¿QUÉ HAY DE NUEVO, VIEJO?
Artículo publicado en Expansión
26 de mayo de 2000

La nueva economía

No parece discutible que la globalización de los mercados y el avance tecnológico, sobre todo en el área de la información y de las comunicaciones, representadas ambas cosas por la imparable presencia de Internet, han provocado, en prácticamente todas las áreas de la economía, un cambio que explica -¿justifica?- que se hable de "nueva" economía. En las empresas, este cambio afecta a la manera de conocer y servir al cliente, a la drástica reducción de los costes de transformación, a la mejora de la eficiencia operativa, así como al riesgo de la aparición de un modelo de negocio que, vía competencia, desplace, por obsolescencia, al negocio habitual, etc. etc.

Ahora bien, si nos atenemos -¿todavía?- a la definición clásica de economía como aquella ciencia -o arte, si se quiere- que se dedica al estudio -o la práctica- de la asignación de recursos escasos a fines alternativos, al objeto de mejor satisfacer las necesidades -o los deseos- de las personas -o de las comunidades-, habrá que convenir que el calificativo "nueva" no puede entrañar un cambio sustancial del nombre "economía", sino simplemente una modificación en la manera de lograr el fin perseguido.

Los conceptos fundamentales

La afirmación puede tacharse de perogrullada, pero también cabe tomarla en calidad de aviso a los navegantes -que, en este caso, son precisamente los navegantes en Internet- para recordarles que la economía, para lograr su fin, se asienta -y no puede dejar de asentarse- en los "fundamentales" que, a pesar del desprecio con que son mirados por buen número de "tecnólogos", son -como de su nombre se deduce- el fundamento de la actividad económica. Estos "fundamentos" son los viejísimos conceptos de ahorro e inversión, indefectiblemente ligados entre sí por el coste y la rentabilidad. Coste, digo, de los recursos procedentes del ahorro financiero; y rentabilidad producida por los flujos esperados de la inversión. El resultado, en términos actuales, es el valor creado por la actividad económica, valor creado que ha de añadirse al valor de mercado que tenía el activo antes de la operación; en el bien entendido de que este valor creado, una vez satisfecha la remuneración contractual de los fondos de terceros, ha de traducirse en un mayor valor de mercado de los fondos propios -o del capital, en terminología hispana- y que son los que por soportar el riesgo del fracaso, tienen derecho a apropiarse la plusvalía.

Quiere ello decir que la creación de valor no depende del tamaño del balance, del crecimiento de los activos y los pasivos, sino del resultado a largo plazo -o, si se quiere, en un razonable horizonte- de la cuenta de explotación. Por lo cual, tanto en la "nueva" economía como en la "vieja", el valor de mercado de las acciones representativas del capital de la empresa que realiza la actividad económica -asignando los recursos de que dispone al abanico de inversiones que descubre- es igual al valor actual de los flujos esperados, para los accionistas, de estas inversiones.

¿Acciones de alto valor con resultados negativos?: Las expectativas

¿Cómo se explica, pues, que las acciones que se consideran como más representativas de la nueva economía, es decir, las de aquellas compañías cuya actividad se centra, de una forma u otra, en Internet, se paguen en bolsa a precios positivos, cuando una gran mayoría de ellas, en especial, las de compañías grandes por el tamaño de sus ventas o de sus "potenciales" clientes -medidos por las "visitas" a sus "portales"- tienen resultados fuerte y crecientemente negativos, desde el momento de su creación y a lo largo ya de un respetable número de años? La respuesta "académica" es que, si bien todos ven que estas empresas tienen pérdidas y, por lo tanto, hoy tendrían que valer cero, el mercado descuenta las expectativas de futuro y, en méritos a estas expectativas, valora positivamente -y a precios muy altos- estos títulos.

Si se supone que el mercado es "racional", las preguntas a formular son dos. La primera, para saber a partir de qué año futuro el mercado piensa que la empresa generará flujos positivos para los accionistas y en qué cuantía; la segunda para saber a qué tipo descuenta los flujos esperados. Por lo general, los gestores de inversiones bursátiles no responden, concretamente, a ninguna de las dos preguntas.

"Cuando pasan las golondrinas, la Bolsa sube"

Ante este silencio, la otra hipótesis es que el mercado está formado por masas de inversores que, en ocasiones, se comportan como rebaños -"rebaños electrónicos" en este caso- sin que, por ello, vean defraudadas -de momento- sus expectativas. Es bien conocido el aserto, según el cual, si todos creen que cuando pasan las golondrinas la bolsa sube, efectivamente así sucederá; no por las golondrinas, sino porque todos, al verlas, acudirán a comprar y harán subir la cotización. Y esto es lo que los "viejos" economistas creemos que está ocurriendo con estas acciones que no resisten el análisis fundamental. Naturalmente que los "nuevos" dirán que el modelo para evaluar esta clase de títulos se basa en otros parámetros: ingresos por ventas, visitantes, suscriptores, gastos de marketing, opciones de crecimiento o de nuevos negocios... Pero lo que no se sabe -yo, por lo menos, no lo sé- es la consistencia de estos "nuevos modelos" de evaluación. Por lo que estamos tentados a pensar que las "nuevas acciones" suben porque se ha despertado un "amor apasionado" entre los que tienen abundante dinero para invertir y los que necesitan ingentes cantidades para ampliar sus instalaciones tecnológicas. Lo importante sería saber cuándo este apasionado amor desaparecerá y las cotizaciones de los nuevos valores -o de cuáles de ellos- se hundirán.

Todo esto no significa que los inversores en esta clase de títulos no puedan ganar dinero; de hecho, algunos, lo están ganando, y mucho, aprovechando los bajos y los altos de la gran volatilidad que afecta a sus cotizaciones. Pero ésta es otra guerra y requiere otra estrategia que es la que los "gurús" se encargan de recomendar: no invertir mucho, diversificar, entrar en los primeros meses después de su salida a bolsa, salir en cuanto se observa que se estancan...

Historia de una lata de sardinas

Pero, al margen de la suerte que el mercado depare a los temporales inversores, por lo que respecta a las empresas que llaman de Internet, lo cierto es que, como en los viejos tiempos, sólo sobrevivirán aquellas que, más pronto o más tarde, acaben dando beneficios. Y como la "nueva" economía no puede cambiar el "viejo" sentido común, las otras se hundirán. Y puede suceder lo que ocurrió en tiempos del "estraperlo" -que la mayoría de los actuales lectores no han vivido- cuando alguien compró una lata de sardinas, que había sido objeto de sucesivas ventas, a precios cada vez más altos. Se le ocurrió abrir la lata y, al ver que estaba vacía, fue a quejarse al último vendedor, el cual le dijo: "¡Pero hombre! si estas sardinas no son para comerlas; estas sardinas son para venderlas". Pues eso.


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