Prólogo al libro

Liderazgo y ética en la dirección de empresas
del Profesor Juan Antonio Pérez López

Editorial Deusto, Bilbao 1998


Cuando me pidieron un prólogo para este libro póstumo de Juan Antonio Pérez López, acepté enseguida, porque, dejando aparte el honor que para mí representa, esta invitación me permite expresar el cariño que, desde que le conocí en los primeros años sesenta, sentí por Juan Antonio y su obra.

Hace ahora dos años, Dios se lo llevó a contemplar su rostro, precisamente en la fiesta de la Santísima Trinidad, misterio en el que tanto profundizó y del que tanto habló. Me alegra mucho que dos de sus más directos discípulos -Nuria Chinchilla y Josep Mª. Rosanas, profesores del IESE- con la colaboración de Pedro Navarro, hayan preparado para publicarlo, en forma de libro, lo que su maestro dejó en el ordenador sobre materias relacionadas con el rico contenido de la acción humana, contemplada desde la concepción clásica de la ética.

Juan Antonio se incorporó al IESE en el Departamento de Control, pero dada su inclinación hacia la filosofía, disciplina en la que había ido adquiriendo una sólida formación, pronto derivó hacia la teoría de las organizaciones. En su nuevo empeño, Juan Antonio se marchó a la Universidad de Harvard para obtener el doctorado. Recuerdo muy bien que, en aquel entonces, me impresionaron las noticias que de Boston nos llegaban, asegurando que el profesor de la Escuela de Negocios que debía dirigir y apadrinar la tesis del doctorando había sugerido que, tal vez, "across the river" es decir en la Facultad de Filosofía, serían capaces de entender el texto que Juan Antonio estaba preparando. Afortunadamente otro profesor de la propia Escuela de Negocios captó las ideas del joven profesor de IESE y, así, en 1970, Juan Antonio pudo leer su tesis bajo el título Organizational theory: A cybernetical approach.

A partir de los hallazgos realizados en esta tesis doctoral, el profesor Pérez López empezó el largo y fecundo trabajo de construir un nuevo modelo de organización. Apoyándose, para superarlas, en las tesis de autores como Chester I. Barnard, de la Universidad de Harvard, y de Abraham H. Maslow, de la Universidad de Brandeis, en continuo contacto con los empresarios de los que era consultor y en vigoroso diálogo con los alumnos de todos los Programas del IESE en los que participaba, Juan Antonio fue elaborando, y contrastando con la realidad, su teoría, de la que eran como destellos, de uso corriente dentro de la familia IESE, sus tripartitos y encadenados lemas -motivación extrínseca, motivación intrínseca, motivación trascendente; eficacia, atractividad, unidad; capacidad estratégica, capacidad ejecutiva, liderazgo- para acabar, en 1991, con la publicación de su primera obra, Teoría de la Acción Humana en las Organizaciones, en la que, rechazando, por incompletos, el paradigma mecanicista de dirección de empresas, en el que se supone que las personas se mueven exclusivamente por motivaciones extrínsecas, y el paradigma psicosociológico, que añade las motivaciones intrínsecas a las extrínsecas, Juan Antonio Pérez López propone el paradigma antropológico, que es el único paradigma completo, ya que parte del convencimiento de que las motivaciones que acaban de explicar el comportamiento humano en la organización son las motivaciones trascendentes que, según su propia definición, son aquellas que llevan a actuar por las consecuencias de la acción para otras personas, distintas de la que realiza la acción y cuyas necesidades se busca satisfacer.

Situados dentro del paradigma antropológico de dirección, es evidente que la función del directivo se materializa en actos que, por ser racionales y libres, son actos humanos, es decir, moralmente imputables. Estos actos han de ser éticamente correctos o, dicho sin remilgos, han de ser actos virtuosos, porque, como insistía Pérez López, hablar de ética y de ética profesional sin hablar de las virtudes morales es como hablar de física sin mencionar la ley de la gravedad. A este respecto, Juan Antonio recordaba que todo acto humano tiene, para el propio agente y para las personas afectadas, tres valores: económico, psicológico y ético. Dichos valores corresponden, respectivamente, al valor de lo que hace el sujeto en cuanto con ello otra persona puede satisfacer sus necesidades (valor económico); al aprendizaje para hacer cosas que el sujeto consigue por el hecho de hacerlo (valor psicológico); y, por último, al cambio que se produce en el sujeto en función de la naturaleza moral del acto, de la intención que tenía al realizarlo y de las circunstancias concurrentes (valor ético).

Tomar las decisiones en función no sólo del valor económico sino además del valor psicológico y ético de los actos humanos, puede suponer un cierto coste de oportunidad; es decir, el decisor renuncia a un cierto beneficio a corto plazo que otra alternativa podría haberle aportado. Sin embargo, al hacerlo, el decisor es consciente de que ha elegido la mejor alternativa para los demás y para él mismo. La experiencia y también la razón nos dicen que, a la larga, los beneficiosos efectos psicológicos y éticos de la decisión tomada, conducirán a mejores resultados también económicos.

No hace mucho tuve que dirigir unas palabras a un grupo de graduados de la Universidad Francisco Marroquín. Me pareció una ocasión propicia para alentar a un grupo de personas selectas al cumplimiento de sus responsabilidades sociales, exponiéndoles en forma breve la teoría de la acción humana del profesor Pérez López. Al acabar el acto, el profesor responsable de las áreas de psicología y sociología se acercó a darme las gracias por el gran favor que les había deparado al aportar, desde el exterior de la Universidad, unas ideas que les servirían de gran ayuda para la difusión de la línea de pensamiento que estaban empeñados en fomentar en aquel Campus, y que, por lo que deduje, no siempre era seguido por alguno de los departamentos cuantitativos de la Institución.

Juan Antonio acababa de librar, por mi intervención, una más de las amables batallas que durante su vida tuvo que afrontar para la defensa de sus ideas. En este aspecto, Juan Antonio no era un hombre cómodo, no en el sentido de que no fuera una persona afable, que lo era en extremo, con una gran capacidad de comprensión hacia los demás, sino en el sentido de que no era una persona acomodaticia. Como todo enamorado de la verdad, cuando creía haberla encontrado, defendía con pasión, aunque con respeto a la libertad de los demás, sus propias convicciones, porque Juan Antonio no era un intolerante pero tampoco el escéptico que, por no creer en la verdad objetiva, tanto le da una cosa como otra. Juan Antonio, a fuer de verdadero universitario, estaba comprometido con la verdad y siempre a su servicio. Por esto, a los que han tenido la suerte de estar con él en clases, seminarios, reuniones informales o de claustro académico, sin duda les parecerá oír todavía sus sonoras y contundentes apelaciones a no olvidar los fundamentos antropológicos de la formación para la dirección empresarial, cuando le parecía que podía haber el riesgo de que alguien, sin duda sin darse cuenta, se deslizara por la pendiente utilitarista o economicista, incurriendo en alguna de las deficiencias de los modelos mecanicista o psicosociológico de organización.

La lectura, y consulta, de este tercer libro del profesor Pérez López, que vivamente recomiendo, servirá sin duda para que docentes, estudiosos, empresarios y toda persona vinculada, directa o indirectamente, a los procesos de dirección, puedan encontrar recopiladas y sistematizadas, ideas sobre los aspectos éticos de la economía, de las decisiones empresariales y de la acción personal que, a mi juicio, son altamente valiosas. Su aplicación conduciría a la configuración de empresas líderes, siempre que los que decidan aplicarlas lo hagan no intentando manipularlas con una actuación meramente formal, que, al ponerse de manifiesto, conduciría al fracaso, sino por motivaciones verdaderamente trascendentes, lo cual lleva aparejado el ejercicio de todas las virtudes morales que, como ya señaló Aristóteles -al que, con Tomás de Aquino, tan unido se sentía Pérez López- son aquellas cualidades de la persona que la capacitan para motivar racionalmente su comportamiento.


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