciencias Económicas y Empresariales, por la Universidad de Navarra. El profesor Simon, infatigable trabajador y hombre comprometido con la verdad, además de desmontar con elocuentes cifras la tesis sobre la necesidad de reducir el crecimiento de la población, si no queremos vernos envueltos en un apocalíptico panorama de pobreza y vulnerabilidad, afirma rotundamente que el instrumento por excelencia para el desarrollo no es la reducción arbitraria de la población, sino la población misma.

En su discurso de investidura, Simon insiste, aportando numerosos hechos comprobados por la ciencia, que el actual pesimismo sobre la "crisis" de nuestro planeta es falso. A corto plazo, dice, todos los recursos son limitados. Y con su habitual buen humor, apostilla que "un ejemplo de ello es la cantidad de atención que yo puedo recibir ahora de ustedes". Pero, a largo plazo, la situación es diferente. Desde el comienzo de la edad moderna, el nivel de vida ha aumentado al mismo tiempo que las dimensiones de la población mundial. No existe una razón económica convincente por la cual esta tendencia hacia una vida mejor no pueda continuar indefinidamente. El problema del mundo, añade, no es el exceso de población sino la falta de libertad política y económica. El aumento de la población, de momento, puede causar problemas de escasez. Pero, en ausencia de regulaciones erróneas de la actividad económica, la gente resuelve los problemas y al final se da una situación mejor que si no se hubiera producido la escasez. El último recurso es la gente, especialmente la gente joven cualificada y esperanzada cuando puede obrar con libertad.

Las ideas de Julian Simon coinciden con la teoría de la población de Hayek, planteada en su último libro "La fatal arrogancia", donde afirma que "el aumento demográfico no puede sino resultar favorable a la evolución económica, iniciando procesos de ininterrumpida aceleración hasta constituirse en el factor que fundamentalmente condicione cualquier ulterior avance de la civilización, en sus aspectos materiales o espirituales".

Crecimiento poblacional y crecimiento económico

La relación entre crecimiento poblacional y crecimiento económico no es casual. El trabajo es un factor productivo y, como tal, es fuente de crecimiento. Nadie argumenta que una mayor acumulación de capital sea un obstáculo para el crecimiento y, sin embargo, este tipo de argumentos se hacen con la población. Tras el argumento de que la población es un impedimento, está la idea de que hay rendimientos decrecientes al factor trabajo. Si éstos fueran válidos, las grandes emigraciones europeas de principios de siglo habrían acelerado el crecimiento europeo y retardado el americano. Nada de esto ocurrió; por el contrario, los inmigrantes impulsaron el crecimiento en América, aportando capital humano, ideas y conocimientos que no están sujetos a rendimientos decrecientes. Además, una mayor población permite una mayor división del trabajo y especialización. Así se explica que -con la excepción de países como Australia y Canadá- las zonas más ricas del mundo son las más densamente pobladas.

¿Cómo explicar entonces, que países con alta tasa de crecimiento de la población como Eritrea, Somalia y Sudán, sufran hambre? ¿Será debido a la llamada explosión demográfica? La respuesta es negativa. Estos países tienen densidades de población (población por km2) entre las más bajas del mundo. Sus problemas no radican en la capacidad de producir alimentos, sino en guerras que dejan a un alto porcentaje de la población indefensa. De hecho, la baja densidad de población los hace aún más vulnerables a los problemas de hambruna, porque no hay suficientes personas para mantener sistemas de comunicación y transporte que faciliten la distribución de la comida. Tal como postula el antes citado premio Nobel de economía Amartya Sen, ninguna de las hambrunas del siglo XX han tenido como causa la sobrepoblación. Todas ellas, sin excepción, han tenido como causa guerras civiles resultantes de una institucionalidad social y política deficiente. Aún más, el número de personas afectadas por hambrunas durante el presente siglo ha disminuido con respecto al siglo XIX.

La evidencia tampoco sustenta que, debido al crecimiento poblacional, el mundo enfrente escasez de comida y materias primas. Gracias a los avances tecnológicos en agricultura, producción energética, etc., el mundo goza de una gran disponibilidad de recursos. Prueba de ello es que los precios de productos agrícolas y materias primas -reflejo de la escasez relativa- han disminuido de manera estable a lo largo del presente siglo. Hoy, los precios (en términos reales) de energía son, en media, un 46% más baratos que en 1950; los de los minerales, un 42% más baratos; los de la alimentación, un 50% más baratos; los de las bebidas un 57% más baratos, los de los cereales, un 43% más baratos.

El verdadero riesgo: la despoblación y el envejecimiento

Con todo lo que, hasta aquí, hemos analizado no es extraño que, sin obstáculo de la persistencia del clamor antinatalista de determinadas ONG, apoyadas por grupos de intereses económicos y secundadas por vigentes políticas oficiales de control de la natalidad, en todos sus aspectos, empiece a aparecer, incluso en el ámbito de los medios de comunicación, la preocupación por el fenómeno inverso al que hasta ahora parecía obsesionar. Es decir, el riesgo de que, como recientemente ha dicho Alban d'Entremont, profesor de Geografía Humana en la Universidad de Navarra, estalle, dentro de pocos años, una bomba demográfica, pero de despoblación.

De hecho, de no variar las actuales tasas de natalidad, la Europa de los 15, según informa Eurostat, verá estancada su población en el año 2023 y, a partir de entonces, comenzará a decrecer. Por lo que respecta a España, el estancamiento está a punto de producirse. Si en 1960, los nacimientos fueron 392 mil más que las defunciones, en 1990, la diferencia fue sólo de 63.000 y en 1998 las defunciones prácticamente igualaron a los nacimientos. Ello quiere decir que, si sigue este ritmo, dentro de 30 años habrá 10 millones menos de españoles. Y ello a pesar de la esperanza de vida al nacer, que, con 75 años para los hombres y 82 años para las mujeres, es la más alta del mundo.

La caída de la tasa de natalidad y la relación de dependencia

Evidentemente, la causa de este fenómeno es el dramático descenso del índice español de fecundidad que, desde hasta cinco hijos por mujer, a finales del siglo XIX, o de 2,86 en 1970, ahora se halla, al igual que en los restantes países de la Unión Europea, por debajo del 2,1 hijos por mujer, que, como es bien sabido, es el índice de reemplazo generacional; con el agravante de que España, con el 1,07 hijos por mujer, se sitúa en el nivel más bajo de toda la Unión.

Esta baja fecundidad explica el estancamiento y posterior reducción de la población total española, pero añadida a la mayor longevidad, de que afortunadamente disfrutamos, conduce al envejecimiento de la población, que, de cumplirse las proyecciones demográficas de las Naciones Unidas, hará que, dentro de 50 años, España tendrá la población más vieja del planeta. Este envejecimiento de la población española se pone de manifiesto, entre otros indicadores, por el porcentaje de personas de 65 años y más, que en 1995 rozaban los seis millones y representaban el 15% de la población española. Para el futuro, según los trabajos de Juan Antonio Fernández Cordón, catedrático de Demografía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, suponiendo una recuperación moderada de la fecundidad (hasta alcanzar 1,8 hijos por mujer en edad fértil en el 2025) y una inmigración creciente (hasta situarse en 220.000 entradas anuales en el 2025), los mayores de 64 años, en el 2010, superarán los siete millones y supondrán cerca de un 18% de la población total; quince años más tarde, en el 2025, sobrepasarán los ocho millones y medio, quedándose ligeramente por encima del 20%. Entre éstos, es precisamente el grupo de los más longevos el que está experimentando un mayor crecimiento. A principios de esta década el porcentaje de personas de 80 y más años se aproximaba al 3% de la población española, con algo más de 1.100.000 personas. En el 2010, y bajo los supuestos optimistas arriba expuestos, se calcula que el porcentaje se sitúe en el 5%. Para entonces, la cifra absoluta de "los mayores de los mayores" se hallaría en torno a los dos millones.

Lo bueno de la situación descrita es, no sólo la mayor longevidad de la población española, sino el cambio cultural que nos ha llevado, intuitivamente, a desplazar, poco a poco, hacia arriba la edad a la que llamamos vieja a una persona. Hoy, a las personas mayores se las considera más jóvenes que antes, a la misma edad, ya que a un varón de 65 años le queda una esperanza de vida de unos 16 años; y si es mujer, le quedan cerca de 20. Pero esta situación tiene también su cara mala: el empeoramiento de la relación de dependencia, es decir, el aumento del porcentaje de la población hasta 15 años y de 65 años o más, respecto a la población de 15 a 64 años, que es la potencialmente activa.

Actualmente la población de 16 a 64 años prácticamente dobla la suma de los que tienen menos de 16 y los que tienen 65 o más. Pero como sea que de los potencialmente activos sólo el 62% se declaran dispuestos a trabajar y de ellos más del 15% no lo logran y están en paro, resulta que por cada 100 personas trabajando, hay 182 que no lo hacen, porque no han llegado a la edad de trabajar, porque han sobrepasado el límite de la jubilación, porque no desean hacerlo, o porque, deseándolo, no lo logran. Esta situación es debida, por una parte, a que la llamada tasa de actividad, es decir, la relación entre la población activa y la potencialmente activa, es de las más bajas de Europa y, por otra parte, a la alta tasa de paro que todavía tenemos. Pero, desde luego, no es una situación satisfactoria. Sin embargo, lo más grave es que esta situación puede empeorar, tanto si la población total se estanca, como si disminuye, a medida que aumente el número de mayores de 64 años y, sobre todo, a medida que disminuya el número de los menores de 15 años que es de donde tiene que salir el capital humano para el futuro.

El camino para un futuro mejor

Por lo tanto, si no queremos que nuestro futuro desarrollo resulte comprometido en extremo y salvo que estemos dispuestos a aceptar una inmigración masiva, en los próximos decenios, es necesario que se produzca, cuanto antes mejor, un aumento drástico en la tasa de natalidad desde los bajos niveles actuales, para que aumente el número de jóvenes en la sociedad.

Es evidente que la tasa de natalidad no es una función dependiente, en exclusiva, de consideraciones económicas, ni tampoco de la huida de la mujer al trabajo fuera del hogar, sino que depende principalmente de otras actitudes sociológicas, que tienen mucho que ver con el hedonismo y que, sin duda, explican mejor el fenómeno de la baja natalidad española.

Basta, para confirmarlo, ver la triste estadística de los abortos practicados en España, que han ascendido desde 41.910 en 1991 a 53.846 en 1998, lo que representa pasar, en siete años, de una tasa del 4,79 por 1000 mujeres, a la del 6 por mil. Pues bien; más del 97% de los 53.847 niños asesinados en 1998, lo han sido en centros privados, lo que prueba que los abortos llamados "legales" -y no por ello menos ilegítimos- han sido practicados a mujeres con medios suficientes para satisfacer las facturas de estas clínicas, pertenecientes a grupos de interés que no parece temerario afirmar se hallan detrás de las campañas en pro de la ampliación de la actual ley sobre lo que, eufemísticamente, se denomina "la voluntaria interrupción del embarazo" y que, desde el punto de vista de la pura ley natural, constituye la mayor vergüenza de las sociedades contemporáneas. Pero hay más; la tasa media del 6 por mil, desagregada por regiones, muestra que, por encima de esta media, figuran en cabecera, Baleares, con el 11,13‰, Cataluña, con el 7,65‰ y Madrid, con el 7,46‰, siendo estas tres regiones las que tienen el mayor PIB per cápita. La reducción del número de hijos, en este caso en forma tan triste como es matándolos, no tiene, pues, mucho que ver con motivos económicos.

El estímulo al aumento de la natalidad

Aceptado pues que la disminución y el aumento de la natalidad responde fundamentalmente a factores que no son de orden económico, y al margen de la reacción que se pueda producir espontáneamente en las familias, a consecuencia de un cambio en los valores personales y, tal vez, a consecuencia también de un cambio en la actitud de la sociedad frente a las familias numerosas, objeto hoy de crítica burlona, para pasar a ser, como antes fuera, objeto de admiración y respeto, es forzoso pensar que, en la medida que se considere que el aumento del número de hijos generará efectos externos positivos, la sociedad, y, en su representación, el Estado, debería incentivar de algún modo y, en concreto, con estímulos económicos, el aumento de la natalidad.

Llegados a esta conclusión, la primera cuestión que se plantea es si todas las familias han de recibir esta ayuda, con independencia de su nivel de renta. La opinión de los economistas a este respecto no es unánime. Unos opinan que si los efectos externos de tener hijos benefician a la sociedad en general, la compensación por la diferencia entre el beneficio social y su propio beneficio privado, debe alcanzar a todos los que tienen hijos, tanto más cuanto más hijos tengan, con independencia de su renta. Pero otros pueden opinar que, siendo la estructura familiar y el número de hijos decisiones individuales, en la que por otra parte, como vengo insistiendo, el factor económico no es el más importante, sólo deberían ser ayudadas aquellas familias en las que el nivel de renta pudiera convertirse en el factor decisivo para no tener hijos. Esta postura, que no parece carezca de fundamento, es la que sostiene las políticas de ayuda familiar difundidas en muchos países y basadas tanto en el nivel de renta para tener derecho a ella, como en el número de hijos para recibirla en menor o mayor grado.

España no es, desde luego, uno de los que, dentro de Europa, se distinga por su especial ayuda a las familias. En primer lugar, los impuestos indirectos, singularmente el IVA, y los directos sobre renta y patrimonio, así como las cotizaciones sociales, con datos del Banco de España para 1998, se llevan un 30% de las rentas brutas de las familias, antes del pago de los impuestos. En lo que se refiere a ayudas en forma de subsidios familiares, tanto si se calculan como porcentaje del salario neto de los perceptores, con uno, dos o más hijos, como si se calculan en forma de porcentaje del gasto en familia-maternidad sobre el gasto total de protección social o sobre el PIB, España ocupa, claramente, el último lugar de la Unión Europea. Aunque no es menos cierto que, en estos países donde la ayuda a las familias es mayor que en España, los resultados, en cuanto al nivel de fecundidad, tampoco han sido especialmente brillantes.

Las diversas fórmulas de ayuda familiar

Todo lo cual no obsta para que, sin pensar que el problema de la baja natalidad se resolverá simplemente con ayudas económicas, sigamos reflexionando sobre las distintas maneras de compensar a las familias por los gastos de crianza y educación de los hijos. De nuevo nos enfrentamos con una alternativa; a saber, si la ayuda ha de adoptar la forma de subvención o es mejor que se materialice en forma de desgravación fiscal. A mi juicio, es mejor la segunda opción, ya que con ella es más fácil atenerse al criterio de ligar la cuantía de la ayuda al nivel de renta y, por otra parte, limitarla a un determinado nivel, por debajo del cual empieza el derecho a percibir la ayuda. De esta forma se descarga el presupuesto de aquellos gastos sociales innecesarios, reduciendo así el nivel de impuestos, con la consiguiente mejora de la renta disponible para el conjunto de las familias. El gran error del sistema europeo de Seguridad Social ha sido, precisamente, la universalización y burocratización de la ayuda social.

No ignoro que la protección a la familia mediante la desgravación fiscal, aplicada sin matizaciones, tiene el inconveniente de dejar fuera de la ayuda a los que no declaran para la exacción del impuesto. Por ello, aunque la desgravación fiscal por razones familiares exige, como primer efecto, elevar el nivel por debajo del cual no se pagan impuestos o se tiene derecho a devolución de las retenciones a cuenta realizadas, hay que resolver el caso de aquellos que quedan fuera del mecanismo fiscal mediante el cual se materializa la ayuda familiar.

Con independencia de la alternativa entre subvención o desgravación fiscal, cabe pensar en otra que se definiría por la elección entre el subsidio, sea por entrega monetaria sea por desgravación fiscal, y la provisión de servicios gratuitos. La defensa en favor de la segunda opción se basa en que mediante los servicios gratuitos o subvencionados se logra que la ayuda vaya a los fines de alimentación, sanidad o educación para los que ha sido concebida, evitando el riesgo de que los beneficiarios de la ayuda la empleen en consumos que no se pretendía estimular. Los que objetan la bondad de esta opción lo hacen porque estiman, de acuerdo con los principios liberales, que es el ciudadano y no el Estado, quien mejor conoce sus propias necesidades.

La solución que, a mi juicio, resuelve el dilema, tomando la mejor de cada alternativa, es el sistema de bonos o cheques, sean educativos, sanitarios o de cualquier otra naturaleza. El bono vincula la ayuda al bien o servicio que se pretende subvencionar, pero deja al beneficiario la libertad de elegir entre los suministradores del bien o servicios de qué se trate. En aplicación de este principio, no se deben subvencionar ni guarderías infantiles, ni escuelas, ni centros de educación media o superior, ni centros sanitarios. Lo que hay que subvencionar, mediante el adecuado cheque, según el nivel de renta, son los usuarios, los cuales destinarían el cheque al pago total o parcial de la guardería, escuela, universidad o clínica que les parezca mejor. De esta forma se evitaría, por ejemplo, el hecho, para mí escandaloso, de que con los impuestos, especialmente de la clase media, se pague el 90% de la matrícula, en la Universidad Pública, de los hijos de los más ricos del país. El segundo bien que se derivaría de la utilización de los bonos, sería la competencia entre los centros educativos y sanitarios, los cuales batallarían, en términos de calidad y precio, para atraer a sus clientes, con la consiguiente mejora de la eficiencia. Este modelo deja a salvo la función subsidiaria del Estado, en méritos de la cual se atienden las necesidades educativas y sanitarias de aquellos que tienen necesidad de ser, total o parcialmente, ayudados.

Parece que, en los actuales momentos, tanto el gobierno como la oposición -supongo que ésta por motivos electorales, que contradicen su tradicional posición ideológica- están a favor de proteger la familia y fomentar la natalidad. Así se desprende del anuncio de un proyecto de ley de familias numerosas, así como de diversas medidas en favor de las madres trabajadoras. Dios quiera que, finalmente, todos caigamos en la cuenta de que el futuro, en crecimiento y bienestar, hoy, no depende tanto de los avances tecnológicos, que, desde luego, son importantes, como de la calidad del capital humano. Lo cual, supone, en primer lugar, que dispongamos abundantemente de gente joven y, en segundo lugar, que estos jóvenes sean formados adecuadamente en orden al conocimiento y su aprovechamiento para la innovación, en el bien entendido de que esta formación no debe quedar limitada a los estadios iniciales de la vida, sino que debe continuar, en forma permanente, a lo largo de toda la trayectoria profesional de todas y cada una de las personas.


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