Algunas reflexiones sobre los códigos éticos
I Congreso Portugués de Ética Empresarial
Oporto (Portugal), 25 de mayo de 1996
Rafael Termes

Los organizadores de este I Congreso Portugués de Ética Empresarial me han asignado la última conferencia del evento sin asignarle título especial. Agradezco esta cortesía y, sin olvidar que los distintos ponentes han abordado ya el tema de los códigos éticos bajo diversos aspectos de la actividad económica, he pensado que, aun a riesgo de incurrir en repeticiones, mis palabras deberían ir destinadas a exponer lo que pienso sobre los códigos de comportamiento.

Es posible que lo que yo diga sobre códigos éticos sea distinto de lo que se haya oído en las sesiones anteriores e, incluso, que mi opinión resulte contraria a la que otros expusieran. No creo que en ello haya mal, ya que en un tema como éste, a mi entender no consolidado, la pluralidad de pareceres es siempre enriquecedora.

Los códigos éticos y la ética

Con tal ánimo abordaré, pues, la materia que a mí mismo me he asignado, dando por sentado lo que es, o debe ser, un código ético, así como su creciente difusión, para preguntarme inmediatamente, ¿cuál es el resultado de estos códigos? Su implantación ¿equivale a la implantación de la ética en la empresa? Su aparición, en algunas empresas ¿refleja una preocupación ética generalizada, aunque no sea proclamada, en el conjunto de las empresas? ¿Significa, por lo menos, que se ha aceptado la idea de que, sin una actuación ética habitual, la empresa, a la larga, no puede funcionar eficientemente? Es difícil, y por otra parte poco relevante para mi propósito, responder con datos estadísticos a estos interrogantes. Prefiero reflexionar sobre la posibilidad, en ausencia de otras motivaciones a las que finalmente tendré que referirme, sobre la posibilidad, digo, de que una empresa haya elaborado su código ético, no como propósito y compromiso de una línea de conducta, sino con el fin, menos noble, de obtener beneficios económicos de lo que, en definitiva, no sería sino una operación de cosmética. O, simplemente, con el propósito de ponerlo en práctica mientras sea rentable, y saltárselo -o incluso aprovecharse de él y del prestigio acumulado- cuando el beneficio, a corto plazo y por caminos torcidos, así lo aconseje. O para contrarrestar un escándalo en el que la empresa se ha visto involucrada, intentando dar a entender que el traspié ha sido en contra de los deseos de la alta dirección y que, a partir de ahora, gracias al código explicitado, no volverá a suceder. O, incluso, para cubrirse ante eventuales denuncias de comportamientos inmorales que, con el código en la mano, se podrá decir que no son imputables a la empresa sino al individuo que lo ha incumplido. O, lo que es peor, para intentar engañar a los proveedores, a los clientes, y hasta a los propios empleados, con un marchamo de ética, destinado a sorprender la buena fe de los que crean en él.

Si todos o algunos de estos supuestos se dieran -que, sin duda, en la práctica se dan- pondrían de manifiesto la incoherencia de determinados códigos éticos con la propia ética. Por cierto, ahora me doy cuenta de que hace rato que estoy hablando de ética, comportamientos éticos y códigos éticos, sin que me haya parado a definir qué es la ética y qué hay que entender por comportamientos éticos. Lo malo no sería que yo me hubiera olvidado de definir la ética, antes de ocuparme de las preocupaciones éticas de las empresas y de los códigos en los que pretenden traducirlas; lo malo sería que los que dicen tener esta preocupación por la ética y sus códigos, no supieran realmente ni qué es la ética empresarial, ni la ética tout court. Cosa que, por lo que se me alcanza, es desgraciadamente muy fácil que suceda en no pocos casos.

Yo, por ejemplo, no puedo estar de acuerdo, y pienso que muchos otros tampoco, en aquella postura que pretende que la ética empresarial es la ley, toda la ley, nada más que la ley. La ley es necesaria para la convivencia, pero, desde el punto de vista ético, no es suficiente. Todos sabemos que, hoy más que nunca, grandes estafas pueden ser legalmente irreprochables. Tampoco puedo aceptar, sin muchas aclaraciones, la postura de los que opinan que la ética empresarial pertenece a un campo distinto de la moral personal, ya que ésta, dicen, pertenece y opera en el ámbito restringido de la conciencia individual. Para fundamentar estos dos desacuerdos que afectan, el uno, al contenido de la ética y, el otro, a su ámbito, pienso que no hay más remedio que retroceder para intentar, si no lograr, una aceptable definición de "ética". O de "moral" que a los efectos de esta charla emplearé como su sinónimo.

La norma moral

Esto sentado, avancemos. La ética -en eso todos parecen estar de acuerdo- es la ciencia del comportamiento humano, es decir, califica lo que "se hace" a la luz de lo que "se debe hacer"; juzga al hombre como "es" a la luz del hombre como "debe ser". Es más; dice cómo pasar del "ser" al "deber ser". Este "cómo pasar" es precisamente el papel de la norma, la ley, la regla de comportamiento para alcanzar el fin. Ahora bien, todos los fines implican una referencia al bien. El bien, dice Aristóteles, es aquello a que todas las cosas tienden. En efecto; la voluntad humana tiende al bien previamente aprehendido como tal por el intelecto, ya que la voluntad nada puede querer sino bajo la razón de bien. Sin embargo, sobradamente sabemos, por propia experiencia y observación de la realidad, que, en la incesante busca de la felicidad, que no consiste ni en el placer ni en la riqueza ni en los honores, sino, en palabras del propio Estagirita, en vivir bien y obrar bien, el hombre, en la apreciación de lo que apetece como bueno puede errar y, de hecho, yerra frecuentemente.

A pesar de esta posibilidad de mala elección por parte de la libre voluntad del hombre, todos también parecen estar de acuerdo en que la conciencia del individuo -que constituye su más inviolable intimidad- es la norma próxima para formular lo que el hombre debe hacer o no hacer, o para valorar una acción ya realizada. Pero este acto de la conciencia no puede ser ni un sentimiento, ni una pura decisión inmotivada; el acto de la conciencia es un juicio práctico que, al aplicar la norma remota a una situación concreta, produce el imperativo moral, es decir, la obligación de hacer lo que el sujeto, aquí y ahora, conoce como un bien, y de no hacer lo que sabe es un mal. Por esto decimos que el hombre está obligado a actuar en conciencia, aunque esta conciencia fuera errónea; invenciblemente errónea, se entiende.

Con lo que acabamos de decir, no hemos simplificado las cosas, sino más bien todo lo contrario, ya que lo que hemos hecho ha sido ni más ni menos que suscitar el problema sobre la norma que es donde, precisamente, empiezan las discrepancias. ¿Debe ser la norma autónoma o heterónoma? Esta pregunta, latente desde la modernidad, no es otra cosa que el planteamiento de la cuestión de la fundamentación racional de la moralidad. Es decir, ¿se da el sujeto su propia ley o le viene dada desde fuera? En el primer supuesto, la calificación moral viene transferida a la voluntad, y no primariamente a los actos, de manera que la ética autónoma deriva en el imperativo formal, destituido de toda referencia ontológica, una de cuyas más conocidas formulaciones es la kantiana: obra de tal manera que puedas creer que lo que haces pueda convertirse en ley universal.

El segundo supuesto, la heteronomía, plantea un subsiguiente problema, a saber, quien da la ley al sujeto. Para los que, siendo o no cristianos, creen en un Dios creador y ordenador del universo, está claro que la norma la da Dios: es la ley de Dios. Pero, si queremos dialogar con los ateos y los agnósticos o con los simplemente deístas, que creen que Dios no se mete en la historia y nosotros no tenemos derecho a meterle en ella, pienso que, para fundamentar una moral de carácter universal, habrá que buscar la norma en la "naturaleza humana" que es un objeto de experiencia, a partir de la cual, el imperativo moral, lejos de ser el resultado arbitrario o caprichoso de la voluntad, deriva de los principios universales e inmutables que el hombre observa en su propia naturaleza -sin merma, por tanto de la autonomía tan deseada por Kant- y que constituyen la regla remota del comportamiento moral. Esta ética, así fundada, es la "ética realista" que estuvo generalizadamente vigente, grosso modo, desde Aristóteles hasta la modernidad. La llegada de Descartes rompe definitivamente la unidad de la filosofía y desde entonces hasta nuestros días la ética realista o tradicional lejos de ser aceptada por todos es discutida por algunas o bastantes corrientes. Es precisamente de las filosofías de la Ilutración de donde derivan, en el plano práctico, las éticas relativistas, subjetivistas, consecuencialistas, proporcionalistas, que, en el panorama contemporáneo, disputan el campo a la ética realista. En estas éticas, distintas de la realista, las cosas no son como son, sino como las ve o las piensa el sujeto, y, en ellas, la norma del obrar no se deduce, como sucede en la ética realista, de aquellos principios generales y estables, que, precisamente por asentarse en la específica naturaleza del yo humano, determinan que nuestro comportamiento sea éticamente correcto; en estas éticas relativistas y subjetivistas la norma la establece arbitrariamente el sujeto, en un incorrecto ejercicio de la libertad de elección, decidiendo lo que quiere hacer -o no hacer- en unas concretas circunstancias de lugar y tiempo; habida cuenta de la intención que le mueve; y ponderadas, en el mejor de los supuestos, las consecuencias favorables y adversas de la acción. De esta forma, la calificación moral que deriva de la naturaleza propia del acto ha quedado expulsada de estas clases de ética, que, en nombre de la libertad y el pluralismo, algunos nos predican, con exclusión de toda referencia a la verdad; la verdad del hombre, en primer lugar.

El subjetivismo

Intentaré explicarme un poco más. Para estas éticas no realistas, no hay acciones intrínsecamente malas o buenas: matar, robar, mentir, violentar, defraudar, prevaricar, extorsionar, corromper ni es bueno ni es malo; depende de la intención que yo tenga al hacerlo y de las consecuencias que se deriven de mi acción. Se me dirá, naturalmente, que pretendo demostrar algo por reducción al absurdo y que nadie, en su sano juicio, puede pretender avalar las acciones enumeradas; que para esto está la ley y que -volviendo al tema que ni por un momento he olvidado- en el mundo de los negocios, en las empresas, para esto están los códigos éticos, o las normas de comportamiento. Pero no se olvide que en la ética subjetivista y relativista que estamos analizando, al no existir el referente de los principios universales e inmutables, la norma para la convivencia es el resultado del consenso o de la opinión mayoritaria, que, por su propia naturaleza, es provisional, en la misma medida que el consenso y la mayoría son cambiantes.

Y esta inestabilidad de la ética subjetivista es la que puede hacer que una empresa con código ético no sea de verdad ética, si la ética escogida para la elaboración del código es una ética relativista. Quiero decir que, aun en el supuesto de que el código originalmente prohíba las acciones intrínsecamente incorrectas, como, por ejemplo, faltar a la veracidad en la información sobre la situación financiera de la empresa, si la ética de los altos ejecutivos no pasa de la relativista, puede llegar un momento en el que, por haber cambiado las circunstancias -la competencia no lo hace- o las posibles consecuencias -bajaría la cotización de las acciones- la dirección decida modificar el código de forma que la información mentirosa deje de estar prohibida. Este sería un ejemplo de una manera de entender la ética que, amparándose en la distinción weberiana entre "ética de la convicción" y "ética de la responsabilidad", tanto abunda entre los políticos y que, a mi juicio, no deberían asumir los empresarios. Pueden darse, ciertamente, circunstancias en las que la "responsabilidad" aconseje, y hasta exija, no decir la verdad o toda la verdad; pero ninguna circunstancia puede derribar la "convicción" -si se tiene- de que no hay que mentir.

La verdadera razón de la ética empresarial

Supongo que, con lo dicho, habrán quedado suficientemente claras, por lo menos, dos cosas. La primera, que, en mi opinión, la actuación en el mundo de los negocios y, singularmente, la gestión de las empresas, ha de ser éticamente correcta no precisamente porque, como muchos dicen, la ética sea rentable para la entidad, sino pura y llanamente porque los negocios tienen lugar entre personas humanas y los hombres, en todas las situaciones y circunstancias, deben comportarse éticamente, con independencia de las consecuencias que se deriven de tal comportamiento. En esto coinciden Locke -el premio de la virtud es ella misma- y Santo Tomás -el premio de la virtud es el honor-. Es sin duda cierto que ser ético es rentable, por lo menos a largo plazo, pero esto no es la razón para ser éticos; esto no es más que una propiedad de las decisiones éticamente correctas. De aquí que no me interese insistir en la rentabilidad de la ética -que ya tiene bastantes predicadores- entre otras cosas porque de hacerlo habría que proceder a no pocos distingos y matizaciones.

La segunda cosa que espero haya quedado clara es que, a mi juicio, respetando a las personas que sostienen opiniones distintas, la única ética válida para el correcto funcionamiento de las empresas es la ética realista que, en la feliz expresión de Antonio Millán-Puelles, se fundamenta en la libre afirmación del ser del hombre. Esta ética, insisto en ello para evitar cualquier equívoco, no descansa en ninguna convicción religiosa y mucho menos en la fe cristiana, ya que su primera formulación podemos situarla cinco siglos antes de Cristo. Es pues una ética válida para un hombre de empresa tanto si es judío, católico, protestante, o mahometano, como si es agnóstico. Basta que acepte la existencia de la naturaleza humana y los principios que de ella derivan.

Los postulados de la ética realista

Adoptar la ética realista significa muchas cosas. De las seis que tengo enumeradas en mi guión, sólo citaré, en méritos a la brevedad, la última y, para mí, más importante. Y es que la ética realista, que es una ética racional, es una ética de fines y medios. El fin último es la vida buena, es decir, la vida conforme al ser del hombre; a la dignidad que deriva de ser persona. Los medios para alcanzar este fin son las virtudes. Como es bien evidente, el enunciado del fin, en este caso la autorrealización como persona, no constituye una guía práctica para la acción. En cambio, sí lo es la puesta en juego de los medios, el ejercicio de las virtudes; por ejemplo, decir la verdad, explicar claramente lo que se hace y porqué se hace, mantener la palabra dada, cumplir el compromiso adquirido sobre el importe y la fecha de pago, desempeñar fiel y eficazmente el cometido profesional, remunerar justamente el trabajo, exigir el cumplimiento de los subordinados y ser leal con ellos, servir la calidad anunciada, sin disimular los defectos, y tantas otras cosas que son manifestaciones, en el mundo de la empresa, de las distintas virtudes. Hacerlo así siempre, tanto cuando es fácil como cuando es difícil, cuando todos lo hacen y cuando los demás no lo hacen, es poner en juego los medios para el fin. Porque las virtudes son hábitos que desarrollan las potencias operativas del hombre, es decir, que le llevan a hacer y a hacer bien lo que hay que hacer; y los hábitos se adquieren por aprendizaje, por la reiteración de los actos.

La aplicación de estos postulados a los objetivos éticos elegidos por una empresa, formulados o no en un código para el logro de los mismos, nos servirán para enjuiciar la calidad de estos objetivos. Voy a poner tres ejemplos que corresponden a tres niveles de exigencia ética.

Objetivo de la empresa A. Que exista una honda preocupación, positiva y arraigada para lograr que las acciones de todas las personas de la empresa, empezando por los directivos de mayor nivel, en todos los ámbitos, dentro y fuera de la empresa, en todas las circunstancias, sean siempre excelentes desde el punto de vista moral.

Objetivo de la empresa B. Que todas las personas de la empresa estén dispuestas a comportarse éticamente en las acciones que conciernen a la empresa.

Objetivo de la empresa C. Que en la empresa no se lleven a cabo acciones claramente inmorales y escandalosas.

Fácilmente se ve que solamente el objetivo de la empresa A está plenamente de acuerdo con las exigencias de la ética realista, ya que el objetivo definido procede del convencimiento de que ser moral no se reduce a evitar conductas inmorales en el seno de la empresa, ni es un conjunto de recetas para situaciones límite (ética de dilemas). Siendo la ética, como vengo insistiendo, la ciencia del fin del hombre, todas nuestras acciones tienen una dimensión ética, todas nos acercan a nuestro fin, o nos alejan de él; nos hacen más o menos persona. Tanto si estas acciones corresponden a la vida privada, a la pública o a la empresarial. Es evidente que el objetivo de la empresa A, como todos los objetivos, es eso: un objetivo; algo a lo que se tiende. Que se logre o no, forma parte de las contingencias de la vida; lo importante es que, sin desanimarse por los resultados cosechados, se tienda consistentemente al objetivo.

Los objetivos de la empresa B y de la empresa C son objetivos, a todas luces, no congruentes con la ética realista y denotan niveles crecientemente más bajos de sensibilidad ética, porque estas empresas no pretenden, en serio, ser plenamente éticas; les basta con serlo en ciertas cosas, hasta un cierto límite y en determinadas circunstancias. Los que formularon el objetivo de la empresa B, opinan, sin duda, que el comportamiento fuera de la empresa de sus empleados, incluidos los directivos, es algo que sólo a ellos les concierne y no tiene nada que ver con la empresa; lo que la empresa pretende es que sean éticos dentro de ella. Naturalmente, no estoy de acuerdo con esta postura. Se podrá o no podrá lograr que el comportamiento privado de los directivos y, en general, de todas las personas de la empresa sea moralmente correcto; pero una cosa es no lograrlo y otra es considerar que es irrelevante. Cada vez está más claro, a mi entender, que el que no se comporta éticamente en su vida privada, acabará comportándose incorrectamente dentro de la empresa. Esto no es más que un corolario de la tesis de la unidad de las virtudes; ya demostró el viejo filósofo que el intemperante acaba siendo necesariamente injusto.

Poco hay que decir de los redactores de los objetivos éticos de la supuesta empresa C. No les preocupa en absoluto la ética; bajo el pomposo título de código de comportamiento, lo único que quieren evitar es aquello que, en razón del escándalo que provocaría, les puede dañar económicamente. Si la corrupción les resulta rentable, y puede pasar oculta, no tendrán reparo en acudir a ella.

De aquí el poco entusiasmo que, como habréis observado, siento hacia los códigos éticos. Aunque pienso que no son estrictamente necesarios, no digo que no puedan ser útiles; pueden desde luego serlo. Pero lo que sin dudar afirmo es que, por muy acertados y detallados que sean, no lograrán el correcto funcionamiento de la empresa, si en sus gentes está ausente el ejercicio prudencial de todas las virtudes morales. Si los directivos y demás personas de la empresa están decididos a comportarse de forma conducente a valer más como persona, con independencia de que con esta actuación lleguen a tener más o menos cosas, sabrán perfectamente cómo han de actuar en todas las ocasiones y circunstancias, aunque no exista en su empresa ningún código de comportamiento que lo diga.

Conclusión

Puede objetarse que estoy hablando en términos excesivamente generales y abstractos. No es así. Si tuviera tiempo me entretendría en detallar cómo pueden vivirse todas y cada una de las virtudes morales, especificadas o concretadas de acuerdo con las características propias del mundo empresarial, a partir de las virtudes cardinales de justicia, fortaleza y templanza, con sus partes integrales y potenciales, a la luz de la soberana vitud de la prudencia, que es guía, medida y razón de todas las demás virtudes. Lo he hecho en relación con las empresas financieras en un pequeño opúsculo que remití, en la última Navidad a muchos de mis amigos. Hoy, las exigencias del horario no me permiten extenderme más.

Por lo tanto, para acabar, sólo diré que, a mi juicio, para que la actuación de las empresas pueda ser calificada como éticamente correcta, el único camino es que las personas que las constituyen y, en especial, sus dirigentes o gestores compartan y respeten los "valores" -como a algunos, con cierta ambigüedad, les gusta decir- o, como yo lo prefiero, vivan todas las virtudes morales. A mi juicio, las preocupaciones sobre la ética empresarial, en general, y del mundo financiero, en particular, que en los últimos tiempos vienen ocupando la atención de amplios sectores responsables de la sociedad, no pueden saldarse con la elaboración de un código de comportamiento del sector o con la recomendación de que cada entidad elabore el suyo. No digo que no pueda ser conveniente hacerlo, pero sí digo que no es, ni de lejos, suficiente.

La razón de esta afirmación es que los códigos de conducta en la medida que son una recopilación de normas, más o menos casuísticas y, en gran parte, de carácter negativo, pueden conducir o existe el riesgo de que conduzcan, en el mejor de los casos, a cumplimientos formales y, en los restantes, a las maneras de soslayar estas normas, de forma que, en la práctica, lo que se considera importante es, simplemente, no ser atrapado en el incumplimiento. De aquí que un prontuario sobre "lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer" como solución a las preocupaciones éticas me parece una falsa ilusión. El problema del comportamiento ético no es tanto un problema de normas como un problema del hombre que se realiza o destruye a través de sus obras. Por lo tanto, los pasos conducentes a una mejora de la ética empresarial pasan por la formación moral del hombre, formación basada en la recuperación, o la afirmación, de la conciencia moral a partir de los primeros principios de la ley natural y sus consecuencias. De aquí que la principal, y casi única, recomendación que cabe hacer es la de formar integralmente a las personas, en todos los niveles de la empresa, mediante la educación y, sobre todo, mediante el ejemplo.

Todo hombre que esté decidido a comportarse de forma conducente a ser persona y a valer más como persona, con independencia de que con esta actuación llegue a tener más o menos cosas, sabrá perfectamente cómo ha de actuar, aunque no exista en su empresa ningún código de comportamiento que lo diga. En cambio, en ausencia de esta conciencia moral, fruto de la cultura del ser, frente a la cultura del mero disfrutar, por muchas normas de comportamiento que existan y por muchas sanciones que se establezcan para los incumplimientos, las normas saltarán hechas añicos cada vez que se presente la oportunidad de obtener, por medios torcidos, la satisfacción de los apetitos.


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