Hay dos maneras de concebir un prólogo; en el supuesto de que el tal prólogo sea leído, pueden producir resultados distintos. Una de estas dos maneras consiste en ofrecer al lector un resumen del libro, con lo cual si el trabajo del prologuista es medianamente detallado, es muy posible que un gran número de los adquirentes del libro se contenten con el resumen y renuncien a la lectura del texto íntegro. La otra manera es dar las razones por las que el prologuista considera que la lectura del libro ha de resultar provechosa; de esta forma cabe esperar que el que lo tenga en sus manos se sienta animado a pasar adelante para comprobarlo personalmente. Es evidente que ambas maneras de acometer el encargo, si éste quiere desempeñarse honradamente, supone que el prologuista ha leído el libro, cosa que naturalmente he hecho con el que bajo el título "Nuevos tiempos" han escrito mis buenos amigos Lorenzo Bernaldo de Quirós y Enrique de Diego. Y debo declarar que su trabajo me ha producido tanta satisfacción que, sin duda alguna, me inclino decididamente por el segundo de los caminos dichos; es decir, dedicar mis palabras introductorias a recomendar vivamente la íntegra lectura del libro, animando al lector a que descubra por sí mismo las tesis contenidas en los diversos capítulos del ensayo. Para saborearlas, en el supuesto de que resulten de su agrado, o para preguntarse porqué contrastan con su postura en la materia, si éste fuera el caso, ya que bien puede suceder que, existiendo lectores de uno y otro signo, no sean los menos aquéllos a quienes choquen las afirmaciones de Lorenzo Bernaldo de Quirós y de Enrique de Diego sobre la sociedad abierta y el Estado mínimo. Como los autores dicen, Marx y Keynes han muerto en las cabezas, pero aún perviven en los corazones de muchos, porque medio siglo de socialdemocracia y Estado de Bienestar han convertido a los sujetos de las sociedades occidentales en drogodependientes del maná estatal. En uno de mis ensayos, del que los autores han tenido la amabilidad de citar otro pasaje, dije que, ante el riesgo de que las ideas socialistas derrotadas en el Este quisieran ser pasadas de contrabando en Occidente, los partidarios a fondo de la libertad tendrán que estar, en la próxima década, muy al quite de los nuevos intentos socialistas de raptarla. Por eso, me ha alegrado ver que De Diego y Bernaldo de Quirós, avezados paladines de las ideas liberales, prosiguen, en la obra a que estas breves palabras sirven de proemio, su labor de defensa del capitalismo como sistema de organización social que, partiendo de la confianza en la naturaleza del hombre tal como es -para mí, creada, caída y redimida- considera que la propiedad privada, la libre iniciativa y el mecanismo de los precios de mercado, constituyen la mejor manera de lograr el mayor grado de bienestar material y moral para el mayor número de personas; e insistiendo, una vez más, en que el socialismo, y también la versión socialdemócrata, en su utópica o envidiosa busca del ideal igualitario, conculca la libertad -máxima expresión de la dignidad humana-, destruye la verdadera justicia, invade todos los campos de la vida social y personal, incluidos los más íntimos, y acaba -en el caso de su aplicación extrema- perpetuando la pobreza. Que todo esto y más se expone, con argumentos y hechos, en el libro de nuestros autores. Especialmente sugestivo me ha parecido el capítulo que dedican a Europa y a la polémica, hoy en plena tensión, entre las dos maneras -la socialista y la liberal- de concebir la integración de los actuales estados miembros de la CEE. Con argumentos sacados tanto de la teoría política como de la experiencia del pasado, los autores abogan por el equilibrio entre la unidad y la diversidad que, de siempre, ha configurado este Continente; lo cual conduce a la fórmula confederal y pluriforme de la Europa de los ciudadanos, frente al proyecto federal y uniformador de los eurócratas. No menos interesante resulta el capítulo destinado a los intelectuales. Resulta doloroso comprobar que un gran número -aunque hay muy honrosas excepciones- de los que, llamándose intelectuales, debían haber abogado por la verdad y la libertad, en su afán de parecer "progresistas" y demostrar su repudio por lo burgués y lo capitalista, se proclamaron antioccidentales y se dedicaron, durante largos años, a elogiar a los países comunistas, a los que, negando la evidencia, calificaron de paraísos de la libertad y de la igualdad. Y lo más grave de esta actitud es la contumacia en el error que la caracteriza. Porque, después de los sucesivos derrumbamientos de las dictaduras de izquierdas, los intelectuales comprometidos con los regímenes socialistas han procurado disimular el desencanto, hurtando las verdaderas causas de los fracasos y, por lo que respecta al momento presente, pretendiendo que la estrepitosa caída del sistema imperante en el Este no significa ni el fracaso ni el fin del socialismo. Según la versión de los intelectuales que quieren seguir demostrando su alejamiento del "podrido capitalismo", el ideal socialista sigue vigente y todavía existe la posibilidad de desarrollar una alternativa que, superando las dificultades coyunturales del pasado, permita llevarlo a la práctica. La pura verdad es que el socialismo no ha fracasado por dificultades coyunturales; el socialismo tiene que fracasar siempre. El socialismo ni funciona ni puede funcionar porque descansa en un error conceptual: el de creer que la cooperación social puede organizarse coactivamente desde las esferas burocráticas. Muchos más comentarios me sugiere el estudio que tengo el gusto de presentar, en especial el capítulo titulado "Ecología: más mercado, menos Estado", por la sorpresa que causará en muchos la solución basada en la privatización del entorno; y también el último, dedicado a la socialdemocracia como nueva forma de corporativismo, en el que se destruye contundentemente el intento de identificar socialismo con democracia. Pero ya dije que prefería que fuera el lector quien fuera descubriendo por sí mismo toda la enjundia del libro. Sólo añadiré que, siendo cierto, como acabo de señalar, que el socialismo no puede funcionar, esto no quiere decir que no pueda perdurar la presencia de los partidos socialistas en el poder. En este sentido, los socialistas son legítimos herederos del comunismo que, si bien ha sido un desastre en casi todos los campos, ha tenido siempre un gran éxito en una cosa: ingenio y tenacidad para aferrarse a su monopoliio de poder. Pienso que esta afirmación es, desgraciadamente, comprobable aquí y ahora; habiendo llegado nuestro gobierno socialista a las más bajas cotas de éxito de gestión, no es aventurado pronosticar que tiene asegurada la continuidad por demasiado largo tiempo porque, gracias a la estrategia de los votos cautivos con los recursos públicos utilizados, inconfesablemente, con fines partidistas, puede seguir ganando elecciones. Salvo -a esto dedican Bernaldo de Quirós y De Diego el capítulo "pensar la derecha"- que se organice una alternativa inspirada en ideas verdaderamente liberales que, como paso previo al acceso al gobierno, sea capaz de ganar pacientemente la sociedad por las mentes. A este propósito me parece acertado haber traído a colación la frase de Raymond Aron "se puede permanecer en el poder sin ideas, pero no se puede recuperar sin ellas". La sociedad española, y sobre todo en sus clases medias, necesita un rearme ideológico que, sacándola del engañoso adormecimiento producido por largas décadas de mentalidad estatista, le haga apostar decididamente por la opción política -en el deseable supuesto de que llegue a organizarse- basada -dicen los autores- en "la oposición crítica y frontal al Estado del Bienestar, la ruptura definitiva con el mito igualitario, el rechazo de los sistemas fiscales opresivos, la liberación de las energías individuales, la exaltación del esfuerzo, el ahorro, la inversión y la competencia". Por mi parte, sólo me queda felicitar a los autores por su acertado trabajo y desear que las ideas contenidas en su ensayo sobre "Nuevos tiempos", sumándose al esfuerzo que en todos los campos venimos realizando los que creemos en el poder creador de la libertad, se difundan profusamente y produzcan abundantes frutos. |
|
© 1998-1999. Rafael Termes |