Prólogo de Rafael Termes para

Cómo nace y se hace una empresa de ingeniería
de Rafael Escolá Gil

Editado por la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales y de Ingenieros de Telecomunicación de Bilbao
Colección "Perfiles profesionales"
Bilbao, 1993


Me piden un prólogo al trabajo "Cómo nace y se hace una empresa de ingeniería", debido a la pluma de Rafael Escolá, que la Escuela de Ingenieros Industriales de Bilbao se propone publicar dentro de la colección "Perfiles profesionales", brillantemente iniciada con la conferencia que Angel Galíndez pronunció, en diciembre de 1991, en la propia Escuela.

Algo que empieza con la difusión del pensamiento de Angel Galíndez y Rafael Escolá forzosamente tiene que ser bueno, si los editores tienen el acierto de continuarlo apoyándose en personajes "de la misma cuerda" -hablando familiarmente- que, desde luego, los hay; basta con saber mirar sin dejarse deslumbrar por el brillo de los oropeles de aquellos que desgraciadamente abundan tal vez más y que, vacíos en la cabeza y el corazón, pasean ostentosamente situaciones de triunfo, logradas Dios sabe a cambio de cuantas degradaciones morales.

Hace poco participé en un Congreso Internacional de Liderazgo, organizado por los estudiantes del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, capital del Estado de Nuevo León, México. A lo largo de las intervenciones y coloquios quedó claro que los jóvenes de hoy, por lo menos los allí reunidos y pienso que muchos más, empiezan a superar la fase en que ha imperado la cultura del "tener" en vez de la del "ser" y distinguen ya entre los falsos líderes y los verdaderos líderes. Sólo son tales los que arrastran no apoyándose en la ambición y el egoísmo, sino al impulso de las virtudes morales, vividas precisamente en el ejercicio de la profesión y buscando en el servicio a los que les rodean y a la sociedad en general la realización de la propia excelencia.

Angel Galíndez y Rafael Escolá pertenecen a esta última clase de líderes. He tenido la suerte de conocerlos bien, puesto que he coincidido con ambos durante etapas más o menos largas de mi vida. El uno y el otro son de esta gente que no necesitan hablar de reglas de comportamiento ético, de códigos de conducta, hoy tan proclamados, porque toda su manera de actuar, nacida no de restricciones externas sino de profundas convicciones internas, se constituye en norma del bien hacer para todos aquellos que, con ojos limpios de envidia, quieran mirar, aprender y seguir el camino que este género de pioneros se esfuerzan por abrir.

De aquí que cobre singular importancia lo que personas como Escolá y Galíndez tienen que decir a los jóvenes estudiantes de la carrera de ingenieros. De aquí que me parezca tan acertada la idea de recoger sus experiencias en estos "Perfiles profesionales", y de aquí que haya respondido con gusto a la invitación de redactar estas breves palabras introductorias al segundo número de la colección, como modesta contribución a tan laudable empeño.

Si es verdad que, como he dicho, he conocido y tratado a Angel Galíndez, el hecho adquiere mucha mayor duración e intensidad en el caso de Rafael Escolá, puesto que fuimos "compañeros de pupitre", es decir condiscípulos del mismo curso de la carrera de Ingeniero Industrial, desde 1940 a 1945, en aquel inolvidable caserón de la calle de Urgel de nuestra Ciudad Condal. Y, desde entonces, no es que se haya mantenido intacta sino que, con el paso del tiempo, se ha ido haciendo más intensa la amistad fraguada en aquellos años estudiantiles, aunque nuestras respectivas maneras de ejercer y vivir la profesión de ingeniero industrial hayan sido muy distintas.

Pienso, por lo tanto, que puedo decir que conozco bien el temperamento, el talante, la manera de ser de Rafael Escolá que, para mí -y bien se ve, creo, en el trabajo al que estas reflexiones sirven de prólogo- es el arquetipo del ingeniero. Si tuviera que elegir una característica que por encima de todas las demás pudiera definir a Rafael Escolá, apostaría por su capacidad de aprehender las muy diversas circunstancias que concurren en cualquier situación y su rapidez, con conocimiento de causa, en la toma de decisiones. Rafael Escolá, dicho brevemente, es un hombre rápido en el pensar y en el obrar. Pero esta rapidez no le ha sido obstáculo para el acierto, como lo demuestra toda su trayectoria profesional, recogida, en su parte más imaginativa y apasionante, en el relato de los primeros 35 años de IDOM que es la empresa que él fundó.

De esta rapidez de decisión de Rafael Escolá, sin merma del acierto, tengo abundantes pruebas, que se refieren a muy variadas situaciones, pero tal vez ninguna tan significativa como aquella en que se ventilaba, nada menos, que la opción frente al proyecto más importante para el hombre cual es el sentido a dar a la propia vida.

Rafael Escolá es, he dicho, el paradigma del ingeniero; lo que a él le gusta, como reiteradamente afirma, es ser ingeniero y hacer de ingeniero. Su afición a traducir en fórmulas o razonamientos matemáticos los sucesos más diversos de la vida, e incluso las cosas más trascendentes, es verdaderamente impresionante. Recuerdo, entre otras anécdotas que podría citar, que todos nos reíamos cuando Rafa -así le hemos llamado siempre sus compañeros- "calculaba" el número de los ángeles partiendo de la hipotética cifra de hombres que han vivido, viven y vivirán en el mundo hasta el fin de los tiempos y apoyándose en la tesis de que cada hombre, al nacer, debía "estrenar" un ángel de la guarda, porque repugna -decía- la idea de "ángel de segunda mano". Otro ejemplo se encuentra en este mismo libro cuando Rafael dice que "la eficacia de un servicio de consultoría decrece con el cuadrado de la distancia, como en la ley de Newton".

Pero todo esto no debe inducir a pensar que estamos hablando de un ingeniero "teórico" o meramente "técnico". Escolá es un ingeniero abierto a todos los campos y con ansia de penetrar en todos los saberes, de acuerdo con la esencia, en mi opinión, del ingeniero industrial que es y debe ser un ingeniero generalista. El ingeniero industrial "puro" es, a mi juicio, el que es capaz para todo. Y esto es lo que define a Rafael Escolá que ha sido proyectista, contratista, organizador, negociador, empresario, escritor de manuales, y, sobre todo, maestro, en el doble sentido de transmisor de saberes y formador integral de hombres.

El documento que el lector tiene en sus manos no tiene desperdicio; es una joya valiosísima que su autor regala a todos los destinatarios del libro, que, en especial, deben ser los jóvenes, sean ingenieros sean de cualquier otra profesión u oficio, ya que la rica experiencia que en estas "memorias" se contiene ha de ser útil a todos los que las lean.

El prologuista de un libro puede elegir entre dos caminos distintos. Uno de ellos consiste en intentar resumir el contenido de la obra, en el supuesto de que la haya leído, cosa que, con verdadera fruición, yo he hecho. En este caso, si acierta a hacer un buen resumen, se corre el riesgo de que el lector no pase adelante y se pierda el verdadero objetivo del prólogo que, en principio, es lograr que se lea el libro. El segundo camino es estimular al que tiene el libro en sus manos para que se engolfe en la lectura de las páginas que siguen a fin de que descubra por sí mismo las riquezas que puedan contener. Esta es la opción que he adoptado, ya que puedo asegurar, como he insinuado, que estas riquezas existen abundantemente en el texto que Rafael Escolá ha redactado y vale la pena saborearlas directamente, sin intermediarios, sin intérpretes, que no son en absoluto necesarios. "Los primeros 35 años de una empresa de ingeniería" está escrito en un estilo narrativo que hace tan amena su lectura que uno puede estar pensando que se trata de una novela, pero, al mismo tiempo, se da cuenta de que se está enriqueciendo con una serie de experiencias de alto valor, tanto desde el punto de vista profesional como del humano.

Todo el relato de Rafael Escolá, redactado en primera persona, en forma sencilla y muy directa, pone de relieve la importancia que, desde siempre, ha otorgado a las personas por el hecho de ser personas. Esta es la mayor y mejor enseñanza contenida en el relato porque el valor de la persona -ser racional y libre capaz de alcanzar un fin que es a la vez inmanente y trascendente- es el más importante de todos los valores. Y en la trayectoria vital de Rafael Escolá se ve, aunque él no lo diga, que se ha comportado siempre, en relación consigo mismo y en relación con los demás, de acuerdo con el valor de ser persona. Al margen de esta consideración de fondo, tienen especial interés, en mi opinión, la descripción de lo que podemos llamar los "inventos" de Escolá. El primero de ellos es la manera como el protagonista y relator de esta historia logró hermanar el deseo de "trabajar sin jefes" -cosa que tiene evidentes ventajas pero no menos ciertos inconvenientes- con la seguridad que -junto a ciertas limitaciones- proporciona el trabajar dentro de una organización asociativa, tanto por lo que se refiere a la regularidad en la percepción de retribuciones, como en lo que respecta a la capacidad para mandar que se adquiere cuando se aprende a obedecer.

Otro "invento" es la implantación, en la empresa por él fundada, de la cultura de la "ilusión por el trabajo profesional de ingeniero" frente a la cultura de la "ambición de poder manifestada en el logro y mantenimiento del mando". Este enfoque se ha puesto de manifiesto en los sucesivos relevos en la presidencia de IDOM cuando, al llegar a los 60 años, los presidentes han podido "liberarse" de la función directiva para quedarse "disfrutando" dentro de la empresa, como un ingeniero más, que es lo que les gusta.

Muy enjundiosas son también las revelaciones de Escolá sobre la interpretación de los conceptos de "trabajar", "aprender" y "enseñar", en los cuales basa el trabajo en equipo y la formación de los jóvenes, en un ambiente de confianza y alegría -factores ambos multiplicadores de la eficacia- que caracteriza la historia de su empresa desde la fundación hasta el día de hoy. "Siempre hemos sido muy fiesteros", dice Escolá, añadiendo que a estas fiestas, con motivo de grandes o pequeños triunfos profesionales -como, por ejemplo, el éxito en la resolución del problema originado por el mal funcionamiento de un dosificador de yeso, cuidadosamente descrito en el relato- venían no sólo los clientes sino también los ingenieros que se habían ido a otras empresas "que es lo que más nos ha alegrado siempre".

Porque, otro detalle a destacar, como síntoma de la visión altruista de Escolá -centrada en el bien integral de las personas- es la interpretación positiva del fenómeno de la rotación -del orden del 50%- de los ingenieros. Para él esto no es un inconveniente sino todo lo contrario. Además de ser ocasión de reconocer, con hechos, el derecho de los asociados a promocionarse fuera de la empresa, la rotación proporciona una gozosa oportunidad de formar a más y más jóvenes, y de servir así a la sociedad, suministrándole personas bien formadas con afán de superación.

Pero me doy cuenta de que me estoy metiendo en el camino que no quería seguir. Lo que yo deseo es que sea el lector quien se meta por sí mismo a saborear las páginas que siguen. Por ello, sólo añadiré que me parece digna de consideración la fórmula de reparto de propiedad adoptada en IDOM -el "compromiso asociativo"- ya que si bien, en el fondo, no difiere de lo que es corriente en empresas de consultores asociados, tiene algunas especiales características que la hacen especialmente atractiva.

Decía al empezar que Rafael Escolá es de los hombres que no hablan mucho de ética, pero la ponen en práctica en toda su vida. Esto se ve claramente, al leer su texto, en muchos pasajes del mismo, pero me parece que el fondo del pensamiento de Escolá en esta materia queda perfectamente puesto de manifiesto cuando, hablando del Curso de Deontología que impartió en la Escuela de Ingenieros de San Sebastián, dice que, en la actuación profesional, "la frontera es mejor ponerla en los límites de la elegancia profesional, antes que en los de la licitud". Mira por donde esta afirmación entronca con la "estética", tan del gusto de Angel Galíndez, quien, en el primer cuaderno de esta colección, afirma que, para él, que sabe que Dios es la suprema belleza, todo lo bello -lo verdaderamente bello- es bueno. Por esto Escolá, cuando, al redactar estas cortas memorias, vuelve la vista atrás, sin ocultar los fallos propios de cualquier obra humana, confiesa con no disimulada alegría que "todo lo que hemos hecho ha sido muy hermoso". Por esto, digo yo y acabo, valía la pena ponerlo por escrito para provecho de todos.


Página principal   ·   Página anterior


© 1998-1999. Rafael Termes