Palabras de agradecimiento pronunciadas en la cena homenaje que, con motivo de su 80 aniversario, le fue ofrecida por la Fundación Independiente.
Madrid, Hotel Ritz, 3 de diciembre de 1998


Mi respuesta a todo lo que acabáis de decir puede sintetizarse en una sola palabra: gracias. No penséis, sin embargo, que voy a hacer como aquel que, en ocasión semejante, después de haber pronunciado esta palabra, se sentó y por mucho que le aplaudieron no lograron que se volviera a levantar para añadir algo a tan escueta sentencia. Entiendo que todo lo que habéis hecho para organizar este acto y la molestia que os habéis tomado para acudir a él, merece y exige que intente expresar con algunas palabras más las gratitudes que, en esta efemérides, llenan mi corazón.

Gracias, pues, en primer lugar, a Dios que después de haberme concedido la gracia de nacer en el seno de una civilización cristiana, me ha conducido de su mano hasta hacerme llegar a los ochenta años de vida que, si El quiere, cumpliré pasado mañana. Gracias a mis padres que me criaron y me otorgaron la más valiosa de las herencias consistente en una buena educación para afrontar los avatares de la vida. Gracias a todos aquellos que, en tantas ocasiones, me han ayudado a no perder el camino o a regresar a él. Joan Maragall, que era aficionado al montañismo, como bien sabéis también lo soy yo, cuenta que una vez, en los Pirineos, andaban perdidos en el encrespado mar de piedras de las cimas, interrogando en vano la muda inmensidad de las montañas. De pronto, dice el poeta, envuelto en el gritar del viento, oyeron un son de esquilas y descubrieron una yeguada que, abajo, en raro verdor, pacía. Hacia allí se encaminaron hasta dar con el pastor, al que, ansiosamente, pidieron ayuda; y él, que parecía de piedra, volviendo los ojos en su rostro extático, alzó lentamente el brazo para señalar una dirección y sólo dijo: aquella canal. Les había mostrado el camino adecuado para que la marcha montañera acabara felizmente.

Si en lo que habéis dicho de mí, exagerando desde luego por el cariño que me tenéis, hay algo de cierto, es porque también yo he tenido la suerte de encontrar en el camino de mi vida personas que con sus enseñanzas, con su ejemplo y con su aliento me han ayudado a seguir, a pesar de mis muchas deficiencias, el rumbo correcto. Entre ellas no puedo dejar de citar, de forma especial y muy eminente, a Monseñor Escrivá de Balaguer, a quien Dios quiso que conociera, siendo yo muy joven, y de quien aprendí, con muchas otras cosas, el amor a la libertad y el amor a la verdad. Amor a la libertad propia y a la libertad de los demás, que siempre hay que respetar. Amor a la verdad, que nos hace libres, convencidos de que la verdad objetiva existe y que, si bien nuestro conocimiento es incierto, debemos luchar por alcanzarla, buscándola incansablemente, en diálogo racional con los que, tal vez, piensan haberla hallado con conclusiones distintas de las nuestras.

Gracias a todos los que, a lo largo de los años, de una forma u otra, me han prodigado bienes de todas clases, y gracias también a aquellos que, si los hubo me he olvidado, tal vez intentaron hacerme daño, porque los que voluntaria o inconscientemente nos causan contrariedades, nos prestan el gran servicio de ayudarnos a entender que, dada la trascendencia de nuestro destino, no debemos cifrar la felicidad exclusivamente en las satisfacciones terrenas. A nadie guardo rencor y a muchos agradecimiento; si a alguien ofendí, pido sinceramente disculpas.

Gracias, muchas gracias, especialmente a ti Ignacio, por la iniciativa de este acto, dando prueba del afecto que me tienes y que bien sabes correspondo, acto que, con la tenacidad que todos conocemos, a pesar de mi resistencia, has llevado a término. Gracias a vosotros, Giorgio, Eduardo y José Tomás, por las palabras que habéis pronunciado. Gracias a todos, queridas amigas y amigos, por vuestra presencia y gracias también a aquellos que no habiendo podido asistir han mandado su adhesión; gracias por la amistad que habéis querido demostrarme, una vez más, en esta noche, para mí entrañable. La amistad, cuando es verdadera, es, entre todas las virtudes humanas, la de más categoría y la que nos proporciona las mayores satisfacciones y también la que nos depara las mayores amarguras si, en alguna ocasión, la vemos traicionada. Por eso, sin duda, nos da tanto gozo en las ocasiones importantes, sean alegres sean tristes, sentirnos rodeados del calor de los amigos. No en balde, ya Aristóteles decía que la amistad es algo necesario, porque sin amigos nadie querría vivir aunque poseyera todos los demás bienes, pero además -sigue diciendo el filósofo- la amistad es algo hermoso, porque el amigo es el otro yo de uno mismo.

He dicho que la amistad, para que merezca los calificativos que acabo de asignarle, debe ser verdadera. Y en vuestro caso es patente que lo es, porque, si necesitara alguna demostración, que no la necesito, me bastaría considerar que este homenaje que me dedicáis lo hacéis a alguien de quien, a esta altura de su vida, no podéis esperar otra correspondencia que un sincero afecto. Y esta clase de amistad, desinteresada, es expresión del amor de benevolencia que, por no buscar otra cosa que el bien del amigo, es la forma más excelsa del amor.

Si esto es así, como lo es, a la amistad que me demostráis corresponde, por mi parte, el deber de la gratitud, gratitud que anida en mi corazón y que intento expresar con estas palabras que voy pergeñando. Es de bien nacidos hacerlo así, como recomienda Séneca cuando dice: demostremos efusivamente lo agradecidos que estamos por los beneficios recibidos y hablemos de ello no sólo cuando el bienhechor nos oye, sino en todas partes.

Por eso ahora, siguiendo el consejo del filósofo cordobés, a pesar de que la Ministra de Educación y Cultura, por haber tenido que ausentarse, no podrá oírme, quiero orientar mis palabras de agradecimiento hacia el motivo particular y sobresaliente derivado del otorgamiento, a su iniciativa, de la condecoración que me ha impuesto antes del comienzo de la cena y que me introduce en la Orden de Alfonso X el Sabio, ese Rey que, si no se distinguió por sus méritos políticos y militares, ha pasado a la Historia como el protagonista de una de las más elevadas cimas culturales de la Edad Media Europea. El hijo de Fernando III el Santo, Rey como su padre de Castilla y León, tuvo el gran acierto de impulsar el empleo de la lengua vulgar como lengua de las ciencias y de las letras en dominios hasta entonces limitado al latín y al árabe. Por su obra jurídica, "Las Partidas"; por sus obras poéticas, entre las que descuellan "Las Cantigas de Santa María" en las que, en galaico-portugués, empieza diciendo que "des oge mais quer eu trobar/pola Sennor onrrada/en que Deus quis carne fillar/beeyta et sagrada"; por sus obras científicas; por sus obras históricas; por toda su obra, en fin, Alfonso el décimo merece sobradamente el título de Rey Sabio con el que es universalmente designado, y explica que España, en 1939, creara la Orden que lleva su nombre, para premiar la actuación en la educación, la ciencia, la cultura, la docencia y la investigación.

No ignoro que en la apreciación de mis méritos para acceder a la Orden de Alfonso X el Sabio ha jugado un papel determinante el aprecio que me profesa la Ministra de Educación y Cultura, Gran Canciller de la Orden, lo cual me insta a recibir el galardón no sólo con reconocimiento sino con obligada modestia. Pero si eso es cierto, no lo es menos que tal distinción me obliga, en primer lugar, a expresar, con mi agradecimiento, el testimonio de respeto y lealtad a Su Majestad el Rey, Gran Maestre de la Orden, en cuyo nombre se otorgan las distintas categorías de la misma. Y, en segundo lugar, me obliga, en adelante, a desear más el don de la Sabiduría, que don es, por encima de la ciencia y de la cultura, lo que nos coloca en condiciones de poder juzgar con verdad sobre las situaciones y las cosas de esta vida.

Que no es malo desear la sabiduría, así entendida, aun a sabiendas de que tal vez nunca la podamos alcanzar, lo prueba que, como relata el Libro de los Reyes, plugo a los ojos de Yahveh que Salomón, en vez de pedir larga vida o riquezas, le pidiera discernimiento para saber juzgar entre el bien y el mal. Es en este sentido, y sólo en éste, que me atrevo a decir que, si el paso de los años no trae todas las bendiciones que se describen en los tratados "De senectute", en cambio, me parece que sí ofrece la ocasión de una sabiduría especial. No me refiero a que el avanzar del tiempo, al descubrirnos que "nihil sub sole novum", puede proporcionarnos un escepticismo que sería más bien "contrasabiduría". No; las abundantes experiencias acumuladas en la edad avanzada pueden ser fuente de sabiduría purificadora de los ensueños irreales, pero debemos defendernos de la terrible tentación del escepticismo, del desencanto, de la falta de ilusiones y esperanza. La sabiduría que ciertamente nos puede proporcionar el paso de los años es la que procede de haber tenido algo en la cabeza y en el corazón durante mucho tiempo. Nuestro conocimiento no se enriquece solamente por la adquisición de cosas nuevas, sino también y, me atrevería afirmar que sobre todo, por la profundización en lo que ya sabemos.

Las cosas más importantes no "se saben" sin más. Hay quien "sabe" que su existencia es fruto del amor de Dios y... eso no le altera, pero hay quien meditando repetidamente en esa verdad, llega a sentir su vida llena de luz. Hoy, más que nunca, vivimos en un mundo presidido por la ciencia y la técnica, unas de cuyas más sorprendentes manifestaciones son la informática y las telecomunicaciones. Pero todo lo que estas ramas del conocimiento nos proporcionan no son más que "datos". Por eso la ciencia y la técnica carecen de capacidad para hacer que las verdades que nos transmiten entren en lo más hondo del corazón y desde allí llenen de sentido la vida. Este papel está reservado a la filosofía que, en su sentido etimológico, nos es dado a todos practicar.

El paso de los años tiene muchos efectos. Ciertamente que uno, físicamente, ya no está como hace cincuenta o sesenta años; la lozanía de la juventud está definitivamente pasada. Pero me parece que puedo afirmar, con verdad, que la ganancia compensa con mucho a las pérdidas. El tiempo cuando es vivido en fidelidad a los ideales de antaño, hace que lo que se creía hace años haya ido creciendo: no se ha convertido en un mensaje distinto, pero sí se ha hecho carne de la propia carne.

Esta me parece que es la sabiduría propia de los años. No la de saber más cosas, sino la de saber mirar las cosas, nuevas y viejas, con ojos siempre jóvenes, y entender su sentido y el sentido de la propia vida. Los años no nos harán escépticos si los vivimos en fidelidad, si lo que encendió nuestro corazón hace sesenta, cincuenta o cuarenta años, se mantiene vivo. Porque en el corazón las cosas no sólo se conservan, sino que se vivifican, se enriquecen, se hacen más hondas y amplias. Y, entre estas cosas, si no nos empeñamos en destruir los verdaderos valores, en aras de intereses mezquinos, está la conciencia de que es inherente a la naturaleza humana el ser agradecidos. Y es la intensidad de mi agradecimiento por todo lo que en esta noche me habéis dado, la que yo hubiera querido expresar con palabras mejores de las que he sido capaz de hilvanar. Muchas gracias.


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