LA LUZ DE LA VERDAD
Tercera de ABC
1 de mayo de 2000

En no pocas ocasiones, desde las páginas de este periódico, he discrepado de las opiniones expuestas en artículos del profesor Gregorio Peces-Barba. Por ello, me produce gran satisfacción poder decir que me siento totalmente identificado con la línea argumental que sustenta su escrito "La luz que ilumina". (ABC 29.2.2000).

Verdad, tolerancia, escepticismo

Me parece muy acertada su equilibrada apreciación de los valores del movimiento ilustrado y los sustentados por el pensamiento medieval. Así como su elogio de la tolerancia, que yo llamaría respeto a la libertad de las conciencias. Hay muchas justificaciones para la tolerancia -dice- tanto si se acepta que existe una verdad, como si se piensa que nos encontramos ante un pluralismo de verdades. Yo me cuento entre los que creen que la verdad objetiva existe, aunque pienso que en las proposiciones que tenemos por no verdaderas pueden hallarse semillas de la verdad, lo cual es una razón más para respetar a las personas que sostienen tales proposiciones. Estoy de acuerdo con Peces-Barba en que la tolerancia no se puede fundar en el escepticismo. El escéptico, el que piensa que nada es verdad ni mentira, no tiene qué tolerar, porque, por definición, se tolera lo que no se comparte. De aquí que el escéptico, víctima del positivismo, se sentirá inclinado a imponer por la fuerza la norma que más le convenga, aunque no crea en ella; fuerza que, a veces, será la de la mayoría. La verdad existe, pero lo que en ningún caso debe hacerse es utilizar la fuerza para imponerla. Esto vale especialmente para la verdad religiosa. A despecho de todos los desmanes cometidos en el pasado, y puedan cometerse en el futuro, el principio áureo fijado por el Concilio Vaticano II es que "la verdad no se impone más que por la fuerza de la verdad misma".

La verdad y el pensamiento débil

Es cierto, por otra parte, que hoy, la verdad no se ve amenazada tanto por la fuerza bruta como por la avalancha de insidiosos sofismas que, so capa de rigor científico o de prudente eclecticismo, van degradando los valores morales. Esta lamentable consecuencia del "pensamiento débil" se extiende a todos los campos e invade también el económico, aspecto al que el profesor Peces-Barba dedica el último párrafo de su artículo, con cuyo contenido estoy sustancialmente de acuerdo, pero que, tratándose de materia que me es especialmente próxima, me propongo profundizar.

El verdadero fin de la empresa

De entrada, quiero dejar sentado que el fin de la empresa, comunidad de personas, es prestar servicio a la sociedad, al tiempo que genera rentas, a largo plazo, para todas las personas que integran la empresa, con decisiones que deben respetar la dignidad de estas personas, la del propio decisor en primer lugar, así como la de todos aquellos que desde el exterior de la empresa interaccionan con ella. Esto es lo que hacen, como acertadamente recuerda el profesor de Filosofía del Derecho, "los industriales y comerciantes honrados que defienden el mercado y su papel para la creación de riqueza" y bienestar para todos. Para el logro de este objetivo final están las diversas políticas instrumentales, entre las cuales ocupa un lugar preferente la política financiera. Como sea que el beneficio que, con carácter residual, esperan los accionistas, aparece al final de la cascada de rentas generadas, cuando han sido satisfechas las prioritarias, es correcto decir que el objetivo financiero de la empresa es crear valor para los accionistas. Pero este objetivo, que tiene el mérito de ser medible, lo cual le hace apto para la eficiencia de la gestión, no puede confundirse, como algunos hacen, con el fin global de la empresa, tal como ha quedado definido y al que deben subordinarse todos los objetivos instrumentales, incluido el financiero.

La creación de valor

Ahora bien, el valor creado es el valor actual neto de las expectativas de flujos futuros disponibles para los accionistas, descontadas al coste de los fondos propios, que no es más que la rentabilidad que los accionistas buscan. Este valor creado, ceteris paribus, debería traducirse en igual aumento de la cotización de las acciones. Pero es muy posible que no sea así, precisamente porque las otras cosas que influyen en la bolsa no son siempre iguales. Puede, por lo tanto, suceder que el aumento de la cotización no corresponda al valor creado, sino que lo supere, a consecuencia de una sobreestimación de las expectativas o de una ilusión financiera. Cuando esta ilusión se desvanezca, la cotización caerá, pero tampoco podrá decirse, propiamente hablando, que se ha destruido valor; simplemente se habrá restablecido la verdadera expresión del valor creado.

La remuneración por "stock options"

Y hechas estas precisiones, paso a comentar la crítica que el profesor Peces-Barba hace a "algunos especialistas en economía financiera" que pretenden justificar "técnicas de enriquecimiento rápido", cosa que, a los que tenemos que ver con la formación de jóvenes con vocación empresarial, nos preocupa tanto como a él, por el riesgo del deterioro de los valores morales en estos jóvenes. Nada hay que objetar a los modelos de gestión que vinculan la remuneración a los resultados obtenidos. Si tradicionalmente se ha admitido que una parte del sueldo de los vendedores adopte la forma de comisión sobre las ventas logradas, parece razonable que la misma idea se extienda a otros campos. Una de las modalidades, a la que parece referirse Peces-Barba, sin nombrarla, es la concesión de opciones sobre acciones. Esta figura otorga a los destinatarios un beneficio aleatorio que depende de la cotización que alcancen las acciones en el momento de ejercitar la opción a comprarlas al precio de ejercicio, que, por lo general, es parecido al que tenían en el momento de otorgarse la opción. Debe quedar claro que la remuneración variable que, por este método, se obtiene, no carga sobre los resultados de la empresa. La opción a comprar acciones de una determinada compañía la puede adquirir cualquiera en el mercado, pagando la prima correspondiente. En el caso de que las opciones se empleen para remunerar a empleados, la opción, cuyo coste es relativamente módico, la compra la empresa y la regala al empleado. Pero la remuneración adicional y variable que puede obtener el ejecutivo, no la paga la compañía sino que se la proporciona el mercado con la subida de la cotización de la acción, subida que beneficia a todos los accionistas de la empresa.

Las opciones sobre acciones y la ética

Ahora bien, la remuneración por opciones sobre acciones no es una pura técnica sino que tiene implicaciones éticas. Como todo invento humano, puede ser empleado para el bien o para el mal. A mi juicio, un modelo de remuneración variable mediante opciones sobre acciones, para ser éticamente correcto, además de todos los requisitos de adecuada aprobación y transparencia informativa, ha de reunir dos principales características. En primer lugar, ha de quedar claro que existe relación de causa a efecto entre la gestión y el aumento de la cotización y que este aumento no responde a maquinaciones que no tienen nada que ver con la verdadera gestión. Reconozco que no es fácil aunque cabe intentar hacerlo, estableciendo, por ejemplo, un adecuado plazo de ejercicio de la opción y fijándose en la evolución relativa de la acción respecto del índice apropiado. En segundo lugar, la remuneración variable debida al plan de opciones debe representar, mediante límites, una parte razonable de la remuneración total, razón de más para que el plan sea elaborado, para su aprobación por la Junta General, por un comité de retribución compuesto de consejeros verdaderamente independientes. En cualquier caso, sin negar que las empresas deben atraer y fidelizar directivos capaces, mediante los apropiados incentivos, el fondo de la cuestión, que no puedo desarrollar en un artículo periodístico, es antropológico; es decir, afecta a la verdad del hombre. Se trata de saber qué clase de empresa y qué clase de directivos queremos. Si el sistema de remuneración esta basado exclusivamente en la motivación extrínseca -dinero- que no puede ignorarse, pero olvidando la motivación intrínseca -satisfacción por la obra realizada- y la trascendente -servicio a los demás- habremos vulnerado la verdad sobre el fin de la empresa, como comunidad humana, y habremos, tal vez, contribuido a destruir la calidad ética de las personas que en ella trabajan.


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