LAUREANO LÓPEZ RODÓ, EL TRABAJO BIEN HECHO
Publicado en Expansión
15 de marzo de 2000

En la muerte de Laureano López Rodó, las crónicas y artículos publicados en los distintos medios de información han coincidido en poner de relieve su indiscutible participación en el desarrollo económico de España, durante el régimen del General Franco; el preponderante papel que, como maestro del Derecho Administrativo, desempeñó en la modernización del país, mediante la elaboración de grandes leyes sobre régimen y procedimiento de la Administración del Estado, que todavía perduran; su protagonismo en la larga marcha hacia la monarquía, pieza clave para que la transición política fuera tan pacífica como fervientemente deseaba. Todo esto, y mucho más que podía haberse dicho, constituye un merecido elogio fúnebre a un universitario, político y hombre de Estado, a quien, como a algún compañero suyo de aquel tiempo, no se le hizo, en vida, la justicia que merecía.

Pero, Dios quiso que yo conociera a Laureano en el año 1940, cuando ambos, muy jóvenes, éramos todavía estudiantes universitarios, si bien en distintas disciplinas. Desde entonces, mantuve con él una cordial amistad, fruto de una idéntica actitud ante la vida, aunque nuestras respectivas trayectorias profesionales hayan transcurrido en campos muy diferentes. Esta amistad y trato me han permitido apreciar en Laureano algo que está por encima, o, si se quiere, debajo de su ejecutoria tanto pública como privada. Algo que Su Majestad el Rey, que le conocía bien, puso de manifiesto en el telegrama de pésame, refiriéndose a Laureano como "quien, con sus valores humanos y calidad ética, tuvo una aportación indiscutible a la vida democrática española".

De esto, de los valores humanos y de la categoría ética de Laureano es de lo que quisiera escribir. Porque mi amigo, comprometido, por libre convicción, a vivir las virtudes sobrenaturales en el ejercicio de su trabajo académico, político y profesional, sabía que sin el substrato de las virtudes humanas no puede aspirarse al desarrollo de las virtudes sobrenaturales, infusas en su alma cristiana, por el bautismo que había recibido en 1920 en su natal Barcelona. Y estas virtudes humanas, la laboriosidad, la lealtad, la veracidad, la honradez, la confianza, la alegría, la apertura de miras, vividas día a día, constituyen los propulsores de la motivación trascendente que, en forma de servicio a los demás, explica la extensa e intensa trayectoria de Laureano que, con tanto acierto, sus discípulos, colegas y amigos han descrito.

López Rodó vivió con pasión los proyectos de desarrollo económico y el resto de sus actividades públicas porque pensaba que era la manera de ayudar a mejorar la vida de los españoles de la década de los sesenta. Y trabajó en ello, a veces con acierto y otras sin él, pero siempre honradamente, incansablemente, tenazmente; rodeándose, con amplitud de miras, de colaboradores procedentes de distintos campos e ideologías, sin exigir de ellos otra cosa que trabajo bien hecho. Laureano vivió, en su adolescencia, los horrores de la guerra civil y, según acostumbraba a decir, comprobó que en el fondo de aquella tragedia estaba el odio, la ignorancia y la miseria. Y contra estas plagas quiso luchar, para que -son sus palabras- nunca más se pudiera repetir el horror de la guerra. Y lo hizo, en situaciones más fáciles y en otras más difíciles, siempre con tesón, sin desaliento y con una amabilidad que, tras su porte serio, descubrían y hoy atestiguan todos los que le trataron en sus diversas singladuras. Y lo hizo con pleno desprendimiento, sin importarle el reconocimiento que, andando el tiempo, le fue negado; dada su categoría ética, le bastaba la conciencia del deber cumplido.

Este mismo afán de servicio y esta convicción de que el hombre se realiza no en el tener sino en el ser, es lo que le llevó, finiquitado el periplo político, a continuar trabajando, a lo largo de sus últimos veinte años, en su bufete de abogado, en sus publicaciones, en las siempre bien documentadas disertaciones en las Reales Academias a las que pertenecía, pero también dedicándose ilusionadamente, desde la Fundación Codespa, por él creada, a la promoción de la ayuda a los países menos desarrollados. Ha muerto un gran trabajador y pienso que este es el mejor elogio que, al recordarle, puedo rendirle. Un hombre honrado que trabajó, enseñó a trabajar e hizo trabajar a muchos. Aunque conocía lo implacable de la enfermedad que le aquejaba, llegó trabajando al final de su vida, mientras decía, con alegre serenidad, que le quedaba poco tiempo. Y tan profesional fue y tan grande su pasión política, en el más noble sentido de la palabra, que, pocos días antes de morir, llamó al notario a la vera de su cama para votar en las elecciones, que se celebraban mientras nosotros le enterrábamos en el cementerio de La Almudena. Y, ahora, estoy seguro de que sigue trabajando en la más excelsa forma de trabajo que es la contemplación; y nada menos que la contemplación del rostro de Dios.


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