LA RIQUEZA
Curso de ética en los negocios organizado por la Librería Diálogo
Madrid, 22 de marzo


Los organizadores de este curso de ética en los negocios me han pedido que intervenga en el mismo con una disertación sobre "La Riqueza". Agradezco a Librería Diálogo la distinción de que me ha hecho objeto y acepto, no sin cierto temor, la oportunidad de hablar sobre un tema que, de entrada, puede tener ciertas connotaciones negativas, por lo menos para un determinado público, que ve en la riqueza algo más merecedor de crítica que digno de elogio, a pesar de que muchos otros van desaforadamente tras ella, sin preocuparse demasiado de los medios de lograrla.

Por lo que acabo de decir ya se ve que se trata de una materia compleja. Por lo tanto, para precisar mi pensamiento, tendré que proceder con un cierto orden, empezando por definir lo que hay que entender por riqueza.

El diccionario de la Real Academia Española dice que riqueza, en su primera acepción, es la abundancia de bienes y cosas preciosas, aunque, apoyándonos en la tercer acepción, podemos colegir que se trata de una abundancia relativa; lo cual no dejará de sernos útil para el desarrollo de las ideas que quiero exponer.

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Es evidente que el hombre, en su polifacético obrar, busca inexorablemente la felicidad, de acuerdo con su particular manera de entenderla, aunque en la apreciación de lo que apetece como bueno pueda errar, y de hecho yerra frecuentemente. Pero acertando o errando, en esa busca de la felicidad, el hombre se propone fines, se fija objetivos. Y entre estos objetivos, ocupan un lugar destacado los encaminados a satisfacer no sólo las necesidades básicas o de subsistencia -en las que el hombre no se diferencia de los animales irracionales-, sino también y sobre todo las necesidades superiores, que únicamente el hombre siente, y que comprenden, con los bienes del espíritu, la "inclinación -en palabras de Millán Puelles- hacia lo que se llama el bienestar, como una realidad condicionada por el uso de las cosas materiales no absolutamente imprescindibles para poder mantenerse en la existencia". Ahora bien, como queda aludido, el bienestar, que descansa en el uso de los bienes materiales, cuya acumulación en mayor o menor grado constituye la riqueza, contribuye al logro de una parte de esta felicidad que el hombre busca. Digo bien una parte, y desde luego no la mayor, para poner de relieve que la riqueza es un concepto relativo, no sólo porque, dado su carácter comparativo, es difícil definirla en términos objetivos, sino porque, en orden a la felicidad, es evidente que la riqueza no siempre la proporciona y, a sensu contrario, sin riqueza se puede ser feliz. Sin embargo, tampoco me parece ocioso señalar que, como el mismo Antonio Millán ha hecho notar, es sintomático que la tendencia del hombre al bienestar "haya sido afirmada por el filósofo y teólogo Tomás de Aquino -que, además de vivir en la Edad Media, no parece dar pie a que se le tenga por ningún hedonista"-, quien en sus obras hace frecuentes referencias a un buen vivir material como objetivo intermedio, noble y deseable, para mejor atender al cultivo de los bienes superiores.

Si el hombre ha sido dotado de esta tendencia innata al bienestar era necesario que quien la había impreso en su naturaleza le diera también los medios de satisfacerla. Y así ha sido. Leemos en el capítulo primero del Génesis que Dios al crear al hombre, varón y mujer, les dijo: "Creced y multiplicaos; llenad la tierra y dominadla". Y en el capítulo segundo del mismo libro se añade que "Yahveh tomó al hombre y le puso en el jardín de Eden para que lo trabajase". Se trata, pues, de una donación, acompañada de un mandato: dominar la tierra y hacerla fructificar para, con el fruto del trabajo, satisfacer el natural deseo de bienestar.

Esta conjunción de tierra y trabajo que presidió los albores de la vida humana, es la que Adam Smith (1723-1790), reconocido como el fundador de la ciencia económica, recoge en las últimas líneas de la Introducción a "La riqueza de las naciones", cuando, como de paso, dice que la riqueza es "el producto de la tierra y el trabajo de la sociedad". Y ésta es toda la historia de la Humanidad, en su vertiente económica. El empeño de los hombres en investigar los secretos de la naturaleza y sacar de ellos, una vez descubiertos, más y más ventajas para un mejor vivir, es una demostración racional de que el hombre, sabiéndolo o ignorándolo, con mérito o sin él, está cumpliendo el cometido que Dios, al hacerlo a su imagen y semejanza, le confió. De esta forma, la creación sigue abierta y Dios hace el mundo de nuevo cada día, pero con nuestro trabajo, porque, en frase inspirada del poeta Luis Rosales, "nosotros somos las manos de Dios".

Que Dios haya otorgado a todos los hombres el dominio sobre todas las cosas de la tierra no quiere decir que se trate de una donación comunitaria o proindiviso. Se trata más bien de un legado de carácter abstracto, en el que se deja a las legítimas instituciones de la sociedad la determinación de los criterios para la adjudicación de bienes, siendo evidente, para mí, que el mejor criterio, en orden al bien común, es el que conduce a la propiedad privada de los bienes, incluidos los de producción. Esta es la doctrina de Santo Tomás de Aquino, quien, volando muy por encima de la postura de los escolásticos anteriores y posteriores a él, y sintetizando magistralmente las ideas de Aristóteles en su Tratado de Política, funda la necesidad de la posesión privada en las tres razones siguientes derivadas de la observación de la vida humana: primero, por la mayor solicitud que se da cuando uno gestiona lo propio; segundo, por el mayor orden en la administración cuando a cada uno incumbe la gestión de sus propios intereses, y tercero, porque el estado de paz se conserva mejor cuando cada uno está conforme con lo suyo.

Es decir, el régimen de propiedad privada constituye el camino adecuado para que pueda convertirse en real y no teórico, en eficiente y no conflictivo, el dominio natural de todos los hombres sobre las cosas creadas. Con lo cual podemos terminar diciendo, con el mismo Santo Tomás, que "la propiedad de las posesiones no es contraria al derecho natural, sino que se le sobreañade por conclusión de la razón humana".

Como enseña el profesor Javier Hervada, de la Universidad de Navarra, "la ley humana deriva de la ley natural de dos modos: por conclusión y por determinación. Hay derivación por modo de conclusión, que es la palabra usada por el Aquinatense en este lugar, cuando el contenido de la ley humana se deriva como la conclusión de un juicio o silogismo práctico. Por ejemplo, tal o cual conducta delictiva debe ser castigada, lo cual es una conclusión que se deduce del principio de ley natural de que todo mal debe repararse y expiarse. La determinación, en cambio, es una opción (por lo tanto entraña una elección) entre las distintas posibilidades que se le abren al hombre de cumplir muchos preceptos de ley natural. Santo Tomás resalta una diferencia importante entre las leyes que se derivan por conclusión y las que se derivan por determinación. Estas segundas reciben toda su fuerza de la ley humana (son por lo tanto derogables y variables); en cambio las primeras, las que, como en el caso de la propiedad privada, derivan por conclusión, reciben toda su fuerza a la vez de la ley natural y de la ley humana; por consiguiente sólo pueden cambiar o variar en lo que de componente humano tengan; no, en cambio, en lo que tienen de natural".

No es, por lo tanto, nada extraño que la doctrina social católica legitime la propiedad privada de los bienes, incluidos los de producción. Podemos ver que así es, salpicando los textos, desde la "Rerum novarum", donde leemos que "poseer bienes en privado es derecho natural del hombre"; pasando por la "Mater et magistra" en la que Juan XXIII afirma que "el derecho de propiedad privada, aun en lo tocante a bienes de producción, tiene un valor permanente, ya que es un derecho contenido en la misma naturaleza"; para llegar a la "Laborem exercens" y la "Centesimus annus", documentos en los que Juan Pablo II recuerda que, desde la declaración contundente de León XIII, en contra del socialismo de su tiempo, "este derecho -a la propiedad privada- fundamental en toda persona para su autonomía y su desarrollo -son palabras del Papa- ha sido defendido siempre por la Iglesia hasta nuestros días".

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Legitimado el derecho a poseer bienes en propiedad privada, debemos entrar en lo que, pienso, se espera de mí, en un curso de ética de los negocios, en relación no ya con la propiedad, en términos generales, sino con la posesión de bienes en aquella cantidad que, comparativamente, permite afirmar que una persona es rica. Insisto en matizar la frase con el inciso "comparativamente", porque es evidente que, ubicados, por ejemplo, en el mundo septentrional, la posesión de bienes en cantidad que, en una determinada época de la historia, permitía afirmar que la persona era rica, hoy induciría a clasificar a la misma persona entre la clase media baja. Idéntica relatividad se infiere si la misma cantidad de bienes se atribuye a personas residentes en distintas partes del mundo; lo que en un continente determina ser rico, en otro continente no significa haber rebasado el nivel de la pobreza.

Sin embargo, hechas estas precisiones, por afán tal vez perfeccionista, creo que cuando decimos que una persona es rica, entendemos que posee bienes en aquella abundancia que, aquí y ahora, define la riqueza. Pues bien, desde un punto de vista moral, ser rico no es bueno ni es malo, como no lo es tampoco ser pobre. Depende de la manera cómo la riqueza ha sido adquirida y del uso que se haga de ella. Ser rico, y hasta muy rico, por herencia o como resultado de una honrada actividad, no es razón para, desde el punto de vista moral, ser calificado negativamente; como ser de familia pobre y serlo a pesar del propio trabajo, no es tampoco motivo, en sí mismo, para hacerse acreedor a la alabanza moral.

En cuanto a la manera de adquirir la riqueza, si una persona es rica por su casa o se ha enriquecido por medios éticamente correctos, sin robo, fraude o engaño, este enriquecimiento es moralmente bueno; pero si ha acumulado su fortuna por medios torcidos, robando, mintiendo, sobornando, extorsionando, defraudando, entonces este enriquecimiento es malo. La corrección en cuanto a los medios de adquisición de la riqueza es, por lo tanto, una condición necesaria; pero no es suficiente para calificar positivamente al rico. Hace falta ver el uso que hace de su riqueza.

Viniendo pues al empleo de las riquezas, pienso que atesorarlas avariciosamente, sin provecho de nadie, o despilfarrarlas ostentosamente con injuria de los necesitados, son maneras inmorales de usar de las riquezas. Lo correcto, desde el punto de vista moral, es que el rico viva la solidaridad con los demás, haciendo un uso altruista, generoso, magnánimo de sus riquezas; lo cual no significa, forzosamente, desprenderse de ellas. Entiendo que la economía superó el estadio de suma cero, en el cual "lo que yo tengo te lo he quitado a ti". Esta concepción conduce a la formulación predilecta de la izquierda: hay pobres porque hay ricos y, también, cuanto más ricos son unos más pobres son otros. Si esto fuera así, la única forma de altruismo consistiría en procurar la mejoría del prójimo, desprendiéndose de lo propio para dárselo a él. Pero esto no es así; la economía dinámica, de producto creciente, no desemboca en un puro reparto de la tarta estable, sino en una participación de todos en una tarta cada vez mayor.

Es cierto que el progreso que impulsa a la humanidad a mayores cotas de bienestar coexiste con desniveles de fortuna y de ingresos; pero no es menos cierto que el resultado de esta evolución es que cada uno de los grupos avanza constantemente hacia situaciones de bienestar superiores a las que disfrutaba en el pasado y muy superiores a las que tuvieron sus antepasados. Dejo aparte, porque nos llevaría demasiado lejos, analizar si los grupos que, provenientes de estadios inferiores de riqueza, son más o menos felices que eran sus mayores o ellos mismos en las situaciones de donde vienen. Es ésta una cuestión harto difícil, ya que, por un lado, como vengo insistiendo, la riqueza, o la pobreza, es un concepto relativo, que dice en relación a la de los otros, y, por otro lado, las situaciones abandonadas, por ejemplo, la aldea rural, siendo de inferior nivel económico podían suponer más consideración social o mayor realización personal.

Decir que desprenderse de los propios bienes para darlos, regalarlos, a los otros no es la única forma de vivir la solidaridad, no significa negar el alto valor de dar, sin contrapartida, ni discutir el provecho moral que obtiene el que practica la dadivosidad para acudir a remediar las necesidades patentes o encubiertas del prójimo. Sin embargo, pienso que la solidaridad se practica también, y tal vez con mejor resultado para los otros si, en vez de dar, se invierte para promocionar o fomentar la creación de riqueza y bienestar. Es lo que me gusta llamar la creatividad para la solidaridad. Contra el atesoramiento del avaro y el despilfarro del pródigo, que son dos formas opuestamente viciosas de usar las riquezas, la magnificencia, que es virtud moral, del emprendedor. A este respecto se ha dicho, y pienso que con mucha razón, que si en la economía de suma cero el ejemplo a imitar puede ser el de San Martín de Tours partiendo su capa con el mendigo, en la economía de riqueza creciente el ejemplo sería más bien el del que crea una fábrica de capas para producirlas a bajo precio. Con ello, serán muchos los que tendrán un puesto de trabajo en la nueva fábrica y muchos más los que podrán comprarse no media capa sino una capa entera.

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Todo lo dicho hasta aquí, que cabe interpretar como la defensa del buen rico, puede contrastar con la opinión de aquellos, que se tienen por espirituales. Estas personas, que más bien habría que llamar "espiritualistas", descalifican moralmente al rico, por el simple hecho de serlo; para ellos, el bueno es únicamente el pobre, también por el simple hecho de serlo, de forma que solamente el pobre merece consideración y respeto, frente al desprecio moral a que se hace acreedor el rico. Algunos de los que adoptan esta postura son cristianos que, para sostenerla, se basan en la perícopa del Evangelio de San Marcos (Mc. 10, 17-31) en la que, a propósito del episodio del joven rico, el Señor advierte del peligro de las riquezas y promete recompensas a los que practican el desprendimiento. Los versículos que más nos interesan son el 23, donde leemos que "Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios" y el 25, que añade: "Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios".

No pretendo, como algún exégeta parece haber intentado, rebajar el nivel de la dificultad expresada por el Señor, recurriendo a la posibilidad de que no se refiriera propiamente a la aguja, sino a cierta puerta estrecha a la que el nombre aludiría. O, en méritos a la semejanza de las palabras griegas, corrigiendo "camello" por "calabrote", cabo grueso que, aun siendo todavía imposible, teóricamente pasaría con menos dificultad que el camello por el agujero de la aguja. Nada de esto es necesario; la verdad es que Cristo pone de relieve el peligro que entrañan las riquezas, enfatizándolo mediante una figura hiperbólica, como hizo tantas veces en su predicación.

Es cierto que estas palabras del Salvador dieron pie a que, en los dos primeros siglos del cristianismo, existieran grupos que descalificaban totalmente a los ricos, adoptando una "mística de la pobreza", al estilo de la que, en épocas de grandes desigualdades y flagrante injustica social, utilizaron, para fustigar los abusos de los ricos, los antiguos profetas de Israel. Desde esta mística, los pobres, por el simple hecho de serlo, eran los predilectos de Yaveh, mientras que los ricos eran infieles a Su voluntad. Pero, no es menos cierto que, en estos mismos primeros tiempos, sobre todo en comunidades más desarrolladas, existían minorías acomodadas y con notable grado de formación cultural, que no veían incompatible su situación económica con la adhesión al cristianismo. Defensor eximio de esta postura fue Clemente de Alejandría (150-215) quien entre otras obras escribió un opúsculo -bien estudiado, en nuestros días, por el Dr. Juan Churruca, profesor emérito de la Universidad de Deusto- opúsculo que ha pasado a la historia con el título, en latín, "¿quis dives salvetur?", en el que trata profusamente de la posibilidad de salvación de los ricos.

Esta polémica nos lleva a reformular la pregunta, inquiriendo de qué rico habla el Señor en los versículos de Marcos. La respuesta, a mi juicio, se halla, dentro de la enseñanza de todo el Evangelio, en la primera bienaventuranza que, en el texto de San Mateo, dice así: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos". De donde se deduce que lo que el Señor encarece y alaba es no tanto la pobreza efectiva como la pobreza de espíritu, es decir, el desprendimiento afectivo de los bienes materiales, cuyo valor instrumental no ha de ser desvirtuado por el desordenado aprecio. El rico que Jesús fustiga no es el que tiene bienes materiales sino el que se apega a ellos o los emplea desordenadamente. Sobre esta base, Clemente alejandrino afirma que "la carencia de bienes temporales es irrelevante en el campo ético-religioso: no hace a los que la padecen ni más felices, ni más queridos de Dios, ni poseedores de la vida eterna. Más aún, quien se encuentra en situación de extrema pobreza se halla polarizado por la preocupación de salir de ella por cualquier medio". En otros pasajes añade que "los pobres pueden ser viciosos y los ricos virtuosos" y que "el que carece de bienes materiales puede ser rico en pasiones, porque la constitución de la naturaleza humana lleva a que en esas circunstancias se ahogue el razonamiento y se inflamen las apetencias congénitas". Es decir, lo que nos consta por nuestra cotidiana experiencia: hay ricos que son pobres, por el desprendimiento de los bienes que poseen y el uso benéfico que de ellos hacen; y hay pobres que son ricos, por el apego a lo poco que tienen y su desordenada ambición a poseer lo que no tienen.

La conclusión del opúsculo de Clemente, textualmente citada, es que "el Salvador no excluyó en modo alguno a los ricos por razón de la riqueza en sí misma y de la abundancia de sus bienes, ni les cerró el camino de la salvación, con tal de que pudieran y quisieran someterse a los mandamientos de Dios, estimaran su vida (eterna) en más que las cosas temporales y pusieran su mirada atentamente en el Señor como en un buen piloto". Es decir, no todo rico merece el beneplácito de Dios, sino, en palabras algo retóricas del propio maestro alejandrino, "el que tiene bienes y oro y plata y cosas como don de Dios y sirve con ellas a Dios que se las dio, y consciente de que ha adquirido estas cosas en razón de sus hermanos más bien que en razón de sí mismo, y tiene el dominio (interno) de la posesión de las riquezas, y no es esclavo de las cosas que posee, ni las tiene constantemente en el alma, ni limita y circunscribe a ellas su vida, sino que constantemente se esfuerza en alguna obra buena y divina, y en el caso de que fuese privado de ellas, es capaz de sobrellevar su privación con la misma serenidad que su presencia, ese es el proclamado bienaventurado por el Señor, y llamado pobre de espíritu, ya preparado como heredero del reino de los cielos".

Pienso que la doctrina sostenida por Clemente de Alejandría refleja correctamente la moral, en orden a las riquezas materiales, que nos transmitió Cristo con su ejemplo y su palabra. En efecto, el Verbo de Dios asumió la naturaleza humana, tomándola, por obra del Espíritu Santo, de las entrañas de la Virgen María, esposa de José que, siendo artesano, no dejaba de ser de estirpe real, ya que su ascendencia remontaba hasta el rey David. Así pues, Jesús, que podía haber nacido rico, prefirió nacer artesano, tal vez, digo yo, para reflejar un nivel medio de vida, destinado a ser el del hombre corriente, y con su trabajo se ganó el sustento, durante los largos años de su vida oculta. Es cierto que sus apóstoles, con la excepción de Mateo, no era gente rica; de los que conocemos detalles, sabemos que sólo tenían, para vivir, sus barcas y sus redes. Pero llamó al rico Zaqueo, subido al sicómoro, sin mandarle desprenderse de sus bienes, como tampoco lo hizo con Mateo. Mostró su predilección por los pobres y abandonados, pero no desdeñó tratar a los ricos, en cuyas casas, como en la de Simón, llamado el leproso, comió. Sus amigos Lázaro, Marta y María, de cuya hospitalidad gozó frecuentemente, eran sin duda gente acomodada, como lo fue Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes, y Susana y otras mujeres que, como relata el Evangelio, acompañaban a Cristo en sus recorridos asistiéndole con sus bienes. Ricos fueron José de Arimatea, miembro respetable del Consejo, y Nicodemo, amigos discretos del Señor que, no habiéndose hecho presentes en los momentos de triunfo, dieron su cara por Él a la hora de la desbandada de los discípulos y con la obra de misericordia de enterrar Su cuerpo, aportando el sepulcro y el embalsamamiento, demostraron que sin bienes propios no se puede ayudar materialmente al prójimo. Esto hace bueno que Clemente de Alejandría diga que no sería lógico que Jesús, al mismo tiempo, mandara, a todos, desprenderse de los bienes y hacer obras de misericordia.

Es probablemente cierto que, en la época apostólica, hubo algunos grupos de cristianos que practicaron la comunidad de bienes, pero ni fue considerado obligatorio ni constituyó la tónica general. Bien lo prueba el episodio de Ananias y Safira, cuando entregaron parte del precio del campo que vendieron, quedándose con el resto. No fueron reprendidos y castigados por ello, sino por el engaño que confabulándose tramaron, como lo dejó claro Pedro al decir, refiriéndose al campo: "¿Es que mientras lo tenías no era tuyo, y una vez vendido no podías disponer del precio? ¿Por qué determinaste en tu corazón hacer esto? No has mentido a los hombres sino a Dios". El príncipe de los apóstoles no reputó moralmente incorrecto querer tener una propiedad privada, sino mentir para aparentar que generosamente se desprendían de la totalidad, quedándose ocultamente con una parte de la venta.

La conclusión de todo lo que acabamos de ver es que el rico no sólo puede esperar salvarse, sino que, como todos los demás hombres, está llamado a la perfección espiritual individual y, además, puede hacer mucho bien a las demás personas, gracias al uso generoso y magnánimo que puede y debe hacer de sus bienes propios.

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Tenemos que recapitular. Ser rico, moralmente hablando, ni es bueno ni es malo. Depende de la manera cómo ha sido adquirida la riqueza y del modo cómo se emplee. Para que una persona rica pueda ser calificada como éticamente correcta, en lo que respecta a la posesión de su riqueza, es necesario que la haya adquirido por procedimientos que estén en conformidad con las normas morales, o sea, para decirlo negativamente, sin robo, mentira, violencia, fraude o engaño. Pero es, además, necesario que el empleo que haga de su riqueza sea moralmente correcto y, en especial, que, sin merma de redundar en beneficio propio, lo cual es totalmente lícito, repercuta favorablemente sobre los demás, es decir, contribuya al bien común. Porque, si es verdad que existe un derecho a la propiedad privada, reconocido como de carácter natural, este derecho no es un derecho absoluto, ya que, en palabras de la "Centesimus annus" del Papa Juan Pablo II, en su naturaleza de derecho humano lleva inscrita la propia limitación. Ya Tomás de Aquino, en relación con las facultades del hombre sobre los bienes exteriores, había distinguido entre la facultad de poseer -potestas procurandi et dispensandi- a la que no pone límites, y la facultad de usar o disfrutar de los mismos -usus ipsarum- que condiciona a la satisfacción de las necesidades de los demás. De forma que el individuo tiene sobre los bienes poseídos un poder propio, personal, pero de gestión y distribución, es decir, de administración en orden al bien común, que le impide atribuirse un uso exclusivo, absoluto e ilimitado sobre los mismos. Según la mente de Santo Tomás, en la raíz misma de la disposición, inherente al dominio sobre los bienes propios, sean estos de la cuantía y calificación que sean, está el ingrediente de su alteridad, el provecho de los demás, en función precisamente del destino universal de los bienes, como consecuencia del legado de carácter abstracto que Dios, en el origen de los tiempos, otorgó en favor de todos los hombres, al darles el dominio sobre todas las cosas de la tierra.

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Una manera, a mi entender, excelente de cumplir con esta búsqueda del provecho de los demás, sin merma del interés propio racional, es la decisión de lanzar una empresa y asegurar su continuidad, para prestar servicio a la sociedad y, creando puestos de trabajo, generar rentas satisfactorias para los que, de una forma u otra, participan en la empresa. Pero esta creatividad empresarial, que es la base del progreso y el bienestar, hay que ejercerla teniendo siempre presente que la empresa es el centro de una comunidad de personas, ya que personas son las que, suministrando capital de riesgo, trabajo y dirección para el logro del objetivo empresarial, interaccionan en el interior de la empresa; y personas son las que, desde su exterior, en calidad de proveedores de capital de deuda, de mercancías y servicios, o en calidad de clientes, se relacionan con las personas que integran la empresa.

La consecuencia es que, si la actividad empresarial, los negocios, tienen lugar entre personas, todas las decisiones y actuaciones deberán respetar la dignidad propia de la persona, como ser racional y libre, y contribuir a su realización integral. Todos los actos del empresario, así como los de sus colaboradores, a todos los niveles, en tanto que libres, son actos humanos; es decir, imputables a la persona y calificables moralmente. Para esta calificación, hay que atender a las fuentes de la moralidad que, de acuerdo con la ética realista, son el fin de la obra, la intención del agente y las circunstancias, entre las cuales destacan las consecuencias. Solamente en el caso de que los tres parámetros dichos resistan positivamente la comparación con la norma moral, el acto, en este caso los actos empresariales, los negocios, podrán ser calificados de moralmente correctos. El fin de la obra es la materia propia del negocio, la naturaleza en su actividad. Si ésta no es correcta, la actividad queda moralmente dañada; por esto hay empresas que por negociar, por ejemplo, con la pornografía, la droga, el aborto, etc. no se justifican moralmente, por muy buena que, por paradoja, pudiera ser la intención del empresario y por muy favorables que resultaran las consecuencias económicas para accionistas y trabajadores; que, por otra parte, deben serlo, ya que, si la empresa no genera valor para los accionistas y rentas para los trabajadores, aunque la materia y la intención sean sin tacha, la empresa no se justifica económicamente.

Por último, la intención del agente -que, si es mala, puede convertir en perversa una actividad en sí misma impecable- tiene especial importancia en el mundo de la empresa, porque la intención que tienen las personas que se mueven dentro de la empresa, es decir, la motivación que les lleva a actuar, es un tema complejo. Y lo es, porque siguiendo al profesor Juan Antonio Pérez López, del IESE, desaparecido hace poco tiempo, las motivaciones para realizar una acción son diversas y de distinta naturaleza. Él las clasifica en motivaciones extrínsecas, motivaciones intrínsecas y motivaciones trascendentes.

Intentaré pues, acabar esta exposición resumiendo, en la forma más breve que me sea posible, las ideas básicas sobre la organización empresarial a partir de esta clasificación de las motivaciones humanas.

La motivación extrínseca es aquella que mueve a realizar la acción por aquello que puede obtenerse desde fuera -salario, prima, ascenso, estatus- y cuya tipificación es el dinero. Moverse por esta clase de motivación, en la empresa se traduce, en principio, en "eficiencia", y la capacidad para gestionar un modelo organizativo basado en motivaciones extrínsecas, que puede con razón llamarse paradigma mecanicista, es la "capacidad estratégica". Pero las personas no se mueven sólo por dinero; la satisfacción en la tarea que se realiza, y que constituye la motivación intrínseca, también cuenta. Si esto se considera, el paradigma pasa de mecanicista a psicosociológico; el resultado es la "atractividad", que se traduce en la fidelización del trabajador a la empresa; y la capacidad para gestionar este modelo es la "capacidad ejecutiva". Por último, en el interior de todas las personas, aunque en muchos casos en forma latente, existe la motivación trascendente que es la fuerza que mueve a obrar por lo que nuestra acción produce en los demás, es decir, por el afán de servir. Al modelo organizativo que tiene en cuenta las tres clases de motivación, Pérez López le llama paradigma antropológico, porque se basa en la verdad de la persona humana; en su realidad integral. Este paradigma, que es el único completo, produce la "unidad" dentro de la empresa, en la medida que el motivo de servir a los demás, que tiene cada uno, se identifica con el fin de la empresa que, amén de generar valor económico, es precisamente prestar servicio a la sociedad. La capacidad directiva para gestionar este paradigma antropológico es el "liderazgo" que, con el propio ejemplo del líder por delante, tira de las personas de la empresa, despertando sus motivaciones trascendentes para que, unidas a las intrínsecas y extrínsecas, produzcan los mejores resultados tanto éticos como económicos.

No me cabe duda que una empresa regida por el paradigma antropológico es una excelente manera de emplear los bienes materiales, la riqueza, en suma, que, en mayor o menor grado, es necesaria para crear y llevar adelante la empresa.


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