EL PAPEL POLIFACÉTICO DEL INGENIERO INDUSTRIAL EN LA SOCIEDAD ACTUAL
Acto de inauguración de las celebraciones del Sesquicentenario de la carrera de Ingeniero Industrial Colegio Oficial de Ingenieros Industriales de Cantabria Santander, 18 de noviembre de 2000


Agradezco al Colegio Oficial de Ingenieros de Cantabria la invitación a participar en el Acto Inaugural de las Celebraciones organizadas para conmemorar el Sesquicentenario de los estudios de Ingeniería Industrial y el Cincuentenario de la fundación del Colegio, pronunciando una conferencia.

Para corresponder a esta distinción que tanto me honra, intentaré aportar algunas reflexiones sobre el papel polifacético del Ingeniero Industrial en la sociedad española. Pero antes quiero manifestar mi especial gratitud al Consejo General de Colegios Oficiales de Ingenieros Industriales y a los diversos Colegios y Asociaciones que me han permitido acceder a la información que me ha servido para hilvanar mis palabras.

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El 4 de septiembre de 1850, la Reina Isabel II firmaba el Real Decreto por el que se creaban las escuelas industriales, con el refrendo de Manuel de Seijas Lozano, Ministro de Comercio, Instrucción y Obras Públicas, que había sido el gestor de la reorganización general de la instrucción pública para, según declara en el preámbulo, "ponerla en armonía con las necesidades del siglo". La finalidad, como el propio Seijas afirmaba, era que, en los nuevos establecimientos, "los que se dedican a las carreras industriales pudiesen hallar toda la instrucción que han menester para sobresalir en las artes o llegar a ser perfectos químicos y hábiles mecánicos. De esta suerte, dice, se abrirán nuevos caminos a la juventud ansiosa de enseñanza; y apartándola del estudio de las facultades superiores a que afluye hoy en excesivo número, se dedicará a las ciencias de aplicación y a profesiones para las cuales hay que buscar en las naciones extranjeras personas que sepan ejercerlas con todo el lleno de conocimientos que exigen." El hecho es que para la industrialización del país no era adecuada la ingeniería militar, ni eran suficientes la Escuela de Caminos, Canales y Puertos, creada en 1802, cerrada en 1814 y reabierta en 1824, ni las de Minas y de Montes, ambas de 1835, destinadas todas ellas a preparar especialistas para su incorporación, como funcionarios, a la Administración del Estado. A mitad del siglo XIX, se necesitaban "perfectos químicos y hábiles mecánicos" al servicio de la sociedad civil.

La decisión de 1850 tenía sus antecedentes. Los principales eran el Real Conservatorio de Artes de Madrid, las escuelas de la Junta de Comercio de Barcelona y el Seminario Patriótico de Vergara. Las tres entidades habían surgido porque, según se lee en documentos de la época, "las viejas instituciones educativas, incapaces de derribar los muros de separación que el orgullo literario levantó entre los hombres que estudian y los que trabajan", no valían para enseñar las nuevas ciencias útiles, cuyo cultivo había de ser fuente de regeneración del país. El Real Conservatorio de Artes de Madrid, cuya andadura había comenzado en 1824, era fruto de la decisión oficial, mientras que las escuelas gratuitas de la Junta de Comercio de Barcelona, que databan de 1769, así como el Seminario Patriótico de Vergara (1774), eran debidas al impulso de la burguesía agraria y comercial que había empezado a mostrar su interés por la educación industrial.

De acuerdo con las intenciones expuestas en el preámbulo del Decreto de 1850, "no se trataba de crear de pronto escuelas industriales de grandes dimensiones, sino principiar a formarlas e irlas organizando bajo un plan meditado y que conduzca progresivamente a su definitivo y perfecto establecimiento. A tenor del Título Primero, la Enseñanza industrial debía ser de tres clases: elemental, de ampliación y superior. La enseñanza elemental, reza el artículo 2º, se dará en los Institutos de primera clase donde convenga y existan medios para sostenerla. La enseñanza de ampliación se dará, por ahora, en Barcelona, Sevilla y Vergara. La enseñanza superior se dará sólo en Madrid. Estas tres enseñanzas se organizarán de modo que los alumnos de la elemental puedan pasar a la de ampliación y los de ésta a la superior. La enseñanza elemental debía comprender un curso preparatorio y tres años de carrera. La enseñanza en las escuelas de ampliación, a la que se accedía tras haber aprobado por lo menos los dos primeros años de la elemental, duraría otros tres años. Para ser admitido a la enseñanza superior se necesitaba haber aprobado los tres años de la enseñanza de ampliación. Su duración sería de dos años y tendría dos clases de alumnos: mecánicos y químicos.

Se trataba de un arranque cargado de provisionalidad; habrá que esperar hasta el Plan Orgánico promulgado por Francisco de Luxán en 1855, en pleno bienio progresista, para que la carrera quede más definida. Los preámbulos de los decretos expresaban con claridad los objetivos que se perseguían al crear la profesión: "extender los conocimientos que sustituyan la ciencia a los procedimientos vulgares y las aplicaciones más ingeniosas y las teorías más fecundas a las prácticas envejecidas de una ciega rutina, o a las jactanciosas pretensiones de un vano empirismo". Parecía, pues, que el plan de escuelas industriales de 1855 constituía una apuesta firme, por parte de los grupos que en ese momento detentaban el poder político del Estado, para asentar sólidamente, científicamente, la industrialización española.

Al amparo de este plan y de la Ley Moyano de 1857, que elevó las escuelas de ampliación a la categoría de superiores, llegaron a existir seis Escuelas Superiores de Ingenieros Industriales: el Real Instituto Industrial de Madrid, que era el viejo Conservatorio de Artes, rebautizado, y las Escuelas de Barcelona, Sevilla, Vergara, Gijón y Valencia. Sin embargo, la mayoría de ellas iban a tener una vida efímera. En efecto; la bonanza económica del cuatrienio 1853-1856 dió paso a la crisis económica de 1857, que suscitó problemas de financiación en todos los centros, de forma que la Escuela de Gijón y la de Vergara fueron suprimidas en 1860, la de Valencia cerró en 1865 y la de Sevilla en 1866. Finalmente, el Real Instituto Industrial de Madrid, buque insignia de las flamantes escuelas industriales, desapareció en 1867. Fue, sin duda, un fracaso del Estado porque sólo sobrevivió la Escuela de Barcelona, gracias a que las instituciones locales suplieron la función estatal. La Real Orden de 16 de agosto de 1866 contiene los términos del acuerdo tripartito, Estado-Diputación-Ayuntamiento, que garantizará el sostenimiento económico de la Escuela de Barcelona hasta 1917, año en el que, tras un conflicto que enfrentó a la Escuela con la Diputación, la Escuela pasó a depender únicamente del Estado.

Como afirma el Dr. Ingeniero Industrial Guillermo Luza, en un trabajo de 1997, esta inhibición del Estado no sólo en lo que se refiere a las enseñanzas industriales, sino al proceso de industrialización en su conjunto, es uno de los factores que explican el descuelgue de España de ese proceso que había iniciado bien tempranamente. España seguirá siendo un país predominantemente agrario hasta bien entrado el siglo XX. Pero, aunque deba hablarse del fracaso de la revolución industrial en España durante el siglo XIX, en Cataluña se produce un avance sostenido de industrialización, basado en el sector textil, que permitirá a esta región ser ya en 1914 una sociedad plenamente industrializada. El hecho de que la única Escuela industrial no estuviese en la capital del reino fue una consecuencia de esa diferenciación entre la capital política y la capital industrial, que tanto contribuirá a acentuar las dificultades de la industrialización de España durante el siglo XIX. Así que entre 1867 y 1899, año en que empezó a funcionar la Escuela de Bilbao, la Escuela de Ingenieros Industriales de Barcelona fue la única responsable de proporcionar a Cataluña y a España los técnicos superiores que la industrialización del país requirió en ese dilatado período de nuestra historia.

Restablecida en 1901 la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid, llegamos a la situación, que muchos hemos conocido, de sólo tres establecimientos: Madrid, Barcelona y Bilbao. Hoy son 33 las Escuelas de Ingenieros Industriales de las que proceden los 30 mil titulados que, organizados y representados por los 18 Colegios repartidos a lo ancho de toda nuestra geografía, prestan al país un servicio que ha sido, es y será imprescindible para el progreso y bienestar de España.

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Con motivo de la inauguración de los actos organizados para la celebración del 150 aniversario de la creación de nuestra carrera, Angel Llobet, presidente del Consejo General de Colegios Oficiales de Ingenieros Industriales, ha afirmado que la ingeniería industrial no tiene paro. Este hecho, además de ser satisfactorio para todos los que componen la profesión, es una prueba de la aceptación del ingeniero industrial por parte de las empresas y de la sociedad en general. En efecto; las estadísticas dicen que, en el ámbito empresarial, de cada 100 ingenieros superiores empleados, 57 son ingenieros industriales. Por lo que respecta al Sector Público, en la Administración Central, los ingenieros industriales representan el 51 por ciento de los ingenieros superiores; en las Administraciones Territoriales la proporción se eleva al 85 por ciento y en las Locales se mantiene alrededor del 43 por ciento.

Tal grado de aceptación demuestra que la formación que las Escuelas Superiores de Ingenieros Industriales imparten corresponde a lo que el mercado demanda. Y esta formación ha sido, es y, a mi juicio, deberá seguir siendo, generalista, polifacética. Es verdad que en sus orígenes, el propósito de impulsar el proceso de industrialización del país y las características del momento hicieron que los estudios de la carrera se centraran en la mecánica y la química, hasta el punto que nuestros primeros colegas ostentaban el título de Ingeniero Mecánico o de Ingeniero Químico, aunque algunos reunieran los dos. Pero con el paso del tiempo, los estudios se fueron ampliando y, hoy, el ingeniero industrial está altamente capacitado para dirigir, proyectar, gestionar, organizar, controlar, investigar, aplicar, innovar e impartir docencia en automática, diseño de productos y sistemas, mecánica, química, energías renovables, electrónica, electrotecnia, estructuras y construcciones industriales, fabricación, fluidotecnia, gestión y dirección de empresas, informática, logística, materiales, medio ambiente, termoenergética, transportes, movilidad y vehículos.

Pero lo que importa no es destacar la extensión de materias que cubre el Plan de Estudios de nuestra carrera, ya que su diversidad podría simplemente traducirse en el aumento de las especialidades, sino poner de relieve el espíritu omnicomprensivo, enciclopédico -por decirlo con palabras de Esteban Terradas- con que en la formación del ingeniero industrial se abordan la diversidad de saberes. "Un verdadero técnico superior -decía aquel eminente ingeniero industrial- debe abarcar la generalidad de las cosas. Su misión es sobre todo directriz, coordinadora. Debe estar por encima de la subdivisión de las especialidades, dotado para las grandes ideas, para las grandes concepciones. No debe esterilizarse en las pequeñeces, ni sentirse restringido por una limitación excesiva en su jurisdicción profesional". Y esto, añado yo, es lo que ha logrado la corriente que, frente a otras opiniones, ha prevalecido en la práctica totalidad de nuestras Escuelas que, gracias al énfasis puesto en la gestión y en todo lo relacionado con la economía y la dirección de empresas, pueden enorgullecerse de formar hombres para el liderazgo.

Que este enfoque es acertado lo prueba no sólo la fácil colocación de los recién titulados, demostrando la alta valoración que de ellos hacen las empresas, sino los resultados de las encuestas realizadas al objeto de averiguar el perfil de los ingenieros industriales demandado por los sectores empleadores. En la llevada a cabo por Metra Seis, por encargo de la escuela de Madrid, ante el dilema Ingeniero Generalista Polivalente frente a Ingeniero Especialista, las respuestas de las empresas decantaron una clara preferencia en favor del primero de estos perfiles; sólo el 27% se pronunció en favor de los Ingenieros Especialistas. Y, como era de esperar, las Administraciones Públicas, tanto al nivel Central como Autonómico y Local, prefieren el ingeniero polivalente frente al especializado. Las áreas de conocimiento que los encuestados consideran básicas para nutrir el perfil del ingeniero generalista son la Economía, la Dirección de Empresas, la Informática y los Idiomas; detrás vienen las restantes disciplinas del actual plan de estudios.

De la encuesta se deduce que las empresas parecen muy conscientes de la necesidad de acometer un serio esfuerzo de desarrollo tecnológico, sobre todo en las áreas más directamente relacionadas con la mejora de la productividad. Y no cabe duda que, entre ellas, hoy ocupan un lugar preferente las tecnologías de la información y de la comunicación, que constituyen el núcleo de lo que se ha venido en llamar la nueva economía. Pues bien, mi opinión, que estimo ampliamente compartida, es que el ingeniero generalista, cual es el ingeniero industrial, es el mejor preparado para captar el rápidamente cambiante proceso innovador, asumirlo e implantarlo. Sin obstáculo, desde luego, del esfuerzo que deben realizar, y ya están realizando, las Escuelas para que el ingeniero industrial esté altamente calificado en el campo de las nuevas tecnologías. Esta es la razón por la cual el Dr. Pere Guitart, Presidente de la Federación de Asociaciones de Ingenieros Industriales de España, ha podido recientemente decir que los ingenieros industriales no han de tener miedo a los ingenieros de telecomunicaciones. A mi entender, la solidez de esta afirmación descansa precisamente en el hecho de que mientras el segundo no pasa de ser un ingeniero especialista, el primero, por su condición de generalista, es capaz de entender y asumir el papel que las telecomunicaciones, y, singularmente, las que descansan en Internet, están destinadas a tener, no como fin sino como medio, en las empresas de siempre.

La formación generalista del ingeniero industrial y, por ende, su preparación para captar y desarrollar los múltiples aspectos de la pluriforme realidad que nos envuelve, hace que podamos encontrar ingenieros industriales en los más diversos campos de actividad, incluidos aquellos que parecen más alejados de lo que, en una visión menos amplia, cabría calificar como el menester propio del ingeniero. Así uno de nuestros colegas, Enrique Freixa i Pedrals, catedrático que fue de la Escuela de Barcelona, en una conferencia pronunciada en 1981, pudo decir mirando hacia atrás, que es motivo de reflexión el hecho de que un número relativamente grande de ingenieros industriales hayan destacado en campos que no pertenecen propiamente al de la ingeniería. Y, si bien aludía a la explicación derivada de la formación generalista, aportaba una razón sociológica, que comparto por haberla experimentado en mi propia trayectoria. Aunque las matemáticas se me daban bien, mi vocación al terminar el bachillerato iba más bien hacia las humanidades. Pero mi padre quiso que fuera ingeniero industrial porque pensaba, como todos los padres de aquella época, que era la carrera más difícil que se podía estudiar en Barcelona, la de más prestigio. Como en Madrid, precisaba el Doctor Freixa, debía de pasar con la carrera de Ingenieros de Caminos que es la que cursaron, por ejemplo, Torres Quevedo, Ministro de Hacienda y José Echegaray, Premio Nobel de Literatura.

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En cualquier caso, es larga la lista de los ingenieros industriales que, desde la creación de la carrera, han destacado en actividades distantes de lo que corrientemente se espera de un ingeniero, sin, por ello, dejar de ser ingenieros. Voy a citar algunos de ellos, prácticamente todos desaparecidos del mundo de los vivos, y al hacerlo quisiera rendir homenaje, en sus ilustres personas, a todos los que a lo largo de estos 150 años han ostentado el título con el que nos enorgullecemos.

Para empezar, la nómina de políticos es larga. Sin pretender ser exhaustivo nombraré a Carlos Pi Sunyer, Alcalde de Barcelona; José María de Areilza, Conde de Motrico, Alcalde de Bilbao, varias veces Embajador de España, y Ministro de Asuntos Exteriores, amén de prolífico escritor, con una prosa que ha podido ser comparada con la de José María Pemán; Rafael Campalans, concejal del Ayuntamiento de Barcelona, Diputado de las Cortes Constituyentes de la II República, y ponente del Primer Estatuto de Autonomía de Cataluña; Pilar Careaga, primera mujer ingeniero de España, fue Diputada Provincial de Vizcaya, Procuradora en Cortes y Alcaldesa de Bilbao; Enrique García Ramal, Ministro de Relaciones Sindicales, Presidente del Consejo de Economía Nacional y Consejero de Estado; y Juan Usabiaga, Ministro de Agricultura, Industria y Comercio, es coautor del decreto de 18 de septiembre de 1935 sobre Atribuciones de los Ingenieros Industriales.

Todos estos ingenieros, al margen de la política, destacaron en otros menesteres. Unos fueron académicos o catedráticos, otros escritores o periodistas, otros empresarios, y la mayoría de ellos ejercieron, en una forma u otra, la profesión de ingeniero. Pero esto es lo que sucede con todos aquellos que a continuación voy a citar, aunque, para destacar lo diverso los catalogue sólo como representantes de una determinada actividad. Tal es, desde luego, el caso de Julio Arteche, el único banquero que nombraré, porque su figura emblemática, durante 20 años en la Presidencia del Banco de Bilbao, constituye el prototipo del banquero emprendedor. En la recuperación industrial de la España de la posguerra, no cabe olvidar el papel desempeñado por este singular ingeniero que abandonó la carrera, cuando le faltaban sólo tres asignaturas, para empezar su periplo de capitán de empresas, pero no quiso dejar de obtener el título, cosa que logró, entre aplausos del tribunal de la Escuela de Bilbao, cuando tenía ya 78 años.

Hablando de ingenieros empresarios, no es posible olvidar a José María de Oriol y Urquijo, catalizador del proyecto Talgo, figura de excepción en el sector eléctrico español y destacado representante de la ingeniería española desde las presidencias del Consejo Superior de Colegios y de la Asociación Nacional de Ingenieros Industriales y primer presidente por elección del Instituto de Ingenieros Civiles de España; ni olvidar tampoco a José Tartiere que, aun siendo bilbaíno, dedicó su vida a la industrialización de Asturias, creando y dirigiendo innumerables empresas, de forma que se ha podido decir que fue el hombre más importante del Principado, después de Jovellanos. Aunque el rey Alfonso XIII le hizo Conde de Santa Bárbara de Lugones, nuestro hombre, que pasaba de glorias efímeras, se atrevió a decir que "un título nobiliario vale menos que un kilómetro de ferrocarril". Citado como ha sido el ferrocarril, parece forzoso traer a colación al ingeniero Carlos Montañés quien, a principios de siglo, en relación con el canadiense Pearson, intervino en diversos proyectos de electrificación y líneas férreas; así como a Narcís Xifra, verdadero pionero de la ingeniería electrotécnica catalana y española, instalador de las primeras dínamos Gramme en España y realizador de las iniciales experiencias en telefonía.

No quiero cerrar este apartado dedicado a ingenieros capitanes de empresa sin nombrar, máxime hablando en Santander, a un prestigioso cántabro: Manuel Gutiérrez-Cortines y Colomer, ingeniero desde 1925, fecha en la que empieza su carrera profesional en Standard Eléctrica. Consejero Director Gerente de Electra del Viesgo desde 1941 hasta su muerte, fue durante 40 años el motor del espectacular desarrollo de la empresa, actuando como Consejero en todas las Sociedades que contribuían, tanto en generación como en distribución, al suministro de la energía eléctrica en su zona de influencia. El conocimiento de la demanda de energía, de los costos de los diferentes sistemas de generación, así como de sus posibilidades prácticas y de la previsible evolución del mercado energético, unido a su claro entendimiento, le inclinaron a apostar por la energía nuclear, como la de mayor futuro. A él se debe la creación de Nuclenor y la construcción de la primera Central Nuclear española, la de Santa María de Garoña. Las actividades de Gutiérrez-Cortines derivadas de su apuesta por la energía nuclear fueron impresionantes, convirtiéndose en una figura internacional en la materia. Sólo diré que fue fundador y Presidente del Forum Atómico Español, Vicepresidente de la Empresa Nacional de Uranio y miembro del Consejo de Dirección del Forum Atómico Europeo. Gutiérrez-Cortines fue un hombre de inagotable capacidad de trabajo; sólo así se explica que, a pesar de sus tremendas responsabilidades profesionales, llevado de su preocupación por las cosas de su tierra, pudiera integrarse en la vida social de Cantabria, fundando, por citar algunos ejemplos, el Patronato de Estudios Montañeses y aceptando la Presidencia del Patronato de la Universidad de Cantabria. Fue Decano del Colegio de Ingenieros Industriales de Cantabria y, en representación del mismo, perteneció al Consejo Superior de Colegios de Ingenieros Industriales. Este ilustre miembro de la ingeniería industrial cántabra mereció la Gran Cruz del Mérito Civil y la Legión de Honor francesa.

En el campo de la investigación, el lugar preeminente corresponde a José Antonio de Artigas, catedrático de Estadística, Director, en diversas ocasiones, de la Escuela de Madrid y Doctor Honoris Causa por la Universidad de París, quien, desde su Instituto de Ampliación de Estudios e Investigación, vierte su afán investigador en la luminiscencia, la óptica, el vidrio científico y la metrología, aunque las humanidades también le apasionaran. De todos los puestos que ocupó y de los honores que recibió, sólo citaré que, desde 1949 hasta su muerte, fue miembro numerario de la Real Academia de Ciencias donde ingresó con un discurso titulado "Ciencia estadística y genio hispánico" que bien refleja su personalidad. Aunque como todo hombre de valía, tuvo fervientes partidarios y acérrimos detractores, Artigas, como afirma Alzugaray en su semblanza, es, aún hoy, honra y prez de la Ingeniería Industrial.

El hilo del discurso me lleva desde el aragonés Artigas al catalán Pedro Puig Adam quien, prendado de la investigación matemática, abandona la empezada carrera de ingeniero para licenciarse primero y doctorarse después en Ciencias Exactas con una tesis sobre "La resolución de algunos problemas elementales de Mecánica relativista restringida". Su clara vocación a la enseñanza le lleva a explicar Matemáticas donde sea: en el Instituto, en la Facultad de Ciencias, en la Escuela de Aeronáuticos y, terminada en 1931 la carrera de ingeniero industrial, en la Escuela de Madrid, donde, por cierto, S.M. el Rey Don Juan Carlos, no hace muchos años, inauguró en su honor una Cátedra que lleva su nombre. Elegido miembro de la Real Academia de Ciencias, ocupó la vacante de su entrañable amigo y paisano Esteban Torradas, de quien enseguida me ocuparé. De todos los ingenieros que estoy recordando, Pedro Puig Adam, en su corta vida -murió a los 60 años- es, tal vez, el más polifacético: pedagogo, escritor y conferenciante, escribe poesía, toca el piano y el armonio, compone piezas musicales, pinta cuadros. Es como un personaje del Renacimiento, de una profunda religiosidad, que se trasluce en esta frase suya: "Dáme, Señor, fortaleza con qué afrontar los nuevos deberes y déjame transferir los honores, que por entero te pertenecen, a todos los seres de quienes tu infinita Bondad me ha rodeado".

Cumpliendo lo que anuncié, paso a Esteban Terradas, otro monstruo del amplio saber: a los 35 años es doctor en ciencias físicas, doctor en ciencias exactas, ingeniero industrial e ingeniero de caminos; esta última carrera aprobada en las convocatorias de junio y septiembre de 1918, para superar el obstáculo legal que, por no ser ingeniero de caminos, le impedía desarrollar el proyecto de la red de ferrocarriles secundarios de Cataluña. Explica en Barcelona, en Madrid, en Buenos Aires, en Montevideo, en Santiago de Chile, en Lima, en Toulouse, ostentando el Doctorado Honoris Causa de algunas de estas Universidades extranjeras. Pero no deja de ser ingeniero; a él se debe el Metro de Barcelona y la impulsión de la Red Telefónica Nacional desde la Dirección de la Compañía. Poseedor de cuatro carreras y varios idiomas, extraordinario humanista, competente filólogo, lector incansable, universalista, inquieto, andariego, con una insaciable curiosidad intelectual y ocupaciones cambiantes, Terradas tenía una personalidad desbordante. Le encantaban las personas con formación multidisciplinar y ya hemos citado, al empezar estas reflexiones, sus ideas sobre la formación enciclopédica del técnico superior. Fue miembro numerario de la Real Academia de Ciencias y de la Real Academia Española. En el ingreso de la primera le contestó Rey Pastor y en el de la segunda, Gregorio Marañón. A tal señor, tal honor.

Paso ahora a otro excepcional docente: Francisco de Paula Rojas que pertenece a la primera promoción de ingenieros industriales, puesto que obtuvo el título de la recién creada carrera en 1856, en el Real Instituto Industrial de Madrid. Pionero de la ingeniería industrial, su vocación fue la docencia y su pasión la electricidad, de la que fue el más fecundo y activo propagandista en la España de su tiempo. Prolífico autor de libros y escritos de divulgación científica, accedió a la Real Academia de Ciencias con un discurso sobre "Algunas reflexiones sobre la unidad de las fuerzas físicas" que contestó José Echegaray, quien, desde la Presidencia de la Academia, al morir Rojas, quiso hacer su elogio, poniendo de manifiesto que en su obra "Teoría matemática de las máquinas magneto eléctricas y dínamo-eléctricas", Rojas se había adelantado a todos los físicos de su tiempo, "siendo digno de admirar el método, la seguridad, el rigor y la claridad vivísima que en dicha obra resplandece".

Le toca ahora el turno a un ingeniero inventor: Francisco Mirapeix Pagés, de la Escuela de Ingenieros Industriales de Barcelona, que desarrolló prácticamente toda su vida profesional en Cantabria, proyectando y construyendo más de dos mil máquinas hidráulicas, algunas de las cuales siguen todavía en servicio en la Montaña y en Castilla. En el libro "Motores e instalaciones industriales" de José de Igual, ingeniero industrial, profesor de Motores en la Escuela de Madrid, segunda edición publicada en 1921, con prólogo de Leonardo Torres Quevedo, el autor cita a Mirapeix, profesor de la Escuela de Santander, como uno de los dos más prestigiosos "turbinistas" españoles, añadiendo que tiene patentada una disposición de aletas que reduce los torbellinos y movimientos irregulares, lo que asegura un elevado rendimiento, sobre todo si, como sostiene Mirapeix, "cada turbina se proyecta de acuerdo con las características del salto a que se destine, huyendo de la construcción en serie, a que tanto se inclinan los americanos". En otro apartado del mismo libro, se describe el "regulador neumático Mirapeix", para los saltos que trabajan con aspiración, cubierto por la patente de inversión número 31.205. Este regulador de velocidad, se fabricaba en Talleres San Martín de Santander, entidad que en los años de 1906 a 1908 aporta testimonios, entre otros, de La Electra de Pradoluengo (Burgos), afirmando que "el regulador obedece con perfección, sobre todo en los cambios bruscos de carga"; y de Hidro-Eléctrica del Cardiel, certificando que "la patente del señor Mirapeix ha resultado de perfecta eficacia para nuestro objeto de protección contra embalamientos peligrosos". Me alegra reproducir estos elogios en honor de nuestro ilustre compañero.

En el mundo de la urbanística no podían faltar los ingenieros industriales. Citaré a dos: José Roura y Estrada y José María Otamendi. El primero es el más antiguo de todos los que hoy recordamos ya que, nacido en 1797, en 1826 era ya catedrático de la Escuela de Química de la Junta de Comercio, antecedente de la nueva Escuela Superior de Ingenieros Industriales de Barcelona, de la que fue el primer director. Roura introdujo la iluminación por gas primero en Barcelona y luego en Madrid. El otro, Otamendi Machinbarrena, con su hermano Julián, Arquitecto, en 1918 funda la Urbanizadora Metropolitana y desde esta plataforma y la Inmobiliaria Metropolitana, ambas presididas y dirigidas por José María hasta su muerte, los Otamendi hacen un nuevo Madrid. Urbanizan terrenos, levantan edificaciones, abren la arteria de Reina Victoria hacia la Moncloa y construyen el primer gran estadio deportivo de Madrid. De ellos son los dos primeros rascacielos de Madrid: el edificio España y la Torre de Madrid que, en su época, fue el mayor edificio español destinado a locales comerciales.

Quisiera ahora entrar en aquellos campos todavía más atípicos para los ingenieros. Y el primero de ellos es el de la filología. Antonio Colino, primer catedrático de Electrónica de la Escuela de Madrid, que lo fue todo en Marconi, fundó con Terradas el Instituto de Electrónica, presidió el Centro de Investigaciones "Leonardo Torres Quevedo", promocionó, con Otero Navascués, la energía nuclear, logrando que se creara la Cátedra de Ingeniería Nuclear en la Escuela de Madrid, ha sido, sin merma de lo que antecede, un hombre preocupado por el lenguaje científico y tecnológico, tan poblado de extranjerismos, y ha destinado tiempo a estudiar los neologismos en electricidad, lo que le llevó a dedicar a "Ciencia y lenguaje" su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua Española.

Pero en este campo de la filología, la palma, sin duda, hay que otorgarla a Pompeu Fabra quien, propiamente hablando, no ejerció nunca la carrera de ingeniero. La empezó en 1886, después de haber superado tres cursos en la Facultad de Ciencias, y obtuvo el título de ingeniero industrial en 1890. Pero la preocupación de Fabra, desde que tenía 15 años, era fijar la lengua catalana que se hallaba en pleno desorden, ya que cada cual escribía como le parecía, sin reglas ortográficas ni normas morfológicas. Para ganarse la vida, cosa que no le resultó fácil, continuó dando clases de matemáticas, materia que desde niño se le dio bien, y ganó por oposición la Cátedra de Química de la Escuela de Bilbao, recién creada. Su tarea filológica no fue sencilla, puesto que, si bien el entorno "modernista" en que vivió le era favorable, tuvo que trabajar apenas sin antecedentes, tomando notas de como la gente hablaba, sobre todo en sus excursiones a la montaña, a la que era muy aficionado; y, por otra parte, sufrió la persecución de los escritores antiguos que no aceptaban su pretendida intromisión. A pesar de todo triunfó y tras la publicación de otras obras preliminares sobre gramática catalana, la aparición en 1932 del "Diccionari General de la Llengua Catalana" culminó su obra. A partir de aquella fecha el catalán pasó a ser una lengua moderna y culta. La muerte le sorprendió trabajando en una nueva "Gramática Catalana" que fue publicado por su discípulo Juan Coromines en 1956. ¿Qué tiene que ver todo esto con la condición de ingeniero? El catedrático de la Universidad de Valencia, Manuel Sanchis Guarner, lo explica: "Fue una suerte que Pompeu Fabra fuera ingeniero, porque esto le permitió estudiar la lengua con espíritu científico, cosa que habría resultado difícil a una persona proviniente del campo de las letras, por el peligro de considerar la lengua como un fin y no como una herramienta o medio de expresión del pensamiento, como hizo el Maestro Fabra".

De la filología paso a la edición de periódicos. Aquí el personaje es Carlos Godó y Valls, ingeniero por Barcelona de la promoción de 1922. Obtenido el título, se dedica a lo suyo, que es el periodismo, cogiendo la antorcha de su padre Ramón Godó, para ponerse al frente de "La Vanguardia", periódico fundado en 1881 por los hermanos Godó y Pié, y del que Carlos fue el alma durante más de 50 años. Carlos Godó tuvo importante protagonismo en el desarrollo de la prensa catalana, con multitud de cabeceras, pero además de participar en varias actividades empresariales, desempeñó un importante papel en el mundo del deporte. Baste recordar el Real Club de Tenis de Barcelona y el trofeo internacional Conde de Godó.

Para que no falte nada en este elenco de actividades dispersas, quiero citar a un historiador, Miguel Coll Alentorn, doctor ingeniero por la Escuela de Barcelona que se especializó en historia medieval de Cataluña y también fue político, habiendo ocupado la Presidencia del Parlamento de Cataluña. Así como a un dibujante y caricaturista, Cayetano Cornet y Palau, Catedrático de la Escuela de Barcelona, que tuvo gran éxito por sus colaboraciones en la prensa para gente pequeña y no tan pequeña. Y finalmente un poeta, Damas Calvet, Catedrático de Química en la Escuela de Barcelona, importante colaborador de Narciso Monturiol en la construcción de los ictíneos, que ayudó a Pompeu Fabra, proporcionándole, para lo que valieran, las viejas gramáticas de catalán. Poeta y dramaturgo romántico, con una extensa obra, miembro de la Academia de Bones Lletres, Calvet participó en los Juegos Florales de Barcelona desde el año 1859, y en 1878 fue proclamado Maestro en "Gai saber".

Con particular agrado saco ahora a relucir a un ingeniero montañero, más, maestro y guía de montañeros: José Antonio Odriozola Calvo, "Toño" para sus amigos de Liébana, porque aunque Odriozola era cántabro de origen, nacido en Santander, fue de hecho lebaniego, ya que su madre era de Espinama y él casó con Araceli Alonso de Cosgaya. Como doctor ingeniero industrial, especializado en química, fue director de la empresa Abonos del Sureste, del grupo Explosivos Río Tinto, donde desempeñó su cometido con creativo espíritu innovador. Pero su verdadera vocación era el montañismo. Había realizado ascensiones y recorridos por las más características montañas del mundo, pero "su montaña", que conocía como nadie, eran los Picos de Europa. Su cartografía y toponimia de los tres macizos son todavía hoy la mejor guía para los que se adentran en sus fragosidades. Proyectista y promotor del Teleférico de Fuente Dé, ese cable por el que ascendemos al macizo central, publicó numerosos libros de montaña, tres de ellos sobre el mítico Naranjo que, tras las huellas del Marqués de Pidal y el "Cainejo", tantas veces escaló. Fue director de la Revista "Peñalara", Presidente durante diez años de la "Federación Española de Montañismo" y Vicepresidente de la Unión Internacional de Asociaciones de Alpinismo. Miembro de la Real Sociedad Geográfica Española, Medalla de Plata al Mérito Turístico y Montañés del Año (1978) por el Ateneo de Santander, Odriozola pensaba retirarse de su trabajo profesional, para dedicarse de lleno a la montaña, recopilando tantos datos como tenía recogidos, tal vez pensando, como Sócrates, que tarde es empezar a vivir cuando la vida se va. Sin embargo, no tenía más que 61 años cuando, tres meses antes de la fecha que había elegido para su retiro, falleció en un accidente de tráfico en un viaje por carretera de carácter empresarial. Yo no conocí a Odriozola, pero se me ha hecho familiar gracias a que, en un libro editado en su homenaje, Eduardo García de Enterría, otro lebaniego ilustre, éste en el campo del Derecho Administrativo, describe la travesía de tres días que, en 1986, hizo con Toño, desde Covadonga a Peña Subiedes, y que yo también realicé dos años después, siguiendo la ruta por la que huyeron los Sarracenos vencidos por Don Pelayo, según describió, en su día, Claudio Sánchez Albornoz.

No puedo terminar estas reflexiones sin antes ocuparme de los Ingenieros ingenieros. Y para hacerlo recurriré a la cantera de La Maquinista Terrestre y Marítima, que, al igual que sucedió aquí en Cantabria con Electra del Viesgo, fue la forja de los ingenieros industriales de Cataluña, ya que en La Maquinista, a lo largo de muchos años, hicieron sus primeras armas los recién salidos de la Escuela y algunos de ellos desarrollaron allí toda su vida profesional. Elegiré, pues, dos Ingenieros de La Maquinista. El primero es José Serrat y Bonastre, Ingeniero Mecánico e Ingeniero Químico, entrado en la compañía en 1891 y retirado en 1935, con breves escapadas para cometidos que no le apartaban de la "casa". Fue Catedrático de Construcción de Máquinas en la Escuela de Bilbao y Subdirector de la misma, durante dos años. En La Maquinista entró como "Ingeniero Calculista de construcciones mecánicas", pasó a Ingeniero Jefe, ascendió a Subdirector y finalmente a Director Técnico. Suprimida esta plaza, fue nombrado Ingeniero Consultor, condición en la que fue llamado con frecuencia por la dirección de La Maquinista. A pesar de que este curriculum no puede calificarse de excesivamente brillante, Serrat y Bonastre gozó siempre de un enorme prestigio técnico, como lo prueba que fuera elegido para presidir la Asociación de Ingenieros Industriales de Cataluña en 1908, cuando ni siquiera era Subdirector, sino un simple ingeniero asalariado de La Maquinista, y, poco tiempo después, fue nombrado Presidente, para el bienio 1924-26, de la Real Academia de Ciencias y Artes, con sede en Barcelona. Después de su separación de La Maquinista actuó como consultor de empresas privadas, tradujo, sobre todo del alemán, literatura técnica y publicó abundante obra, entre la que destaca "Tecnología mecánica". El Ayuntamiento de Barcelona ha reconocido el prestigio profesional de Serrat y Bonastre dando su nombre a un Centro de Formación Profesional.

El segundo ingeniero de La Maquinista, de quien quiero ahora hablar, tiene otro perfil. José María Cornet y Mas obtuvo tarde el título de ingeniero, cuando tenía ya 35 años, tanto por retrasos debidos a problemas de salud como, y esto es lo que importa señalar, porque su vinculación con La Maquinista desde que terminó el último curso de la carrera le impidió dedicarse al proyecto que no aprobó hasta 1874, cuando ya venía desde 1868 trabajando en la empresa, que será la suya toda la vida y en la que participaron tantos miembros de su familia que bien puede hablarse de una dinastía Cornet en La Maquinista. Ascendido poco después de su ingreso a Jefe de Talleres, en 1880 se hizo cargo de la dirección de la empresa, puesto que ocupará hasta su muerte en 1916. Son pues casi 50 años dedicados a la consolidación y expansión de La Maquinista. Su trayectoria profesional como ingeniero cubre dos claros aspectos. Por un lado, el desarrollo de la maquinaria, ámbito en el que le cabe la gloria de haber inventado y explotado una máquina para tallar los dientes de las ruedas cónicas de engranaje, con mejora de la calidad y reducción de la mano de obra, y que tuvo tanto éxito que pudo ser exportada, principalmente a Francia e Inglaterra. Por otro lado, las construcciones metálicas, a las que ya desde antes de sacar el título dedicó numerosos proyectos, entre las cuales destacan las armaduras de hierro para el Teatro del Circo de Barcelona y para numerosos mercados, entre los que destaca el del Born. En la misma línea están sus proyectos de puentes de ferrocarril y carretera que Cornet firmó en elevado número.

Las preocupaciones de Cornet durante toda su vida, y a las que dedicó todos sus esfuerzos, fueron la defensa del estatuto del ingeniero industrial y la protección de la industria nacional. Y hay que reconocer que lo hizo en forma coherente tanto desde la Presidencia de la Asociación de Ingenieros Industriales, como en su ejecutoria como Diputado en Cortes, durante las dos legislaturas para las que fue elegido, como en los diversos foros, entre ellos el Instituto del Fomento del Trabajo Nacional, en los que participó. En la polémica entre librecambistas y proteccionistas, Cornet fue un ardiente defensor del proteccionismo y, aunque hoy la mayoría de los economistas están de acuerdo en rechazar el proteccionismo arancelario, hay que admitir que Cornet y Mas realizó un trabajo inteligente y abnegado en defensa de unos principios que, si bien yo no comparto, pueden entenderse por la época que le tocó vivir.

A lo largo del recorrido que acabamos de hacer, y espero haya contribuido a poner de relieve el polifacético papel de los ingenieros industriales que nos han precedido, han salido a relucir, como instrumentos de organización de la profesión, los Colegios y las Asociaciones. A este respecto, me parece de justicia recordar a Pablo Cáceres de la Torre, nacido hacia 1857 y que obtiene en 1877 el título de Ingeniero Químico en la Escuela de Barcelona, que es la única que entonces existía, con el número uno de su promoción. Dos años después se hace también Ingeniero Mecánico. Cáceres tiene inquietudes profesionales y una buena visión de futuro. Pertenece a la Junta Directiva de la Asociación Nacional de Ingenieros Industriales. Y allí se le ocurre la excelente idea de reunir las cinco Asociaciones Nacionales de Ingenieros existentes -Agrónomos, Caminos, Industriales, Minas y Montes- en una sola institución, que pasa a llamarse Instituto de Ingenieros Civiles, al objeto de aunar esfuerzos y saberes, y alcanzar un mayor provecho y prestigio. Cáceres redactó los Estatutos, el Instituto de Ingenieros Civiles se puso en marcha en enero de 1905 y Pablo Cáceres fue su primer Presidente. El mérito de Pablo Cáceres de la Torre, por el que hoy he querido recordarle, es haber sido el promotor y primer Presidente del Instituto de Ingenieros Civiles, institución que tiene ya casi 100 años de existencia y que se conoce en la actualidad como Instituto de la Ingeniería de España.

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Me propongo ahora hacer una incursión en un campo que, a primera vista, puede parecer fuera de lugar y, sin embargo, no lo es, puesto que lo que voy a decir pienso que puede servir para poner de manifiesto que los ingenieros industriales, llamados como todos los hombres a la excelencia moral, pueden demostrar que es posible lograrlo en el ejercicio de su profesión.

El Concilio Vaticano II, recuperando la doctrina tradicional de la Iglesia, temporalmente oscurecida por una sesgada visión espiritualista del mundo, recuerda que los laicos han sido llamados a santificarse en el ejercicio de su trabajo profesional y en el fiel cumplimiento de los deberes ordinarios de cada uno. De manera explícita, la Constitución dogmática Lumen gentium dice que "la propia vocación de los laicos consiste en buscar el reino de Dios, al tratar y ordenar, según Dios, las cosas temporales". Y la Constitución Pastoral Gaudium et Spes añade que "el Concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de las dos ciudades, a que se propongan cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu del Evangelio. Se equivocan quienes pensando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, creen que, en consecuencia, pueden descuidar sus tareas temporales, sin darse cuenta de que esa misma fe les obliga más a cumplirlas, de acuerdo con la vocación con que cada uno ha sido llamado", precisando que los seglares "no sólo han de cumplir las leyes propias de cada profesión, sino que se esforzarán por adquirir en sus respectivos campos una verdadera competencia".

Estoy seguro de que, a lo largo de la historia de la Ingeniería Industrial, han sido muchos los compañeros, creyentes o agnósticos, practicantes o no, que han puesto por obra este espíritu, buscando la perfección en el ejercicio de nuestra profesión y obrando siempre con rectitud de acuerdo con los dictados de su conciencia. Sin embargo, al lado de todos aquellos cuyo servicio heroico a la verdad y al bien ha quedado oculto a los ojos de los hombres, aunque no a los de Dios, tenemos la suerte de poder añadir a la lista de ingenieros que he elogiado por alguna u otra razón, los nombres de dos de ellos, que trabajaron en distintos campos, uno al servicio del Estado y otro como empresario privado, pero tienen en común que la Iglesia Católica se ha fijado en sus vidas para, en un caso, estar en camino de reconocer su santidad, y, en el otro, haberla reconocido ya, proclamándolo Beato. El primero es Isidoro Zorzano quien después de obtener, en 1927, el título de Ingeniero Industrial por la Escuela de Madrid, dedicó su vida profesional a los Ferrocarriles del Estado, primero en Málaga y después en Madrid, donde en 1930 reencontró a su antiguo compañero de bachillerato, el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, al que pidió la admisión en la Obra que entonces estaba comenzando. Tras una breve pero prestigiosa carrera profesional, murió en 1943, después de una enfermedad larga y dolorosa, sufrida con fortaleza y alegría. Su ejemplar diligencia en el trabajo, la lealtad y el espíritu de servicio con sus colaboradores, así como el amor a la justicia, la fe y la caridad, explican que su causa de canonización esté en curso.

El otro es Vicente Vilar David, Ingeniero Industrial por la Escuela de Barcelona. Nacido en 1880 en Manises (Valencia) fue propietario y director de una empresa familiar de cerámica al tiempo que ejercía como profesor de la Escuela de Cerámica de esa localidad. En los turbulentos años treinta, luchó por la paz en las desavenencias sociales, fomentó las legítimas aspiraciones de superación social de sus operarios y, cuando por su condición de católico fue destituido de la Escuela de Cerámica, persecución que llevó con alegría y paciencia, fueron sus propios trabajadores los que le protegieron, demostrando así el reconocimiento por la conducta que siempre había tenido con ellos. En la noche del 14 de febrero de 1937, ante un tribunal revolucionario, reafirmó su condición de católico. Al proclamar que éste era el título más grande que tenía, fue asesinado inmediatamente. Iniciado en 1963 su proceso de canonización, el Papa Juan Pablo II lo beatificó solemnemente el 1 de octubre de 1995.

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A lo largo de estas breves notas biográficas, hemos podido ver cómo los ingenieros industriales que nos precedieron han ejercido su profesión con este carácter multidisciplinar y polifacético que resulta de la formación generalista y enciclopédica que recibieron, en su día, en las Escuelas donde cursaron la carrera, y también del talante abierto que la propia actividad diaria del ingeniero industrial fomenta. Estoy seguro de que si hiciéramos el análisis de las actividades a que se dedican hoy los ingenieros industriales en ejercicio, e incluso aquellos que, habiendo llegado a la condición legal de retirado, no se sienten en absoluto jubilados, encontraríamos el mismo muestrario de actividades dispares, propias de una profesión generalista, que hemos encontrado en la revisión del pasado.

Es cierto que, circunstancias en las que no debo entrar, han provocado en la actual sociedad jubilaciones forzosas que, en la época que hemos recorrido, más respetuosa con la voluntad de los profesionales en cuanto al momento del retiro, no se daban. Hoy vemos que, si bien no hay paro en la profesión, sí hay un buen número de ingenieros industriales jubilados o, lo que es peor, prejubilados, que gozan de plena capacidad física e intelectual. Pues bien; tengo para mí que, precisamente por su formación generalista, estos profesionales son capaces de prestar y, de hecho, prestan servicio a la sociedad, al tiempo que continúan realizándose, sin que la decepción del jubilado repercuta en la disminución de su autoestima. Este es el caso de SECOT, voluntariado de asesoramiento empresarial, que cito simplemente porque lo vivo, y donde encontramos un montón de ingenieros industriales, que representan el 10 por ciento de todos los inscritos como "seniors", es decir, los consultores voluntarios, que gratuitamente asisten, tanto en España como en el extranjero, a pymes, a emprendedores que quieren iniciar su propio negocio, a entidades sin ánimo de lucro que precisan mejorar su gestión y a centros de formación empresarial. Pienso que, dada la diversidad de las demandas de asesoramiento que SECOT recibe, los ingenieros industriales son los más preparados para atenderlas.

Tras este inciso en relación con los retirados, vuelvo, para terminar, al hilo del discurso, afirmando que para que el carácter polifacético, omnicomprensivo, enciclopédico, del ingeniero industrial subsista, es necesario que nuestras escuelas, sin caer en el espejismo de una falsa concepción de la nueva economía, persistan en impartir formación generalista e intensifiquen la formación de postgrado, es decir, los cursos para la obtención del doctorado. Acabo de ver una tesis doctoral elaborada en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Madrid, bajo el título "Ingeniería y Humanismo. La formación integral del Ingeniero. Ciencia, Tecnología y Sociedad". Este enunciado me confirma en la opinión de que es en el ámbito doctoral donde tienen mejor cabida las disciplinas que, a la postre, han de mantener, en los ingenieros industriales de mañana, el saber humanístico que hemos podido apreciar al rememorar la actuación de los treinta antiguos compañeros que me he permitido poner ante vuestra mirada.


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