Uno es liberal porque cree en la libertad del hombre. Es más no se puede no ser liberal si se cree que la naturaleza del hombre es ser libre. La libertad es valiosa por el bien que permite alcanzar. Sin libertad no puede haber bien verdadero. Pero la libertad sólo es verdadera libertad cuando se adhiere a la verdad y al bien; la libre elección del error o del mal es el fracaso de la libertad, al mismo tiempo que la prueba de la existencia de nuestra libertad creatural, completa pero imperfecta. La gran diferencia fáctica entre los defensores del capitalismo y del socialismo está en la distinta percepción de la realidad que unos y otros tienen. Pero el aspecto principal del antagonismo entre socialismo y capitalismo es la oposición frontal que existe en la antropología que anida en uno y otro sistema. Es decir, la distinta idea del hombre que tienen los partidarios de una y otra corriente en relación con la libertad que es la característica esencial y distintiva del hombre, y en cuyo recto ejercicio radica su fundamental dignidad. No hay una ética pública y una ética privada. No hay más que una ética, una moral. Una vez que se ha escogido la ética que corresponde a la antropología, a la idea del hombre, a la que uno se siente vinculado, esta única ética se ha de poner de manifiesto en la vida personal, familiar, social, profesional y política del individuo. Hay que ser ético no sólo aunque no haya premio para ello sino incluso en el supuesto de que la sociedad honre al inmoral y desconsidere al virtuoso. Si yo no me comporto de acuerdo con la moral, puede ser que externamente no me suceda nada malo. Y, tal vez, obtenga beneficio en ello, pero internamente valdré menos. Por contra, si me porto correctamente -conmigo y con mis semejantes- valdré más y -como ya decía Aristóteles- seré feliz, aunque a consecuencia de mi comportamiento moralmente correcto mi vida sea un infortunio.
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© 1998-1999. Rafael Termes |