Considero un gran privilegio haber tenido la oportunidad de escuchar la ponencia del Profesor Dr. Lewis E. Lehrman, que he seguido con gran atención y enorme interés y de la que he aprendido muchas cosas. Por otra parte, agradezco al Decano Profesor Luis Ravina el honor que me ha conferido al encargarme de comentar las reflexiones que, bajo el provocador título "Only one cheer for capitalism", nos ha presentado el Dr. Lehrman. Que el primer ponente de esta última tarde de nuestro simposium quiera levantar su copa por el capitalismo, es una buena noticia, tanto para mí como para los que en esta sala -pienso que en gran número- se adhieren a este sistema. Que el señor Lehrman quiera limitar su aplauso al capitalismo a un solo brindis me parece preocupante. Mi comentario deberá ser forzosamente breve. Por lo tanto, después de señalar que estoy completamente de acuerdo en la inmensa mayoría de las reflexiones que, con gran erudición, nos ha regalado, me centraré, tras algunas precisiones, en lo que constituye, según propia definición, la tesis defendida por el Dr. Lehrman. Lo primero es recordar que por capitalismo entiendo aquel sistema de organización económica en el que la cooperación para el logro del bienestar común se produce en forma espontánea, al revés de lo que sucede en el socialismo, o modelo de economía centralizada, en el que la cooperación tiene lugar de forma coactiva. Se trata de un sistema basado en la propiedad privada, incluso de los bienes de producción; que utiliza el mecanismo de los precios como el instrumento óptimo para la eficiente asignación de los recursos; y en el que todas las personas, libremente responsables de su futuro, pueden decidir las actividades que desean emprender, asumiendo el riesgo del fracaso a cambio de la expectativa de poder disfrutar del beneficio si éste se produce. Pues bien; de lo oído deduzco que el ponente acepta este sistema, puesto que ha afirmado que, a partir de su experiencia y estudio, reconoce que el capitalismo "es el menos imperfecto de los principios económicos para organizar el intercambio entre productores y consumidores". Pero acto seguido, pensando, con razón, que la economía es para el hombre y no el hombre para la economía, y observando los males que afectan al individuo, la familia y la sociedad en aquellos países en los que imperan sistemas que, en mucho o en poco, se inspiran en el capitalismo, ha añadido, textualmente, que "este contingente mecanismo económico llamado capitalismo" no le parece acreedor a una plena aprobación, salvo que se den determinadas condiciones, entre las que señala la necesidad de un sólido contexto constitucional. El Profesor Lehrman, para demostrar la necesidad de este condicionante, ha tenido el acierto de recurrir, cosa que yo le agradezco, a los años fundacionales de este gran país que son los Estados Unidos de América, cuyo modelo provoca la aversión de unos y la admiración de otros, pero que a nadie deja indiferente. Recuerda el Dr. Lehrman que Alexander Hamilton, principal autor de los "Federalist Papers", en pro de La Unión, en 1787, criticó duramente las debilidades del primitivo sistema confederado de estados autónomos. Pero igualmente podía haber citado las críticas que, años después, Thomas Jefferson dedicó a la deuda pública, altos impuestos, gasto gubernamental, inflación monetaria y privilegios monopolísticos, que siguieron a la guerra de 1812 contra Gran Bretaña, bajo la presidencia del federalista James Madison. A mi juicio, estas son, en un caso y en el otro, fallos de la gestión de los políticos que no empañan la bondad del sistema de libertades en que unos y otros creían. La realidad es que, aprobada, por acuerdo entre las partes discrepantes, la Constitución de 1789 -que el Dr. Lehrman alaba por haber organizado un vigoroso marco institucional- en el gobierno de George Washington, primer Presidente de La Unión, al lado de Knox como Secretario de Guerra y Randolph como Secretario de Justicia, figuraron tanto el federalista Hamilton, en calidad de Secretario del Tesoro, como el republicano-demócrata Jefferson, en funciones de Secretario de Estado. Digo esto porque los liberales europeos y en especial los españoles, que nos enorgullecemos de que España sea el país donde, en 1812, se inventó la palabra "liberal", prescindiendo de las naturales discusiones partidistas que, como sucede siempre y en todas partes, existieron en los orígenes de los Estados Unidos, nosotros sentimos admiración y agradecimiento por el ejemplo que, en el logrado intento de crear "un nuevo orden secular", nos legaron todos los Padres Fundadores, sin hacer distinción entre ellos. Desde los Peregrinos del Mayflower, que en 1620 llegaron a Massachusetts huyendo del absolutismo mercantilista de Jacobo I Estuardo, hasta los que, contra Jorge III Hannover, que practicaba la misma política de la dinastía anterior, el 4 de julio de 1776 suscribieron la Declaración de Independencia, redactada precisamente por Jefferson, afirmando "su creencia en que todos los hombres, creados iguales, habían sido dotados por su Creador con los inalienables derechos a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad". En méritos de lo cual, acaban diciendo, a la letra, que "apelando al Supremo Juez del mundo y confiando en la protección de su divina Providencia, se constituían en Estados libres e independientes, comprometiendo en el empeño las vidas, las fortunas y el sagrado honor de los representantes firmantes". Como se ve, el liberalismo de los fundadores de los Estados Unidos es un liberalismo iusnaturalista, que reconoce la dependencia del Creador, y del que gratamente me sentiría heredero, sobre todo después de que, bajo el definitivo impulso de Abraham Lincoln, que llegó a la presidencia de la Unión en 1860, se aboliera la esclavitud, error histórico de vigencia general en aquel tiempo. Este liberalismo no tiene, evidentemente, nada que ver con el liberalismo filosófico de origen europeo que, precisamente por su pretensión de independencia del hombre frente a Dios, tuvieron que condenar, como contrarios a la doctrina perenne de la Iglesia, Gregorio XVI en la Encíclica "Mirari vos" y más específicamente Pío IX en la "Quanta cura" y Pío X en la "Pascendi". Esto explica que, al revés de lo que sucedió en Europa, donde los malentendidos y enfrentamientos entre los liberales y la Iglesia, durante el siglo XIX, fueron notorios, en los recién nacidos Estados Unidos, a pesar del enfrentamiento de los nativos protestantes contra el catolicismo creciente, sobre todo, a partir de la inmigración irlandesa, puede decirse que, en el plano institucional, la convivencia de la Iglesia y el Estado, desde la separación y el mutuo respeto, fue siempre pacífica. Entrando en la tesis del Dr. Lehrman, diré que somos muchos los que pensamos que, siendo el capitalismo el mejor, o menos malo, entre los sistemas de organización económica, el capitalismo no se desarrolla en el vacío sino que vive en el entorno constituido por un determinado sistema ético-cultural y un concreto sistema político-jurisdiccional que, respectivamente, motiva y enmarca la actuación de los agentes del sistema económico. Este punto de vista coincide plenamente con el pensamiento del Papa Juan Pablo II en su Encíclica "Centesimus annus", en la que actualiza, transcurridos cien años, la postura, en la "Rerum Novarum", de León XIII, Papa en el que el Dr. Lehrman parece haberse quedado parado. En efecto, después de señalar, en el famoso número 42 de la Encíclica, las características del capitalismo para que pueda merecer una respuesta positiva por parte de la Iglesia, el Papa actual, censura, por un lado, muchos de los comportamientos morales de las sociedades contemporáneas, advirtiendo, sin embargo, que las "críticas van dirigidas no tanto contra un sistema económico, cuanto contra un sistema ético-cultural". Y, por otro lado, en párrafos posteriores, el Papa, para el buen funcionamiento del capitalismo, reclama un sólido contexto jurídico, afirmando que "la economía de mercado no puede desenvolverse en medio de un vacío constitucional jurídico y político". De lo dicho se deduce que distintas axiologías y distintas organizaciones político-jurídicas producirán resultados económicos distintos por la mera operación de las mismas leyes económicas generales, siendo posible predecir, gracias a lo que sabemos de estas leyes económicas, que tales o cuales situaciones, por muy deseables que sean, son o no son posibles, ya que las decisiones tomadas al objeto de alcanzarlas, producirán unas determinadas consecuencias que coincidirán o no con el resultado pretendido. Entendidas las cosas de esta forma, me parece que resulta sencillo concluir que el laudable propósito de mejorar, desde el punto de vista ético, los resultados del proceso económico de asignación de recursos propio del sistema capitalista, debemos abordarlo no intentando interferir en el núcleo invariante de las leyes económicas, sino mejorando el sistema de valores y mejorando el sistema institucional. Es decir, si dejando operar al orden espontáneo del mercado, los cristianos que operan en el sistema capitalista, cualquiera que sea el lugar que en él ocupen, viven, en el ejercicio de su respectiva actividad, las virtudes cristianas; si los no cristianos viven las virtudes morales de acuerdo con la ley natural, que a todos obliga y a todos los que con sinceridad la buscan les es dado conocer; si el sistema político-jurisdiccional responde a los principios en que ha de basarse la búsqueda del bien común; entonces este conjunto de factores o, para utilizar la terminología de nuestro común amigo Michael Novak, amablemente citado por el ponente, el "sistema tripartito" -económico, cultural e institucional- producirá, tanto desde el punto de vista económico como desde el punto de vista ético, los mejores resultados que cabe esperar en esta tierra. Ahora bien, y esta sería mi propia tesis, aunque el sistema de valores y el sistema institucional sean perfectos, si el sistema económico no se basa en los principios del capitalismo, o economía de libre mercado, los resultados no podrán ser satisfactorios ni económicamente ni éticamente. En efecto, el socialismo no puede producir resultados económicos aceptables porque los socialistas tienen una visión deformada de la realidad. Están dominados, en palabras de Von Hayek, por la fatal arrogancia de pensar que las cosas sucederán como ellos las planifican. Pero la experiencia dice que no es así. Para ponerlo en términos humorísticos, el socialismo es como un electrodoméstico en el que las instrucciones de funcionamiento no coinciden con la realidad del mecanismo; aprietas el botón de la lavadora y no sucede lo que se supone debía de suceder. Y no puede ser de otra forma, porque, como demostró en su día Von Mises, el cálculo económico socialista es imposible. Pero, aunque por un imposible y en contra de la experiencia de todos los lugares donde se ha implantado a fondo el socialismo, el modelo proporcionara resultados económicos favorables, éstos no serían éticamente aceptables porque, en palabras del propio Juan Pablo II, el error fundamental del socialismo es un error antropológico, ya que este sistema vulnera la libertad del hombre, que es la característica distintiva y esencial de la persona humana y en la que, junto con la racionalidad, radica su dignidad. El socialismo, a cambio de la promesa de bienestar para todos, coarta la libertad de las personas, para acabar incumpliendo también la promesa de bienestar. En cambio, el capitalismo, que no promete la igualdad de resultados para todos, porque además de imposible es inmoral, es un sistema que estimula a todos a desarrollar la creatividad empresarial -todo hombre es empresario de su propio proyecto de vida- para, asumiendo el riesgo, crear, mediante la cooperación, riqueza y bienestar para sí y para los demás. Es cierto que el capitalismo, por sí mismo, no puede conducir a la vida plena, en el sentido aristotélico del término, pero no solamente no lo impide sino que, arropado por una correcta axiología y un sólido marco institucional, es capaz de hacerlo, cosa que no se da en el sistema antagónico, que llamamos socialismo, ni en los socialdemocráticos sistemas híbridos, en los que se pretende hacer convivir -malvivir- el mercado con la intervención estatal. Es por ello que, en mi opinión, el capitalismo, y sólo él, bien merece "three cheers", con aplauso total. Pamplona, 7 de mayo de 1999 Rafael Termes |
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