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LA INGENIERÍA INDUSTRIAL Y EL SECTOR
FINANCIERO
Colaboración para el "Libro Blanco de la Ingeniería", editado por el Consejo General de Colegios Oficiales de Ingenieros Industriales
Diciembre 2001
Cuando decidí estudiar la carrera de Ingeniero Industrial, lo hice siguiendo el consejo de mi padre, que pensaba que, además de ser una carrera de prestigio, porque era difícil, era, a su juicio, la que más convenía para el negocio familiar. En la Escuela, sin perjuicio de la atracción que en mi despertaron las disciplinas matemáticas, me sentí atraído por la organización y dirección de empresas. Cuando, terminada la carrera, los proyectos paternos, por razones que no son del caso, no pudieron llevarse a la práctica, no me incliné por la ingeniería de taller, lo que, en la Barcelona de aquella época, hubiera supuesto intentar, como hicieron tantos de mis compañeros, ingresar en La Maquinista. Opté por las finanzas y participé en actividades bancarias que me condujeron a la incorporación al Banco Popular, del que fui, primero, delegado del Consejo para el Servicio Extranjero, luego Consejero y, finalmente, Consejero Delegado, hasta que, por designación de los grandes bancos y sucesivas elecciones de todos los demás, fui Presidente de la Asociación Española de Banca Privada durante 14 años. El libro "Desde la Banca. Tres décadas de vida económica española", publicado en 1991, da fe de mi actuación en estos campos.
Paralelamente, y prácticamente desde las mismas fechas de mi incorporación al Popular, he sido profesor de Dirección Financiera de la Escuela de Negocios de la Universidad de Navarra, IESE, en cuya fundación participé pocos años después de terminada la carrera. Fruto de esta labor docente ha sido, entre otros trabajos, el Manual de Finanzas "Inversión y coste de capital", editado por McGraw-Hill y del que, hasta ahora, se han hecho tres reimpresiones. Posteriormente, ampliando el campo de mi trabajo, me fui inclinando hacia los aspectos humanos y éticos de la vida, tanto en el terreno personal, como en los ámbitos político, social, económico y empresarial. Testimonios de esta vertiente de mi dedicación son, entre otros, "Desde la libertad" aparecido en 1997 y "Antropología del capitalismo" del que en estos días se publica la segunda edición corregida y aumentada.
Estimo que el mayor o menor éxito cosechado en mi vida profesional, tanto en el ejercicio de la actividad bancaria y docente, como en la apertura a otros campos del saber y del hacer, tengo que atribuirlo no sólo al carácter generalista, polivalente, del perfil de ingeniero industrial, sino al espíritu omnicomprensivo de la formación de que disfruté. En efecto, en el plan de estudios no teníamos asignaturas directamente relacionadas con las finanzas, pero el hecho de que se pretendiera hacer de nosotros conocedores de todo, sin ser especialistas en nada, nos dio una fuerte flexibilidad para abarcar la diversidad de los saberes. Y esta flexibilidad es la que, al tiempo que me adentraba en la práctica de la gestión bancaria y la docencia, pienso que me ha servido para penetrar, por mi cuenta, tanto en la teoría económica, como en la financiera, como en la de las organizaciones, empresariales o no. Creo que también puedo atribuir al carácter dialogante que la formación de ingeniero industrial comporta, el papel que me fue adjudicado como portavoz del sector bancario, durante tantos años, con la misión de coordinar los intereses de las distintas entidades que lo integran y de negociar con gobiernos y sindicatos.
El ejemplo más claro de la idoneidad del ingeniero industrial para adaptarse al polifacético mundo de la empresa, lo hallo en el IESE, escuela dedicada a la formación y perfeccionamiento de empresarios. Dada esta misión, a los profesores del IESE se les exige que, sin merma de la dedicación a la investigación y a la docencia, destinen una parte de su tiempo a asesoramiento de empresas, sea en forma de consultorías aisladas, sea perteneciendo, en forma permanente, a uno o más Consejos de Administración. Pues bien, en un claustro de estas características, de 115 profesores, los ingenieros industriales somos 35, lo que equivale al 30% del total. En cambio el conjunto de todos los ingenieros especialistas -caminos, navales, telecomunicaciones, montes, etc.- no son más que 12.
Pienso que, en el futuro, los ingenieros industriales seguirán desempeñando, en el mundo de la empresa, el mismo papel directriz que han desempeñado hasta ahora, si las Escuelas siguen fieles al modelo generalista que, gracias al énfasis puesto, sobre todo en las últimas décadas, en la gestión y en todo lo relacionado con la economía y la dirección de empresas, constituye un modelo adecuado para la formación de hombres para el liderazgo. Si bien los avances tecnológicos en el campo de la información y las comunicaciones parecen inclinar a muchos estudiantes a elegir la carrera de Ingenieros de Telecomunicaciones, mi opinión es que el ingeniero industrial, precisamente por su perfil generalista, es el mejor preparado para captar el rápidamente cambiante proceso innovador que afecta al núcleo de lo que se ha venido en llamar nueva economía. Y no sólo captarlo, sino asumirlo e implantarlo en las empresas nuevas y en las de siempre, no como fin sino como medio para la mejora de la eficiencia y la productividad que conducen a la excelencia necesaria para competir en el ámbito de una economía globalizada.
Porque, a mi juicio, superado el trauma producido por los atentados terroristas del 11 de septiembre, en pleno vigor cuando escribo estas líneas, la globalización tendrá que seguir avanzando para el bien de todos los países. Siendo así que, para que la globalización llegue plenamente a los países en desarrollo, serán necesarias inversiones en planta y equipo para la producción de bienes, en especial exportables, y será necesario gestionar esta producción industrial, resulta evidente que los ingenieros industriales estarán llamados a integrarse en las transnacionales que aborden estos proyectos y, en muchos casos, serán ellos quienes tendrán que dirigirlos.
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