LA GLOBALIZACIÓN Y LOS PAÍSES EN DESARROLLO
Colegio Peñarredonda, La Coruña, 28 de abril de 2001

            Ahora se habla mucho de globalización. Unos para elogiarla entusiásticamente; otros para criticarla fuertemente. Al oír estos alegatos, podría pensarse que se trata de una ideología, una manera de pensar a la que unos se adhieren y de la que otros reniegan. Sin embargo, la globalización no es más que un proceso económico-financiero que viene desarrollándose, con altos y bajos, desde hace bastantes años. Y este proceso, como la inmensa mayoría de los hechos económicos, desde el punto de vista moral, es neutro; sin embargo, puede producir efectos positivos o negativos, éticamente deseables o éticamente rechazables. Dependerá de la manera como lo utilicen las personas y las instituciones que intervengan en el proceso, es decir, dependerá del sistema ético-cultural al que los agentes se hallan vinculados y del sistema político-jurisdiccional en el que el proceso se halle enmarcado. Volveremos a ello.

La “primera” globalización

            Las causas de la “primera” globalización, la que tuvo lugar entre 1850 y 1914, hay que buscarlas, al igual que sucede ahora, por una parte, en las políticas de apertura practicadas por los gobiernos de los distintos países, que supusieron una fuerte reducción de las barreras arancelarias, y, por otra parte, en la aparición de nuevas tecnologías que produjeron una importante reducción del tiempo y del coste del transporte. Esta globalización de la economía en la segunda mitad del siglo XIX y en las primeras décadas del XX, acompañada de la libertad de movimientos de capital, se tradujo en un gran desarrollo del libre comercio y un fuerte movimiento migratorio, favorecido por la inexistencia en aquel entonces de controles gubernamentales a la inmigración.

            Como botones de muestra de una y otra cosa, baste decir, por un lado, que entre 1870 y 1913, el crecimiento del comercio mundial (3,5%) superó ampliamente al del producto real (2,7%), con una muy elevada participación en el PIB de la suma de exportaciones e importaciones. Y, por otro lado, que entre 1850 y 1914, sesenta millones de personas emigraron de Europa a América, de forma que la fuerza laboral en el Nuevo Mundo creció en un 49%, mientras que en el Viejo Continente se redujo en un 22%. El resultado fue que en Europa, ante la escasez de mano de obra, los salarios subieron al tiempo que en los países emergentes, el aumento de la productividad permitió también un aumento de los salarios reales.

            Hay que concluir pues que, desde el punto de vista social, la primera globalización produjo resultados satisfactorios. Desgraciadamente, a partir de 1914 y hasta 1950, esa tendencia favorable se vio truncada por la destrucción del sistema económico y financiero internacional a causa de las dos guerras mundiales; por la desaparición del patrón oro; por la adopción de medidas proteccionistas, sobre todo arancelarias, por parte de los gobiernos; y por la implantación de severas restricciones a los flujos transfronterizos y a la libre circulación de personas. Todo ello hizo que la globalización quedase frenada.

La “segunda” globalización

            Sin embargo, a partir de 1945 y, especialmente desde 1950, las cosas empezaron a cambiar para caminar de nuevo, en lo que se refiere a la apertura de fronteras, hacia lo que había sido antes de 1914. Por otra parte, desmantelado en 1973 el sistema de Bretton Woods, para dar paso a un régimen de tipos de cambio flotantes, se revitalizó el mercado de capitales y se favoreció la supresión progresiva de los controles de cambio. De esta forma quedaban sentadas las bases para la aparición de un nuevo proceso de globalización que, efectivamente, tiene lugar en forma paulatina desde hace 50 años y que actualmente se acelera a consecuencia, sobre todo, de los nuevos avances tecnológicos, ahora en el campo de la comunicación y la información, lo que permite la apertura de nuevas vías para la organización de las empresas a escala mundial, con mayor eficiencia e integración internacional. Esta característica, cuyo “paradigma” es internet, es la que hace decir que nos hallamos en puertas de una “nueva economía global”.

Los efectos de la globalización

            Señalados, pues, los factores de la globalización, procede ahora preguntarse si los efectos del fenómeno han sido y, previsiblemente, serán beneficiosos para las comunidades afectadas y, en definitiva, para las personas individuales que las integran o, por el contrario, éstas resultarán perjudicadas en su dignidad y en su nivel de bienestar material y espiritual.

            Son muchos, aunque no sé si los más competentes, los que piensan que la globalización ha sido la causante del aumento de la pobreza en el mundo y del ensanchamiento de la distancia relativa entre países ricos y países pobres. Para aceptar o rechazar esta opinión es necesario, en primer lugar, elegir adecuados indicadores del nivel de riqueza o pobreza, a fin de que, vista su evolución a lo largo de los procesos de globalización, podamos asentar algunas conclusiones, sin olvidar que en este caso, como en tantos otros, la coexistencia de dos hechos no implica que el uno sea causa del otro.

La globalización y el crecimiento económico

            En esta línea de búsqueda de indicadores, parece que debemos aceptar que la mejora del bienestar material depende del crecimiento económico. Por lo tanto procede, ante todo, averiguar si existe alguna relación entre globalización y crecimiento.

            La globalización comercial. En cuanto al comercio, la mayoría de estos estudios encuentran una correlación positiva entre el crecimiento del comercio internacional y el crecimiento del PIB y, aunque hay diferencias entre los autores, ningún economista mantiene hoy que la protección frente al comercio exterior sea buena para el crecimiento; y todos los de mayor reputación se manifiestan claramente a favor de la apertura externa. Es decir, la globalización comercial favorece el crecimiento. En apoyo de la misma convicción, la Organización Mundial del Comercio (OMC) argumenta que toda barrera al comercio internacional aumenta los precios de las importaciones y los costes de producción nacional, restringe la capacidad de elección del consumidor y reduce la calidad. Dichas barreras actúan como un impuesto y, por lo tanto, su eliminación equivale a una reducción de impuestos, con el consiguiente aumento de la renta disponible de los consumidores.

            La globalización financiera. En cuanto a la globalización financiera y su impacto sobre el crecimiento, la mayoría de los trabajos empíricos muestran una relación positiva entre el crecimiento y las entradas de capital y la liberalización de los mercados financieros mundiales. Aunque las conclusiones extraídas de los diversos trabajos, en términos cuantitativos, difieren, no parece desacertado aceptar que pasar de un sistema financiero cerrado a otro totalmente abierto puede suponer aumentos de la tasa de crecimiento económico de entre 1,3 y 1,6 puntos porcentuales anuales.

            Para concluir estas consideraciones en relación con el impacto de la globalización comercial y financiera sobre el crecimiento económico, me parece oportuno aportar un texto de Jeffrey Sachs (1997) citado por Guillermo de la Dehesa en su reciente libro Comprender la globalización. Dice: “El capitalismo global es seguramente el arreglo institucional más prometedor para la prosperidad mundial que haya visto la historia. Pero el mundo va a necesitar sabiduría y fuerza para explotar sus beneficios potenciales, y para ello debe liderar un sistema abierto basado en reglas estables sobre la base de principios que sean mundialmente aceptados”.

            La apelación de Jeffrey Sachs a la sabiduría, recuerda las palabras que Juan Pablo II pronunciaba el 1 de mayo de 2000, en Tor Vergata, afirmando que “la globalización es hoy un fenómeno presente en todos los ámbitos de la vida humana, pero es un fenómeno que hay que gestionar con sabiduría. Es preciso globalizar la solidaridad”.

            En efecto; solidaridad y subsidiariedad, los dos grandes principios de la Doctrina Social de la Iglesia, tienen mucho que aportar a un tratamiento de la globalización que tenga en cuenta las exigencias de las personas. Pero ya tendremos tiempo de extendernos sobre ello. Ahora nos interesa avanzar en el análisis de la globalización, pasando del crecimiento económico, que acabamos de estudiar, al impacto de la globalización sobre la renta per cápita, como principal indicador del bienestar material.

La globalización y la renta per cápita

            Ciñéndome, de momento, a los países desarrollados, la experiencia histórica demuestra que en los períodos de globalización el crecimiento del PIB per cápita ha sido más elevado que en los períodos de proteccionismo. En dichos países, de 1820 a 1870, el crecimiento del PIB per cápita medio anual fue del 0,9 por ciento. Entre 1870 y 1913, la primera globalización lo subió al 1,4 por ciento. Entre 1914 y 1950 cayó al 1,2 por ciento, y entre 1950 y 2000 ha vuelto a subir, alcanzando el 3 por ciento.

            Esto hablando sólo de los países industrializados. Pero, ¿qué ha sucedido en el conjunto de los países, incluyendo los del Tercer Mundo? A grandes rasgos puede decirse que en 1850, antes de que empezase el primer proceso de globalización, la diferencia de renta per cápita entre los países más ricos y los más pobres, de los que había estadísticas, era de 4 a 1. Al final del proceso de globalización, en 1913, dicha diferencia había aumentado y era de 10 a 1.

            Durante los 50 años de la segunda globalización ha habido una cierta convergencia de rentas per cápita entre los países ricos y algunos intermedios, y otra convergencia a niveles de renta más bajos entre los países en desarrollo menos avanzados. Es como si hubiese dos estados estables a dos niveles diferentes, uno para los países más ricos y de renta media-alta, y otro para los de renta media-baja y baja. Pero, el hecho es que la diferencia de renta por habitante entre los países más ricos y los más pobres se ha ensanchado de nuevo en este segundo proceso de globalización.

La globalización y la pobreza

            Ante este hecho, que afecta a las personas de los países más pobres, estancados en su pobreza, la pregunta es: ¿Tiene la culpa la globalización de lo sucedido? Mi respuesta es francamente negativa. La globalización es un proceso, entre otras cosas imparable, que está produciendo resultados favorables para todos los países que participan en él. No sólo para los países avanzados, sino también para los países en desarrollo. La integración de las economías de los distintos países ha estimulado las altas tasas de crecimiento económico, ha aumentado el empleo, ha ayudado a disminuir el número de personas que se encuentran por debajo del umbral absoluto de pobreza y ha promovido sustanciales mejoras en el bienestar social. Y los más beneficiados han sido aquellos países que se están integrando más rápidamente en la economía mundial.

            Sin embargo, este panorama positivo no debe ocultar el problema de aquellos países que viven estancados en su pobreza no por culpa de la globalización sino, exactamente al contrario, por no haber podido participar en la globalización, perdiendo así las ventajas que el proceso integrador proporciona.

La solidaridad en la globalización

            Esta situación es, desde luego, lamentable y hay que esforzarse por corregirla, pero la corrección, a mi entender, no puede pasar por una interferencia gubernamental, a nivel nacional o supranacional, bajo el pretexto de proteger a los países pobres, marginados por la globalización. La solución está en la reclamada solidaridad de los países ricos con los países pobres, a fin de crear en estos últimos las necesarias condiciones para la integración internacional, cuyos efectos positivos son indiscutibles. Pero, a mi juicio, esto no se logrará mediante subvenciones o donativos, como se ha venido haciendo hasta ahora y que, en muchas ocasiones, sólo ha servido para perpetuar las causas del subdesarrollo, como sucede en los países subsaharianos que son los que reciben mayor ayuda per cápita del mundo.

            La verdadera cooperación al desarrollo de los países pobres consiste en ayudarles a transformar sus sistemas económicos para que la inversión y la creación de riqueza en todos ellos sea posible. Y es en este punto donde no tienen razón las ONG, personificando en estas siglas a todos aquellos que sensibilizados por la situación de los países pobres y llenos de buena voluntad, están todavía anclados en la dialéctica Norte-Sur, sino la que se da entre sistemas basados en la libre iniciativa y el mercado y sistemas basados en el intervencionismo estatal, ya sean de corte tradicional ya sean socialistas. Estas ONG dicen, como yo les he oído: no es justo que el FMI, el Banco Mundial o el Club de París exijan a los países en desarrollo la adopción de los modelos que imperan en los países desarrollados y que no son los que ellos quieren tener, de acuerdo con su manera de ser. Pero, lamentablemente, los modelos que tienen esos países son precisamente los causantes de su pobreza.

Los caminos de la solidaridad

            Ciertamente que el cambio de modelo, al margen de los compromisos esporádicos exigidos por las instituciones multilaterales, no se logrará si los nacionales de los países en cuestión no lo deciden por ellos mismos. Pero podemos ayudarles, intentando cambiar desde fuera la situación económica, a fin de que experimentando las ventajas para el bienestar derivadas del cambio, decidan entrar por los caminos de la economía de mercado que ha de permitirles participar en la globalización. Y, ¿cómo hacerlo? En mi opinión, por dos principales caminos.

La inversión directa de las multinacionales

            El primero es la inversión extranjera en proyectos industriales, utilizando la compra de deuda externa del país o, directamente, sin recurrir a este expediente. Lo importante es que la empresa transnacional, habiendo negociado con el gobierno las condiciones administrativas, legales y fiscales, implante un negocio que creará puestos de trabajo y generará salarios para los nacionales, al tiempo que, si se trata como será en un buen número de casos, de la producción de bienes destinados a la exportación, dará lugar al ingreso de divisas, mejorando la balanza comercial del país. De esta forma, con la reiteración de los casos, el país, por sus condiciones en materias primas y mano de obra, se irá convirtiendo en un lugar atractivo para la inversión extranjera permanente, por parte de las empresas que, en un mundo globalizado, buscan oportunidades de expansión.

            La bondad de esta fórmula, con preferencia a la que sugiere entregar fondos a los gobiernos de los países en desarrollo para que sean ellos los que regenten la inversión, se deduce del principio de subsidiariedad, tan reiteradamente proclamado por el Magisterio de la Iglesia Católica, según el cual lo que pueda hacer la iniciativa privada no deben hacerlo los gobiernos.

            La venta de agua potable. Un ejemplo de que es posible hacer inversiones en infraestructura en países en desarrollo, atrayendo capital privado, lo proporciona lo sucedido recientemente en Sudáfrica. La colaboración del gobierno, las administraciones locales, el Banco Mundial y la multinacional francesa Suez Lyonnaise des Eaux ha llevado agua potable a más de 600.000 personas en Cisira, provincia de El Cabo. En este pueblo, como en otros muchos de la región, el agua siempre ha sido gratuita, pero insalubre. Los habitantes de Cisira tenían que caminar a diario dos horas para tomarla del río y transportarla a casa. Era frecuente que la gente del pueblo, en especial los niños, enfermaran por beberla.

            Hoy, los habitantes de Cisira se aprovisionan de agua de buena calidad en los surtidores automáticos repartidos por el pueblo. Introducen una tarjeta magnética para abrir la válvula, y así pueden llenar sus cubos. El sistema ha sido construido por Suez Lyonnaise. El agua se extrae del río, es tratada en una depuradora y bombeada hasta los surtidores. Se acabaron las caminatas y las enfermedades causadas por el agua. Hasta ahora, Suez Lyonnnaise ha desarrollado en El Cabo unos treinta proyectos como éste. El plan se propone llegar a un millón de beneficiarios en el año 2005.

            Para que el proyecto tuviera éxito, hubo que convencer a la gente de que tenían que pagar por el suministro del agua potable. Se dudaba de que los habitantes, pobres casi todos, tuvieran el dinero necesario, pero se puso un precio asequible, 2-3 dólares mensuales, que supone entre el 2% y el 5% de los ingresos de una familia. Y se comprobó que los pobres están dispuestos a pagar para tener agua en buenas condiciones. El director de la subsidiaria de Suez Lyonnaise en Sudáfrica lo tenía claro desde el principio. “Si la gente puede permitirse comprar una cerveza al día, puede permitirse pagar por el agua. Es una cuestión de prioridades”. Los habitantes de Cisira lo corroboran: “¿Se imagina lo que era pasarnos la vida yendo al río para sacar un agua sucia y turbia? –dice una mujer del pueblo-. Es magnífico. Por supuesto que conseguimos el dinero”.

            Esta estrategia responde al principio señalado por el Profesor Prahalad, de la Escuela de Negocios de la Universidad de Michigan, quien dice: “Dejemos de ver a los pobres como un problema, para verlos como una oportunidad”. Es decir, dejemos de hacerlos objeto de nuestra caridad para convertirlos en nuestros clientes, bajo el lema “trade-not-aid” (comerciar, no ayudar) invocado por los propios países pobres. De hecho, en contra de opiniones hoy difundidas, los pobres pueden convertirse en un mercado muy rentable si las multinacionales están dispuestas –y son capaces- de cambiar sus modelos comerciales para adaptarlos a las posibilidades de estos pueblos.

            Un ejemplo de que es posible, entre otros que podría aportar, nos lo proporciona Arvind Mills, empresa que en la India ha creado un nuevo sistema de aportación de valor basado en los pantalones vaqueros. Como quinto de los mayores fabricantes mundiales de tejanos, Arving observó que las ventas en la India eran limitadas porque, a un precio de 40-60 dólares el par, tales pantalones ni estaban al alcance de las masas ni eran fáciles de conseguir, dado que el sistema de distribución existente llegaba tan sólo a unas cuantas ciudades rurales y aldeas. En respuesta directa a este problema, Arvind introdujo los tejanos “Ruf and Tuf”, un juego ya preparado de componentes (tela cortada, cremallera, remaches y bolsillos), a un precio de aproximadamente seis dólares. Se distribuyó tal equipo a través de una red de cuatro mil sastres, muchos de ellos establecidos en pequeños pueblos y aldeas, quienes, mirando ante todo su propio beneficio, se interesaron por su comercialización intensiva. Ruf and Tuf ha pasado a convertirse en el pantalón tejano que más se vende en la India. Aunque el precio de los tejanos Ruf and Tuf está un 80% por debajo del de Levis, su producción y comercialización, además de beneficiar a los usuarios, crea abundante riqueza para el numeroso ejército de sastres locales, actuando como almacenistas, promotores, distribuidores y proveedores de servicios, todo en uno.

La apertura de los mercados

            El otro camino para cooperar eficientemente al desarrollo de los países atrasados es la apertura de los mercados de los países industrializados a las exportaciones de los productos en los que los países pobres gozan de ventajas competitivas. Esta no es tarea fácil ya que tropieza con los intereses de los grupos de presión de los países desarrollados que pretenden protegerse de la competencia de los países pobres, poniendo vallas a la importación de sus productos. Y tropieza, sobre todo, con la hipocresía de los gobiernos y de las organizaciones sindicales que, escudándose en razones de incumplimiento de las normas sobre trabajo infantil, horarios laborales y demás reglamentaciones, legislan a favor de las exigencias de los grupos industriales, comerciales o agrícolas cuyos votos quieren conservar. De esta forma, olvidando que, por ejemplo, los niños de estos países lo que necesitan es sobrevivir, alfabetizarse y poder acceder a una mayor formación, con la pretensión de protegerles contra la explotación infantil, lo que hacen los países desarrollados es perpetuarles en la miseria, aunque luego, para justificarse, harán como que la remedian con dádivas en dinero o alimentos.

            Trabajo de los niños y explotación infantil. Por otra parte hay que distinguir entre la explotación infantil y el trabajo que permite a los niños ganar dinero y adquirir destrezas sin perjudicar su escolaridad. A este respecto, es ilustrativo lo sucedido en Sialkot (Pakistán), gran productora de balones de fútbol cosidos a mano, donde efectivamente se empleaba mano de obra infantil. Pero, los dos tercios de los niños que cosían balones lo hacían a tiempo parcial en casa, y el 80-90% iban al colegio, cosa que, al no poder comprobarla los observadores de la Organización Internacional del Trabajo, motivó la supresión del trabajo a domicilio, con lo cual muchas familias han perdido el salario de los niños y sus ingresos, por término medio, han descendido alrededor del 20 por ciento.

            El error de las ONG. Lo chocante en este aspecto es que las ONG, tan interesadas en la defensa de los países pobres, son las que, con ayuda de gente armada de pancartas y bastones, se encargan de reventar las reuniones de la Organización Mundial del Comercio (OMC), en Seattle, del FMI y el Banco Mundial, en Washington, del Foro de Davos o de la Cumbre de las Américas en Quebec, para oponerse a la globalización que, según el abanico de organizaciones congregadas, ha de servir para sumir más en la miseria a los países pobres. No se dan cuenta de que están haciendo la tarea sucia a los grupos de interés contrarios a la liberalización del comercio internacional, cuyo principal efecto no sería perjudicar, sino beneficiar a los países menos desarrollados.

            Si estos “abogados de los pobres” recordaran que las mejores intenciones, si están faltas de racionalidad, producen efectos perversos, rectificarían la dirección de sus tiros y se sumarían a los que pensamos que la política que propugna la apertura de los mercados –tanto de los países pobres como de los ricos- y la instalación en los primeros de empresas extranjeras, en lugar de ser un camino hacia más pobreza y explotación, constituye el único medio para ayudar a esas naciones a exportar, crear puestos de trabajo, elevar su nivel de vida y fomentar una mejor sanidad y educación.

            En noviembre de 1999, en vísperas de la reunión de Seattle, Mike Moore, Director General de la OMC, reconocía que su propuesta de eliminar todos los obstáculos a las importaciones procedentes de los países menos desarrollados no había recibido un aplauso generalizado, a consecuencia de las dificultades políticas que entraña la eliminación de trabas proteccionistas en sectores como la agricultura, los textiles y el calzado.

            Contra esta cerrazón es hacia donde deberían encaminarse las manifestaciones de las ONG que dicen tener el respaldo de millones de firmas. Cuando las Naciones Unidas piden a los países desarrollados que aporten el 0,7% del PIB como ayuda a los países pobres, a todo el mundo le parece bien y, a pesar de la inanidad de esta ayuda, las ONG organizan campañas para que los respectivos gobiernos adopten este objetivo. En cambio, cuando los países pobres demuestran un deseo sincero de participar en el mercado mundial y de adoptar un sistema económico abierto y un régimen comercial liberal, como sucedió el año pasado en la cumbre de El Cairo entre la UE y Africa, los europeos, que sí aceptan aliviar la deuda contra compromisos de reformas, hacen oídos sordos a la apertura de los mercados.

            Los errores del proteccionismo. Se podrá decir que es inútil abrir las barreras a países que no tienen capacidad exportadora. Pero no es verdad que no la tengan. En primer lugar, podrían exportarnos, si no se lo impidiéramos, sus productos agrícolas y sus materias primas. Si permitiéramos que Ecuador nos exportara sus plátanos tendríamos menos inmigrantes ecuatorianos ilegales. Pero no les dejamos para proteger de la competencia a nuestros agricultores y demás sectores afectados, que constituyen importantes bolsas de votos para los partidos que quieran permanecer o acceder al gobierno de nuestros desarrollados países. Entre ellos, los europeos que, dicho sea de paso, han diseñado y sostienen la política agraria común (PAC), que sin exageración puede calificarse como una de las mayores irracionalidades económicas de nuestro siglo, para proteger y subvencionar a los agricultores, como el extravagante José Bové, uno de los estandartes contra la globalización, al tiempo que esta política agraria común impide la entrada en el mercado europeo de los productos del Africa subsahariana. 

            La excusa del “dumping social”. Como antes señalé, el argumento en el que se escudan los adversarios de la globalización y especialmente lo sindicatos de los países ricos para oponerse a la apertura de los mercados, es que los países pobres hacen competencia desleal porque producen sin respetar los derechos laborales básicos. Para ilustrar el sinsentido de esta postura, en orden a la cooperación al desarrollo, no me resisto a relatar lo sucedido entre Camboya y los Estados Unidos. En enero de 1999, Camboya firmó un acuerdo con Estados Unidos sobre sus exportaciones textiles. Camboya se comprometía a mejorar las condiciones laborales en ese sector. A cambio, Estados Unidos prometía aumentar un 14% la cuota de importaciones textiles de empresas camboyanas, lo que suponía un aumento de 50 millones de dólares al año. La mayor vigilancia del gobierno camboyano sobre las condiciones laborales tuvo consecuencias positivas para los trabajadores. En un país donde la renta per cápita anual es de 180 dólares y donde los profesores universitarios ganan 20 dólares mensuales, el salario mínimo en la industria textil se fijó en 40 dólares al mes. A partir del acuerdo se autorizó que los trabajadores textiles crearan sindicatos y eligieran a sus representantes. Se hizo obligatorio conceder 19 días de vacaciones pagadas. La perspectiva del aumento de las exportaciones a Estados Unidos hizo que se crearan nuevas empresas que dieron trabajo, sobre todo, a mujeres.  Es un trabajo duro: diez horas al día, seis días a la semana, cosiendo una prenda tras otra. Pero consiguieron ahorrar dinero para mantenerse y ayudar a sus familias.

            Llegó el momento de recoger los frutos. Los representantes del gobierno de los Estados Unidos reconocieron que el acuerdo había logrado importantes mejoras laborales en muy poco tiempo. Pero el sindicato norteamericano del textil se opuso al aumento de la cuota de importación de tejidos camboyanos asegurando que en Camboya persistían las violaciones de las normas laborales internacionalmente reconocidas. El gobierno de los Estados Unidos cedió y no amplió la cuota. Después de esta decisión, cerraron 18 fábricas textiles y multitud de trabajadores perdieron su trabajo y sus ingresos. Pero los trabajadores camboyanos tienen el consuelo de saber que los sindicatos norteamericanos velan por sus derechos laborales. No cabe mayor hipocresía. El libre mercado hubiera enriquecido a los trabajadores del textil camboyano; la intervención estatal, instigada por los intereses de clase, les sume en la miseria.

Ayudar a los pobres a ayudarse a sí mismos

            Ya sé que muchos opinarán que el camino que propugno para ayudar a los países pobres a salir de la pobreza entrando a disfrutar de los beneficios de la globalización es demasiado largo, y que lo que necesitan los pobres es ver remediadas sus necesidades de inmediato. No me opongo a que se concedan ayudas en forma de donativos o cancelación de deuda para necesidades perentorias, pero no como sustitución de los objetivos de fondo. Aquí, como en tantos otros casos, es de aplicación el antiguo apólogo: “si le das a un hombre un pescado, le has resuelto el problema de un día; si le enseñas a pescar, le has resuelto la vida”. Este debería ser el lema de los países desarrollados en relación con los no desarrollados. Hacer lo posible para ayudar a los más pobres a ayudarse a sí mismos.

            Pienso que los países pobres, en contra de todos aquellos que pretenden protegerlos y lo que hacen es impedir su desarrollo, están entrando en la realidad y empiezan a considerar la globalización como lo que es: una esperanza de mejora. Así se pudo comprobar en Davos en febrero de este año. Durante una cena de líderes africanos, un dirigente de una ONG preguntó en voz baja al presidente de Senegal, Abdoulaye Wade, que como pensaba aliviar los males que la globalización estaba causando en su país. Su sorpresa fue mayúscula cuando Wade contestó: “¿qué globalización?, ¡la globalización todavía no ha llegado a Africa y mi gobierno está haciendo todo lo posible para que llegue pronto y podamos beneficiarnos de ella”.

            En la misma reunión, los presidentes Obasanjo de Nigeria, Mbeki de Sudáfrica y Mkapa de Tanzania hablaron en términos similares. Expresaron la necesidad de que los gobiernos africanos garanticen la paz y la estabilidad, ya que la incertidumbre política perjudica la inversión. Dijeron que se requieren gobiernos que garanticen el cumplimiento de la ley y el mantenimiento de los derechos de propiedad, que eliminen las trabas burocráticas que impiden la creación de empresas, y que luchen contra la corrupción. Sin estos requisitos, decían convencidos, la globalización y el progreso nunca llegarán al continente negro. Daba la impresión de que, por fin, algunos líderes africanos están dispuestos a poner orden en sus países.

            Pero los africanos no podrán solucionar sus enormes problemas, si los países industrializados no cumplimos con la parte que nos toca. Es cierto que en los países subdesarrollados el modelo económico no es el adecuado y además hay fuerte corrupción. Pero la máxima evangélica nos obliga a arrancar la viga de nuestro ojo antes de querer sacar la mota del ojo del vecino. Y viga gorda es impedir que los países del Tercer Mundo trabajen, produzcan y vendan en los mercados mundiales. El año pasado, 40 millones de litros de leche se echaron a perder en el norte de Tanzania mientras los supermercados de la capital, Dar es Salaam, solamente vendían leche holandesa. ¿Cómo es posible que sea más barato comprar leche holandesa que leche tanzana en Tanzania? La explicación es bien simple: los productos europeos disfrutan de ignominiosas subvenciones que les permiten competir deslealmente con los de los países pobres.

            La globalización, concluyo, no es mala. Lo malo es la hipocresía de los países ricos que, enmascarando su egoísmo con las ridículas propuestas encaminadas a destinar el 0,7% del PIB a ayudar a los países pobres, cierran a estos países las puertas de la globalización que es donde está su verdadero futuro.


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