Mi intervención se encuadra dentro de la 4ª sesión de
estos Encuentros de Economía Familiar. El título de la sesión es "La economía de
los mayores" y me corresponde hablar después de la introducción de Juan Iranzo y de
la conferencia de José Barea que, en el momento de redactar mis notas, supuse habría de
versar sobre el problema de las pensiones de jubilación y sus efectos en la política de
ingresos y gastos públicos. Por ello, a fin de diversificar algo el contenido de la
sesión, pensé que, sin merma de dar mi opinión sobre el sistema español de pensiones,
debería decir algo en relación con los efectos psicológicos que el paso a la
jubilación puede provocar en las personas mayores. El sistema español de pensiones Empezando por lo primero, afirmo que el sistema de pensiones español, público y de reparto, no es el adecuado para resolver el problema económico de las personas que se jubilan, ya que esta solución ha de ser objetiva; es decir, independiente de la coyuntura económica, favorable o desfavorable, y de las características demográficas. Este no es el caso del modelo español, cuyo equilibrio depende de ambas cosas. Con ocasión del esperpéntico debate, de raíz electoralista, ocasionado con motivo del propugnado aumento de las pensiones mínimas, contributivas o no, se ha recordado que en España, hasta 1958, el sistema de pensiones estaba basado en que los trabajadores acumulaban su ahorro en las mutualidades laborales. Pero la explosión inflacionista de 1956, causada por la política salarial de José Antonio Girón, dejó sin valor los fondos así acumulados. Expoliadas las mutualidades, se pasó al actual sistema de la Seguridad Social, en el que se pretende que las pensiones se sufraguen con las contribuciones corrientes de los trabajadores activos. Este sistema es, en primer lugar, injusto porque la pensión del jubilado de ayer la pagan los trabajadores de hoy, trasladándose así la carga hacia las generaciones futuras que no saben si, cuando llegue la hora de su jubilación, habrá alguien que pague sus pensiones. Porque el sistema, además de injusto, es ineficiente; tiende a la quiebra. Cuando había cuatro trabajadores por jubilado, el sistema sin dejar de ser injusto, funcionaba; pero, a medida que la población envejece y el paro aumenta, va disminuyendo la base en que se apoya el invento. Cuando se llegue a que no haya ni un trabajador por jubilado, ¿cómo vamos a pagar las pensiones? Es cierto que, en la actual fase de crecimiento económico el número de cotizantes a la Seguridad Social ha aumentado sustancialmente y por esto, como triunfalmente proclama el Gobierno, el contador del déficit de la Seguridad Social se ha puesto a cero y el horizonte de la quiebra se ha alejado algunos años. Pero, cuando la fase contractiva del ciclo llegue, que ha de llegar, se pondrá de nuevo de manifiesto que el sistema, más pronto o más tarde, inexorablemente quebrará; o, si se quiere decirlo en términos más técnicos, pero menos reales, se desequilibrará. Todos los estudios lo confirman. El propio profesor Barea ha dicho que en un sistema de pensiones públicas contributivas de reparto, su equilibrio sólo puede venir por la modificación de la tasa de sustitución, por el aumento del tipo de cotización o por aportaciones del Estado. Como sea que las dos últimas opciones no son deseables desde el punto de vista del crecimiento equilibrado de la economía, no queda más remedio, en el sistema de reparto, que reducir la tasa de sustitución, que es lo que implícitamente reconoce el Pacto de Toledo, artimaña política para mantener el sistema público y de reparto, cuando, para asegurar el pago de las pensiones en el futuro, no encuentra otra solución que reducirlas disimuladamente, cambiando las condiciones para tener derecho a la pensión. Un aspecto al que por lo general no se presta atención, pero que confirma la poca
confianza de los políticos en el sistema estatal, es que los gobernantes añaden a la
inmoralidad básica del sistema, la inmoralidad de intentar suplir las pensiones que el
Estado promete y no podrá pagar, incentivando fiscalmente la constitución de planes
privados de pensiones, cuyos partícipes, que son evidentemente sólo aquellos que, al
tiempo que siguen cotizando a la Seguridad Social, tienen medios para hacerlo, han pasado
de 315 mil personas en 1989 a 3 millones 372 mil en 1998. El paso a un sistema privado de capitalización Por esto, muchos de aquellos que, en nombre de una mal entendida solidaridad, no
quieren reconocer la inmoralidad del sistema de reparto y la ineficiencia de la gestión
pública del mismo, aceptan que, finalmente, habrá que cambiarlo, para pasar a un sistema
de capitalización. Cada día son más los economistas que, tanto en los medios de
comunicación como en distintos foros, propugnan el cambio. En este sentido, me ha
alegrado mucho comprobar que el profesor Gary Becker, premio Nobel de Economía, que ayer
inauguró estos encuentros, se pronunció radicalmente a favor, para España, del
establecimiento de un sistema de pensiones privado. Sin embargo, algunos opinan que
transformar el sistema de reparto en uno de capitalización es financieramente imposible,
ya que la Seguridad Social no tiene constituidas las provisiones matemáticas necesarias
para dar tal salto, y que se han estimado, para España, en dos veces el PIB. Esta
objeción, que teóricamente es totalmente cierta, no tiene en cuenta dos cosas. La
primera es que la transformación hay que hacerla en forma gradual; es decir, obligando a
entrar en el sistema de capitalización a los jóvenes que por primera vez se incorporan
al trabajo y autorizando el paso al nuevo sistema sólo a los trabajadores por debajo de
una determinada edad, por ejemplo, los cuarenta años; de forma que, con el paso del
tiempo, el sistema de reparto se extinguiría y sería sustituido por el de
capitalización. La segunda cosa que la objeción basada en la falta de provisiones
matemáticas no tiene en cuenta es que para cubrir las correspondientes a los que pasen al
sistema de capitalización, el Estado puede emitir deuda, reconociendo públicamente el
hecho indiscutible del "agujero" que presenta el sistema; deuda que, sin duda,
sería adquirida por las capitalizadoras privadas que gestionarían el nuevo sistema. Las pensiones y los políticos Hay, desde luego, otras maneras de enfocar la transformación gradual del sistema de pensiones. Lo que me importa es defender la idea de que el futuro de los que se jubilarán es una cosa demasiado seria para dejarla en manos de los políticos. Hay que decir a la gente que su pensión no puede depender de que gobiernen unos u otros; la pensión no la tienen que agradecer al gobierno, porque la pensión es el resultado del propio ahorro, forzoso o voluntario, del trabajador. Por esto cada uno debe constituir la pensión que desee para el futuro, con el ahorro de hoy, de acuerdo con su propia función de utilidad. Como acertadamente acaba de señalar el profesor Barea, respondiendo a una pregunta de la sala, no se trata de un problema de "redistribución" de rentas, sino de "distribución" de la renta de cada uno a lo largo de su vida. Yo ahorro ahora para tener más el día de mañana. Si gasto más hoy, tendré menos mañana. Optar por una u otra alternativa debe ser una libre decisión de cada uno. Cada cual debe fabricarse la pensión, o el seguro de enfermedad, de que quiera disponer. ¿Significa esto que el Estado no tiene nada que decir en este asunto? Desde luego que no. El Estado tiene dos funciones a realizar: la función reguladora y la función subsidiaria. En méritos a la primera, el Estado debe obligar a todo el mundo a asegurarse una pensión mínima que, en la mayoría de los casos, debe ser equivalente o próxima al salario que se percibe. ¿Qué se necesita para esto? ¿Detraer, por ejemplo, un 10% del salario? Pues se detrae, con exención fiscal desde luego. ¿Alguien quiere obtener una pensión más amplia y quiere ahorrar, por ejemplo, un 20%? Ahorre un 20%, que también debería estar exento de impuestos para estimular el ahorro, ya que el ahorro, que se convertirá en inversión, es bueno para el país. Que cada uno ahorre para su pensión lo que quiera, pero el Estado debe exigir el mínimo, porque si alguien no se asegura, puede caer en la indigencia y el Estado, en méritos de la otra función, que es la subsidiaria, tendría que acudir en socorro de ese indigente, que ha llegado a serlo porque ha querido, no porque no haya podido. El caso del que no ha cumplido con la obligación de asegurarse la pensión mínima porque no ha podido, porque no ha tenido salario de donde detraer el ahorro, es completamente distinto. En este caso, la aplicación del principio de subsidiariedad entra de lleno y el Estado debe pasarle una pensión, se llame "asistencial" o "no contributiva", que se financia con cargo a los Presupuestos Generales; es decir con cargo a los impuestos que pagan todos los contribuyentes. Pero las pensiones que llamamos "contributivas" deben hacerse capitalizando cada uno su propio ahorro, con un mínimo obligatorio y voluntariamente por encima de dicho mínimo. Ahora bien; que el Estado obligue a todos los ciudadanos a constituirse una pensión mínima no quiere decir que los fondos destinados a ello, así como los destinados a capitalizar pensiones voluntarias de mayor importe, tengan que ser administrados por el Estado. El Estado obliga hasta un mínimo y estimula fiscalmente por encima del mínimo, pero este ahorro forzoso o voluntario que cada uno realiza debe poder invertirlo en la capitalizadora privada que prefiera, de acuerdo con las condiciones que le ofrezca, en régimen de competencia, que quiere decir de eficiencia, con la ventaja añadida de que el ahorro administrado por las capitalizadoras sirve para financiar, a través del mercado de capitales, la economía privada creadora de riqueza y empleo. De esta forma, gracias a la mayor eficiencia del régimen de mercado, con el mismo
ahorro se obtendrían pensiones mayores de las que ahora promete la Seguridad Social. Los
políticos, del partido que sea, no quieren hablar de ello, porque piensan que les quita
votos, pero la verdad es que el sistema privado y de capitalización está funcionando
perfectamente en los sitios donde ha sido instaurado. El modelo chileno En este terreno, el abanderado fue Chile, país que en 1981 ofreció a todos los trabajadores la posibilidad de pasar al sistema privado, cosa que, en la actualidad, ha realizado el 93% de la fuerza de trabajo, con evidente satisfacción, ya que el rendimiento promedio anual compuesto del patrimonio de los Fondos, en los 18 años de vida del sistema, con datos a agosto de 1999, ha sido del 11,3%, por encima de la inflación. Este rendimiento no es un misterio ni un milagro; es simplemente el resultado de invertir en el mercado mediante una cartera diversificada de valores. Es cierto que la media del 11,3% comprende períodos con mejores y peores resultados y que, en los últimos tres años la rentabilidad fue sensiblemente inferior a la media, a consecuencia de los errores económicos, en este tiempo, del gobierno de la Concentración de Partidos, presidido por Eduardo Frei, así como de las crisis asiática, rusa y brasileña. Sin embargo, gracias a la recuperación habida en 1999, la rentabilidad acumulada en el año, hasta agosto, alcanzó el 13,1%, de forma que la rentabilidad para los últimos doce meses, terminados en agosto de 1999, ha ascendido al 15%. Con lo cual, la rentabilidad desde el origen, que hace un año, en septiembre de 1998, era del 10,6%, ha subido, en agosto de 1999, hasta el 11,3%, como antes he dicho. En cualquier caso, el éxito del sistema ha sido tal que, a 30 de julio de 1999, el activo total de las ocho capitalizadoras, que operan en competencia, ascendía a 34 mil millones de dólares lo que representa algo así como el 44% del PIB chileno. Los enemigos del sistema privado dicen que es más arriesgado que el público porque las capitalizadoras, en competencia, invertirán imprudentemente para atraer a futuros pensionistas. Pero esto, en Chile, no es cierto. En primer lugar porque existen "techos". Por ejemplo; no pueden invertir más del 40% del Fondo total en empresas chilenas, más del 20% en el exterior, más del 10% en títulos extranjeros de renta variable, etc. En segundo lugar porque las propias capitalizadoras para asegurar su supervivencia actúan sensatamente, como se vio con ocasión de la crisis asiática: vendieron acciones y compraron obligaciones. El resultado fue que en 1998, el índice de acciones en Chile bajó el 25% como consecuencia de la crisis exterior, pero los fondos de pensiones bajaron sólo el 1,1%, rentabilidad negativa que ha quedado compensada, como he dicho, por los buenos resultados de los ocho primeros meses de 1999. Todo esto, incluida la clase de valores, estatales, financieros y de empresas, que tienen los fondos, puede verse en la página que la Superintendencia chilena de Administradoras de Fondos de Pensiones tiene en Internet, con una amplia y transparente información, inmensamente superior a la que en la misma red facilita la Seguridad Social Española. A este respecto me parece interesante señalar que una persona tan ponderada y cuyas
opiniones pesan tanto en el mundo económico y financiero, como es el Presidente de la
Reserva Federal, Alan Greenspan, en su comparecencia del 20 de noviembre de 1997 ante el
Senado de los Estados Unidos, asumió la defensa del modelo chileno de pensiones. La difusión del modelo chileno Lo curioso del caso es que este modelo privado y de capitalización, al que la Europa occidental se resiste, ha sido implantado ya en varios países iberoamericanos, de forma que puede decirse, como hacía "The Economist" en su edición del pasado 12 de junio, que, "en pensiones, Iberoamérica ha liderado el camino. Ahora hay que esperar que siga el mundo". Pero hay más. Polonia, uno de los países que emergen de la dictadura comunista, está dando un ejemplo claro de cómo puede hacerse con éxito una transición del sistema público y de reparto, heredado en 1989, a un sistema privado de capitalización, puesto en marcha en abril de este año. La nueva reglamentación dispone que todos los que tengan menos de 30 años deberán pasar al sistema privado, los que están entre 30 y 50 años pueden elegir pasar al sistema privado o quedarse en el público, en el que forzosamente quedarán los de más de 50 años. Según datos facilitados por Reuters, desde el cambio, más de 1 millón de personas al mes se pasan al sistema privado de capitalización, de forma que a fin de septiembre se espera que sean ya 7 millones y medio los que habrán realizado esta opción, para alcanzar los 10 millones de afiliados a fin de año, fecha en la que acaba el período concedido para decidir el pase al sistema privado. No hace falta añadir que los recursos administrados por los 21 fondos de pensiones privados, creados en Polonia después del cambio, invertidos en empresas rentables, han de contribuir muy positivamente al crecimiento económico de Polonia. Así se explica que "The Economist" acabara el artículo a que me he referido diciendo que "una reforma radical de los sistemas de pensiones estatales es la próxima gran reforma liberal. Ella constituiría un cambio tan significativo como la privatización de empresas estatales, también descartada en su tiempo como utópica", y que ahora está a la orden del día de todos los países. Lo que no puedo entender es cómo el actual gobierno español, que en materia de privatizaciones ha demostrado ser progresista, se empecina en sostener un sistema de pensiones arcaico, injusto y destinado a la quiebra. * * * Ahora bien; supongamos que, de una forma u otra, la persona que se jubila tiene
resuelta la cuestión económica. ¿Se han resuelto con ello, todos sus problemas? Esta
pregunta nos introduce en la segunda parte de mi intervención y en la cual, conforme
anuncié, me gustaría reflexionar sobre los aspectos no económicos de las personas
mayores. Y la primera reflexión ha de versar, forzosamente, sobre el propio contenido de
la palabra "mayor". Los "mayores" Hoy se habla mucho de las personas mayores, incluso, abreviadamente, de "los mayores"; buena prueba es este encuentro. ¿Pero, qué se quiere decir con ello? Por un lado, "mayor" podría ser un eufemismo para referirse a los viejos, a fin de evitar el contenido peyorativo que, una cultura volcada al dinamismo, dedicaría al viejo. Pero no siempre fue así; hubo tiempos en que el apelativo viejo o anciano, eran sinónimos de respetabilidad y sabiduría. Piensese, entre los clásicos, en Focílides, quien, en sus Sentencias invita a "respetar las canas", diciendo, "rinde al anciano sabio los mismos homenajes que haces a tu padre"; en Platón, quien en La República afirma que "la ancianidad es un estado de reposo y de libertad; apaga la violencia de las pasiones..."; en Cicerón, quien, en su diálogo De senectute, por boca de Catón el Viejo, hace el elogio de la vejez. Piensese en los "ancianos", miembros honorables del Sanedrín judío o gobernantes de las iglesias locales en tiempos apostólicos. Y, sin remontarse tan lejos, Alfonso de Aragón, al decir de Bacon, alababa la vejez en una frase que puede interpretarse así: "la vejez es admirable en cuatro cosas: en la leña que se ha de quemar; en el vino que se ha de beber; en los amigos que merecen confianza y en los autores que vamos a leer". Es más, del refranero popular que llega hasta nuestros días podemos extraer numerosos elogios de la vejez -por ejemplo, "beata la casa que hay viejo cabe su brasa" o, por contra, "casa en que no hay un viejo, no vale un arvejo"-, así como declaraciones de afecto para los viejos -"al viejo, amor y respeto" o "a canas honradas no ha de haber puertas cerradas"-. Y, sin embargo, al día de hoy, parece que a nadie le gusta que le llamen viejo y sustituimos viejo por "mayor". Otra posible razón de esta metamorfosis puede hallarse en la mejora de la salud, con
el consiguiente aumento de la esperanza de vida. Antes, a los 60 años se era viejo, hoy a
los ochenta se puede pasar por una persona simplemente madura. Otra explicación más de
la difusión del adjetivo "mayor" puede hallarse en la disminución de la edad
de jubilación. Antes sólo se jubilaban los viejos, pero, desde un tiempo a esta parte,
la edad legal de jubilación ha ido disminuyendo. Primero, por la creencia, a mi juicio
errónea, de que, por ser el trabajo un bien escaso hay que repartirlo y, por lo tanto,
jubilando antes a los empleados se contribuye a la reducción del paro. Y segundo, porque
las empresas, acosadas por legislaciones contraproducentes, están intentando rejuvenecer
sus plantillas, reduciendo costes y mejorando su capital humano, mediante el expediente de
las prejubilaciones. Y así, el mundo de los jubilados se va poblando de personas en el
tramo de los cincuenta, a las que, por el hecho de estar jubiladas, se les llama mayores,
ya que no sería razonable llamarles viejas. Los problemas psicológicos de los mayores En cualquier caso, viejo, anciano o mayor, el jubilado, aun en el supuesto, como digo, de tener resuelto el problema económico, está expuesto al problema psicológico de "no saber qué hacer"; al trauma de haber perdido el sentido de la vida. Y así, no es raro, aunque, gracias a Dios, tampoco es regla general, que entre los jubilados, los mayores, se produzcan depresiones u otras patologías de la personalidad o la afectividad. El hecho de que algunos mayores sucumban a este riesgo y otros, en cambio, vivan su nueva situación de manera gozosa, en congruencia con lo que la raíz de la palabra jubilación parece indicar, depende de diversas causas. Hay personas que durante toda su vida laboral no han alimentado ninguna preocupación
de orden cultural, científico, artístico -humanístico, en suma- más allá o por encima
de la dedicación al específico trabajo de su empleo. Es lógico, por lo tanto, que estas
personas, al cesar la exigencia de dedicarse a su ocupación habitual, caigan en el vacío
y, desaparecida de golpe la rutina del horario laboral, las horas del día se les hagan
largas y tediosas, sobre todo si el ambiente familiar, lejos de ampararlas, hace nacer en
ellas el sentimiento de la inutilidad. Esta situación ha sido ironizada, no sin cierta
crueldad, diciendo que los jubilados se dedican por la mañana a la bolsa y por la tarde
al banco, entendiendo por "bolsa" la de la compra que la mujer le encarga que
haga, sobre todo para que no estorbe en casa, y por "banco" el del parque
público. Pero tal situación no es, desde luego, nada deseable y hay que hacer lo posible
para evitarla. El arte de envejecer No es fácil lograrlo, porque saber envejecer constituye la obra maestra de la sabiduría y es una de las partes más difíciles del arte de vivir. Ya dijo La Rochefucauld que "son pocos los que saben ser viejos". De hecho, sólo lo logran aquellos que saben mantenerse jóvenes. Y para mantenerse joven hay que seguir asombrándose ante las realidades cotidianas, aprender siempre cosas nuevas, interesarse por algo y tener siempre en perspectiva algún objetivo. Algunas personas esto lo alcanzan con toda naturalidad. Son aquellas que, a lo largo de su vida laboral, siempre han hecho cosas al margen del trabajo reglado, siempre han cultivado saberes o aficiones motivantes; y siempre han deseado tener tiempo libre para completar aquello que la tiranía de los horarios, con la consiguiente escasez de tiempo, les impedía hacer. Son aquellas que, escapando de la trampa del trabajo por el trabajo, supieron entender que con el "negocio" -en latín, "neg-otium"- se ganaban el ocio para el día de mañana. Ocio que no es pereza, sino todo lo contrario. Como dice Josep Pieper, la pereza es el íntimo supuesto de la falta de ocio. Sólo puede haber ocio cuando el hombre se encuentra consigo mismo, cuando realiza su auténtico ser, y, en cambio, la esencia de la pereza, el pecado capital que los antiguos designaban con el nombre de acedia, es la no coincidencia del hombre consigo mismo, ruptura que puede llegar a la desesperación. Pereza y falta de ocio son conceptos negativos equivalentes y ambos se oponen al ocio que, por lo que queda dicho, es un valor positivo, sobre todo si se utiliza para filosofar -todo hombre puede ser filósofo- o para "contemplar", para tener, en frase de Heraclito "el oído atento al ser de las cosas", actividad que tanto para Tomás de Aquino como para Aristóteles constituye la forma más excelsa de la vida humana. Son aquellas -sigo con la enumeración de las personas que alcanzan con naturalidad el gozo de la jubilación- son aquellas que poseen el sentido trascendente de la vida humana. Son los que saben que, si bien no tenemos aquí la morada permanente, esta verdad no debe llevar a desinteresarnos del mundo temporal, y nada humano nos puede ser indiferente. Son los que saben que el tiempo nos ha sido dado para labrarnos la eternidad y que, desde que el Verbo de Dios asumió la naturaleza humana y todo lo que ella conlleva, cualquier actividad, por insignificante que sea a los ojos de los espiritualmente miopes, bien realizada y acabada, participa de la actividad de Dios, que crea todos los días el mundo con nuestro trabajo, porque, como dijo un día el poeta Luis Rosales, nosotros somos las manos de Dios. Y esta verdad toma mayor entidad a medida que, con el paso del tiempo, el mayor comprueba que le queda menos y debe aprovecharlo, con ilusión, y con la alegría que proporciona la conciencia de la obra bien hecha. Que haya personas para las cuales hacerse mayores, cesar en el empleo, jubilarse, no
les supone ningún problema psicológico, y entran optimistas en la edad de la plenitud,
no obsta para reconocer que hay otras, para las cuales, como antes dije, la situación,
precisamente desde el punto de vista psicológico, está muy lejos de ser la deseable. Y
es deber de todos intentar mejorarla. La cuestión es cómo hacerlo. Pienso que, tal vez,
el análisis de las motivaciones de la conducta humana puede conducirnos a la solución. Las motivaciones de la conducta humana Estas motivaciones, siguiendo la terminología empleada por Juan Antonio Pérez López, profesor que fue del IESE, pueden clasificarse en extrínsecas, intrínsecas y trascendentes. Motivación extrínseca es aquel tipo de fuerza que empuja a la persona a realizar una acción por las recompensas, o castigos, unidos a la ejecución de la acción; debido, en definitiva, a la respuesta que va a provocar dicha acción desde el exterior. Ello quiere decir que, desde el punto de vista de la motivación extrínseca, lo verdaderamente querido por el agente no es la realización de la acción de que se trate, sino las recompensas -en sentido amplio- que la persona espera alcanzar a cambio de la realización de la acción. La ejecución de la acción viene a ser una condición impuesta desde el exterior para que la persona alcance aquello que en el fondo le motiva. La motivación generada a través del pago de incentivos, la atribución de prerrogativas o el status en las organizaciones, etc., suelen pertenecer a este tipo de motivación. La motivación intrínseca, en cambio, atrae a la persona para que realice una acción determinada -o una tarea concreta- a causa de la satisfacción que espera obtener por el hecho de ser el agente o realizador de esa acción. Lo verdaderamente querido por el sujeto, en la medida en que se mueve por motivación intrínseca, son las consecuencias que se seguirán del puro hecho natural de ser el ejecutor de la acción. Dichas consecuencias pueden abarcar desde la satisfacción producida por la realización de algo que le gusta hacer, hasta la satisfacción ligada al logro de un cierto aprendizaje, para cuya obtención es necesaria la reiteración de la acción. Finalmente, por motivación transcendente hay que entender aquel impulso que mueve a
las personas a actuar por las consecuencias de sus acciones para otras personas. O, dicho
de otra forma, que les impulsa a actuar para servir a los otros. El factor distintivo de
esta motivación es que las necesidades que la acción busca satisfacer son necesidades de
personas distintas de aquella que realiza la acción. A esta motivación nos referimos
frecuentemente cuando hablamos de generosidad o espíritu de servicio. Esta motivación
recoge el hecho de que un ser humano no es indiferente a las necesidades o las
satisfacciones de los otros seres humanos. Contrariamente a lo que se pueda pensar para
una sociedad aparentemente tan volcada al egoísmo, lo cierto es que la motivación
trascendente es una fuerza de bastante intensidad dentro de los seres humanos. Al menos
como energía dormida está allí y, frecuentemente, espera tan sólo una mano amiga que
sea capaz de dar el toque para despertarla, como se saca del arpa el sonido escondido. La realización del jubilado: aprender y prestar servicio Me parece claro que para la persona mayor, concretamente para el jubilado, la motivación extrínseca, cuyo paradigma es el dinero, que sin duda actuó durante su vida laboral, ha dejado de ser operativa, hablando en términos generales, desde el momento y hora en que el ingreso derivado de la pensión, que tiene causa en la actividad pasada, no se relaciona con la potencial actividad presente. Cosa distinta cabe decir de la motivación intrínseca, tipificada por el aprendizaje de algo nuevo y por la satisfacción, intelectual o sentimental, que la realización de la acción produce en el agente. Esta clase de motivación puede, desde luego, venir en ayuda del que ya no tiene obligaciones constreñientes y, de hecho, son muchas las personas que, rebasado el tope laboral, hacen cosas y llenan con gozo sus horas por la satisfacción de hacerlas. Pero sin duda alguna que el efecto positivo que acabo de describir quedará potenciado si a la motivación intrínseca se suma la motivación trascendente, en términos de prestación de servicio. El resultado es que el "mayor" puede sentirse muy feliz, desarrollando actividades no remuneradas que, al tiempo que le permiten seguir realizándose internamente, prestan a los demás el servicio de la transmisión de los conocimientos teóricos y la experiencia práctica adquirida a lo largo de muchos años de actividad profesional. Este es el caso, para terminar con un ejemplo, no teórico sino vivido, de los seniors, jubilados y prejubilados, agrupados en SECOT, acrónimo de Seniors Españoles para la Cooperación Técnica. SECOT, para los que no lo sepan, es una asociación de voluntariado para el asesoramiento empresarial, constituida hace diez años con el propósito primordial de resolver el problema psicológico de los jubilados, invitándoles y ayudándoles a tomar la decisión, altruista, de poner su caudal de experiencia y conocimientos en gestión empresarial al servicio de la sociedad, cooperando así al fomento del empleo y al crecimiento económico y social. A tal fin, los seniors, profesionales jubilados o prejubilados, asesoran, sin retribución económica alguna, a jóvenes emprendedores y a pequeñas y medianas empresas que no pueden acceder a consultorías de carácter mercantil. Este ejemplo no es más que una de las muchas maneras que sin duda existen de implantar la misma idea, entre las cuales figuran las nacientes Universidades de los Mayores o de la Tercera Edad. He recurrido a él para decir que el presunto problema psicológico del mayor queda resuelto o superado cuando el mayor, el senior, agrupado o aislado, al impulso de las motivaciones intrínseca y trascendente, ha encontrado la manera de continuar realizándose personalmente, en tareas que le proporcionan la doble satisfacción, por un lado, de seguir aprendiendo, y, por otro lado, de prestar servicio a los demás. Ambas cosas dan un sentido a su vida, del que carecería si, abandonado al no hacer nada, viera pasar las horas muertas. Ahora, en cambio, las tareas que desempeña elevan su nivel de autoestima y utilidad social. Si con estas ideas hubiera contribuido en algo, aunque sea tangencialmente, a los propósitos de los organizadores de este encuentro, me daría por satisfecho, agradeciendo la atención que se me ha dispensado.
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