DEL ESTADO DEL BIENESTAR A LA SOCIEDAD DEL
BIENESTAR
Curso de Verano organizado por la Fundación Independiente y la Fundación General de
la Universidad Complutense de Madrid
El Escorial (Madrid), 11/15 agosto de 1997
Separata del número extraordinario de "Cuadernos de Sociedad". 8ª Conferencia |
IGNACIO BUQUERAS Y BACH
PRESIDENTE DE LA FUNDACIÓN INDEPENDIENTE
A continuación vamos a la segunda conferencia.
Contamos con D. Rafael Termes Carreró como ponente. Si hay alguien en este país
representativo de la libertad y de su defensa, muchas veces de manera entusiasta, es D.
Rafael Termes. Brevemente, aunque todos le conocemos por su presencia pública,
daremos unos datos de su curriculum: Doctor Ingeniero Industrial, Académico de número de
la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y también de la Real Academia de
Ciencias Económicas y Financieras. Es Profesor de Finanzas del Instituto de Estudios
Superiores de la Empresa (IESE), de la Universidad de Navarra, y por otra parte, desde
septiembre de 1991, Director de su Centro en Madrid.
Es Consejero del Banco Popular y fue
Consejero-Delegado del mismo del 66 al 90. Ha sido Presidente de la Asociación Española
de Banca Privada (AEB) desde noviembre del 77 hasta mayo del 90. Desde el 78 hasta el 95
Vocal del Consejo Rector de la Asociación para el Progreso de la Dirección. Es
Presidente de Honor de muchas entidades, yo simplemente destacaría, porque estamos
concretamente en un curso de la Universidad Complutense, es Vocal del Consejo General de
la Fundación General de la Universidad Complutense de Madrid.
Es importante la labor que desde hace muchos años
viene realizando, de manera muy amena, divulgando en materias económicas y Financieras,
por medio de innumerables medios de información, e informes, conferencias, artículos, y
comparecencias en los medios de comunicación social. Parte de su producción, no toda,
está reflejada en varias publicaciones. entre ellas destacaría: «El poder creador del
riesgo», «Capitalismo y ética», Elogio del beneficio» y «Del estatismo a la
libertad».
Por otra parte, es muy interesante seguir la
trayectoria de D. Rafael Termes a través de sus dos volúmenes «Desde la Banca.
Tres décadas de vida económica española».
Importantes también son sus trabajos relacionados
con el mundo y con la doctrina social de la Iglesia. Podría extenderme mucho más pero lo
importante, en estos momentos es oírle. D. Rafael Termes tiene la palabra, sobre
un tema importante, discutido y controvertido: «Del Estado del Bienestar a la Sociedad
del Bienestar».
RAFAEL TERMES
Para lo que tiene que ser mi intervención
en este curso sobre «la necesaria vertebración de la sociedad», los organizadores han
elegido un título en cuyos extremos figuran dos palabras -Estado y Sociedad-
con una intencionalidad adversativa que se observa a primera vista. Sin embargo, en ambos
extremos del título se repite la palabra bienestar dando fe de que el objetivo a
lograr es precisamente el bienestar, aunque, en cuanto a la manera o los medios de
lograrlo, las opiniones pueden ser no sólo distintas sino incluso contrapuestas. Hay
más, la cadencia del enunciado completo -«Del Estado del Bienestar a la Sociedad del
Bienestar»- acredita que los organizadores -y yo con ellos- piensan que desde la
situación presente -el Estado del Bienestar- hay que evolucionar hacia una meta mejor que
quedaría definida por el sintagma «la Sociedad del Bienestar». No podía ser de otra
manera en un curso dirigido por la Fundación Independiente, cuya aspiración principal es
la revitalización de las estructuras sociales espontáneas como la mejor manera de
alcanzar los objetivos a los que el hombre como hombre, antes que como ciudadano, aspira
ineludiblemente, y entre los cuales ocupa un lugar fundamental el anhelo innato al
bienestar.
Empezaré, pues, por hacer algunas reflexiones sobre
el bienestar; pasaré después a exponer, cómo, en mi opinión, el intento de
proporcionar este bienestar a todos mediante la actuación premeditada y directa del
Estado ha fracasado moral y económicamente; y finalmente intentaré decir cómo puede
efectivamente alcanzarse el deseable bienestar mediante la espontánea actuación de la
persona humana, individualmente o en asociación con quien libremente desee, siempre que
el Estado no interfiera en este propósito y se limite, que no es poco, a crear el marco
legal para que la acción humana espontánea se produzca, acudiendo, simplemente, en
virtud de la función subsidiaria que le es propia, a resolver aquellos pocos casos en los
que los individuos no son capaces de lograr, por sí solos, el nivel indispensable de
bienestar.
El bienestar
Sabemos, por propia experiencia, por
observación de lo que ocurre a nuestro alrededor y por la enseñanza de la más sana
filosofía, que el hombre tiende naturalmente a la felicidad. No se necesitan muchas
demostraciones para probar que el hombre, en su polifacético obrar, busca inexorablemente
la felicidad, aunque en la apreciación de lo que apetece como bueno pueda errar, y de
hecho yerra frecuentemente. Lo cual no obsta para decir que siendo el hombre libre, aunque
con libertad humana imperfecta -solamente Dios es verdaderamente libre- la voluntad humana
apetece libremente la felicidad, aunque la apetezca de modo necesario. Es cierto que la
felicidad es un concepto subjetivo y cada uno, según sus disposiciones anímicas, la
cifrará a su manera, de forma que bien puede decirse que hay tantas formas de buscar la
felicidad como hombres y mujeres existen, aunque, tal vez, quepa añadir que algunos
puedan pensar que la mejor manera de ser feliz es no preocuparse demasiado por llegar a
serlo. Sin embargo, cabe ciertamente afirmar que entre los objetivos o fines que el hombre
se puede proponer en busca de la felicidad, en términos generales, ocupa un lugar
destacado el encaminado a satisfacer no sólo las necesidades básicas o de subsistencia
-en las que el hombre no se diferencia de los animales irracionales-, sino también y
sobre todo las necesidades superiores, que únicamente el hombre siente, y que comprenden
con los bienes del espíritu, la inclinación hacia lo que se llama el bienestar, como una
realidad condicionada por el uso de las cosas materiales no absolutamente imprescindibles
para poder mantenerse en la existencia.
Ahora bien, la aspiración a cubrir las necesidades
básicas y, por encima de ellas, las originadas por la inclinación al bienestar, requiere
el empleo de recursos que, por lo general, son escasos. Y aquí empieza la historia del
hombre que, desde que Dios lo puso en la tierra, para que la trabajara, no ha cesado de
luchar para extraer de su seno lo necesario para el logro de este bienestar que
innatamente desea. De tal forma que Alfred Marshall pudo definir la economía como «el
estudio de aquella parte de la acción individual y social que está más íntimamente
relacionada con la consecución y uso de los requisitos materiales del bienestar». Pero
la simple observación de lo que, a lo largo de la historia, ha sucedido, pone de
manifiesto que no todos ni siempre logran este bienestar que apetecen y al que, por su
propia condición de personas humanas, tienen derecho. Y aquí es donde se asientan los
argumentos para pretendidamente justificar la intervención del Estado para adoptar el
papel de benefactor de los necesitados, dando lugar a lo que, con el paso del tiempo, ha
venido a ser lo que hoy conocemos con el nombre de Estado del Bienestar.
El Estado del Bienestar
En este punto, con el que doy comienzo a la
segunda parte de mi exposición, no me parece ocioso llamar la atención sobre la
componente política -en la acepción menos noble de la palabra- de los orígenes de tal
actuación estatal. Fue en efecto el Canciller Bismarck quien, en los años ochenta del
siglo pasado, en su lucha contra el naciente socialismo, adoptó determinadas
disposiciones sociales de carácter paternalista, pensando que, si los obreros percibían
que el Kaiser se ocupaba de ellos, dejarían de oír los cantos de sirena del partido
socialista. Sin embargo, pese al sesgo interesado y al carácter espúreo de su origen,
nada habría que objetar, hasta aquí, a una política tendente a resolver las necesidades
básicas de los estratos menos favorecidos de la sociedad, ya que sin duda existe acuerdo
en que alguien debe tomar la decisión de subvenir a la indigencia.
Lo que sucede es que, a partir del final de la
primera Guerra Mundial, lo que debía haber quedado como un sistema de resolver las
necesidades actuales y futuras de aquellas pocas personas que, por distintas razones, no
son capaces de hacerlo por sí mismas o en voluntaria y libre colaboración con otros
ciudadanos, se fue convirtiendo en un instrumento para universalizar la protección
social, con carácter de servicio público, burocratizado, para pobres, clases medias y
ricos. Este modelo impuesto por los políticos, con la complicidad de las élites
dirigentes que, al amparo del pensamiento keynesiano, habían perdido la fe en el Estado
liberal, con el paso del tiempo ha ido extendiendo su ámbito de acción y engrosando la
magnitud de sus prestaciones, sin que se sepa bien hasta dónde hay que llegar.
Puede decirse que este Estado del Bienestar es el
que desean los votantes, pero la verdad es que éstos no tienen mucho donde elegir porque,
a pesar de que los resultados insatisfactorios del modelo fueron pronto patentes, los
políticos -sean socialistas sean conservadores- tienden todos a ofrecer programas de
gasto en favor de sus clientelas, a fin de ganar las elecciones que es lo que realmente
importa a los políticos. Si los ciudadanos han aceptado, implícitamente, el
planteamiento del Estado del Bienestar, ha sido bajo el engaño de hacerles creer que la
protección que les otorgaba era gratuita; siendo así que la pagamos todos -unos más y
otros menos- hasta que resulte imposible pagarla, cosa que ya está sucediendo.
Desgraciadamente, a pesar de la amarga experiencia
del desempleo que se ha abatido sobre Europa -y en especial sobre nuestro país- a
consecuencia, sin duda, del modelo socio-económico que late tras el Estado del Bienestar,
la realidad es que los políticos, presos ellos mismos del engaño en que han hecho
incurrir a sus electores, no se atreven a mentar nada que pueda suponer un intento de
cambio del sistema de protección social, a pesar de que estén convencidos de que hay
aspectos del mismo con imperiosa necesidad de ser modificados. Y es que aun haciéndoles
gracia de no caer, en interés partidista, en el fomento del fraude y en la corrupción
del sistema, la tentación de utilizar los alegados beneficios de la Seguridad Social con
fines electorales es muy grande.
Pero los hechos son tenaces y, si no se toman las
necesarias medidas correctoras, como están ya haciendo algunos países europeos, la
quiebra económica del Estado del Bienestar, sobre todo en lo que se refiere a las
pensiones, la sanidad y la protección del desempleo, es inexorable, en un plazo más bien
corto, ya que es imposible y, dentro del proyecto de la Unión Europea todavía más,
intentar cubrir el déficit que estas prestaciones provocan, con más y más deuda; deuda,
que a su vez, a causa del peso de los intereses, es generadora de mayor déficit.
El Estado del Bienestar, tal como se ha concebido y
aplicado, ha sido y sigue siendo perjudicial, pero no solamente por la quiebra económica
a que conduce. Con ser esto malo, a mi juicio no es lo peor. Lo peor del Estado de
Bienestar es el daño que ha hecho a la mentalidad de los hombres de nuestro siglo. El
Estado ciertamente debe proteger las situaciones de indigencia y, en ejercicio de su
función subsidiaria, extenderla a los contados casos que la sociedad no puede atender. El
error del Estado del Bienestar es haber querido que esta protección se universalizara,
alcanzando al inmenso número de aquellos que, sin necesidades perentorias, debían haber
sido puestos a prueba para que dieran los frutos de que la iniciativa individual es capaz;
en lugar de ello, generaciones enteras han sido adormecidas por el exceso de seguridad,
con cargo al Presupuesto y, lo que es peor, en detrimento de las unidades productivas de
riqueza que, de esta forma, se sienten desincentivadas. En este sentido el nivel a que se
ha llevado el Estado del Bienestar ha traicionado incluso el pensamiento de Lord
Beveridge, tenido por el padre del Estado del Bienestar moderno, quien había escrito:
«el Estado, al establecer la protección social, no debe sofocar los estímulos, ni la
iniciativa, ni la responsabilidad. El nivel mínimo garantizado debe dejar margen a la
acción voluntaria de cada individuo para que pueda conseguir más para sí mismo y su
familia».
Lo que, contrariamente, ha sucedido, es que nuestros
contemporáneos, acostumbrados a tener cubiertas, sin esfuerzo, todas sus necesidades
básicas, desde la cuna hasta la tumba, han perdido el amor al riesgo y a la aventura,
creadora de riqueza. Preso de una paralizante excesiva seguridad, el hombre de hoy se
desinteresa progresivamente de su contribución al desarrollo de la sociedad, lo que
conduce a instituciones cada vez más ineficaces y anquilosadas. En esta situación, lo
único que subsiste es la ambición por el enriquecimiento rápido y sin esfuerzo,
fomentando la corrupción y el empleo de toda clase de artes torcidas para lograrlo.
El Estado del Bienestar, en manos de políticos que
buscan sus propios objetivos de perpetuación en el poder, produce efectos contrarios a
los que dice perseguir. El seguro de desempleo amplio y duradero, produce más paro; la
ayuda a los marginados produce más marginación; los programas contra la pobreza producen
más pobres; la protección a las madres solteras y a las mujeres abandonadas, multiplica
el número de madres solteras y el número de hogares monoparentales... Los estatistas
dicen que, a pesar de todo, el Estado del Bienestar produce sociedades socialmente más
justas. Y pretenden probarlo, porque, haciendo un empleo abusivo del concepto de
«justicia», han convertido en «derechos» a satisfacer en nombre de la «justicia
social», lo que no eran más que reivindicaciones propugnadas por determinados grupos
políticos y sindicales. Por eso, aunque, en España, desde 1970 el peso del gasto social
sobre el PIB se ha más que doblado, la gente no se siente satisfecha y pide más y más
amplias prestaciones, continuando la escalada de presiones para convertir en derechos las
pretensiones más absurdas y abusivas, como es, por ejemplo, la demanda de hacerse
reembolsar los gastos de abortar, con lo cual, además de haber legalizado el crimen, se
pretende que el crimen en que el aborto consiste sea pagado con el dinero de los
contribuyentes, con total vulneración de lo que debe entenderse por Estado de Derecho.
Los defensores del Estado del Bienestar dicen,
también, corrompiendo de nuevo los conceptos, que, gracias a él, nuestras sociedades son
más solidarias, cuando, en realidad, la solidaridad organizada con cargo al Presupuesto
lo que hace es expulsar la virtud personal de la solidaridad, con sacrificio personal, de
la que la sociedad dio abundantes pruebas antes de que el intervencionismo estatal
justificara la inhibición del individuo. Este es el daño moral hecho por el Estado del
Bienestar: la vinculación del individuo al Estado. Sus efectos serán muy difíciles de
desarraigar en unas generaciones crecidas al amparo del Presupuesto. No sin razón se ha
podido decir que el ciudadano de nuestros días contempla la seguridad que el Estado del
Bienestar le proporciona como algo consustancial a su propia forma de vida y a lo que
difícilmente va a renunciar. Esto es lo malo.
La sociedad del Bienestar
La crítica económico-financiera y sobre
todo moral que acabo de hacer al Estado del Bienestar no significa, ni mucho menos, que
tengamos que renunciar a la búsqueda del bienestar social. Lo que significa, y con ello
entro en la tercera parte de mi intervención, es que hay que buscarlo por otro camino y
este camino no puede ser más que el de devolver el protagonismo al individuo y a la
sociedad, replegándose el Estado al papel que le es propio. Yo no soy anarquista y, por
lo tanto, no pretendo elaborar un modelo de bienestar en el que el Estado esté ausente.
Creado por el hombre, para servirle a él y a la sociedad, que es un producto espontáneo
de la propia naturaleza humana, el Estado es necesario. El Estado debe existir, acotado a
los límites determinados por los fines para los que primigeniamente fue concebido, es
decir, para servir, y no como ahora sucede, para ser idolatrado, sacrificando en su honor
a las personas y a sus bienes materiales y espirituales, entre los cuales están la
libertad y la dignidad humana, tantas veces conculcadas por las concepciones estatistas.
El Estado debe existir para servir a la sociedad, no
al revés, definiendo el marco legal dentro del cual los individuos, aisladamente o en
asociación con quien deseen, puedan perseguir libre y responsablemente sus propios fines;
y administrando justicia entre los ciudadanos, todos iguales ante la ley, para dirimir los
conflictos que en la persecución de estos fines puedan presentarse. Descendiendo al campo
concreto del bienestar, que es el que esta mañana nos ocupa, el Estado, si se me permite
el juego de palabras, no debe, en principio, dar al hombre lo que necesita para asegurarse
el bienestar, sino darle la seguridad de que por sí mismo puede ganarse el bienestar que
necesita, espoleando en él, con los adecuados incentivos, el ímpetu para abrirse camino
en la vida, es decir, fomentando la responsabilidad de forjar la propia existencia,
generando en el individuo la garra suficiente para afrontar la lucha con vistas a la
realidad presente y a las eventualidades del futuro. O sea, propiciando todo lo que el
Estado del Bienestar ha destruido, pretendiendo dar a todos una excesiva y, por ello,
paralizante seguridad.
Todo individuo, en orden a la satisfacción de sus
necesidades económicas, intenta maximizar la utilidad de su consumo a lo largo del
tiempo, mediante una adecuada combinación de gasto y ahorro. El hombre sabe que, contando
con sus solos medios, si desea disponer de recursos en el futuro para atender a toda clase
de necesidades, previsibles o no, ha de sacrificar el consumo presente en aras de un
ahorro que le asegure el futuro. Esta convicción hace al hombre emprendedor y prudente,
al mismo tiempo. Emprendedor, para asumir aquellos riesgos razonables que prometen mayores
ingresos, y prudente, para apartar del consumo aquella razonable parte de los ingresos
destinados a la previsión del futuro. Por esto el ahorro es una virtud.
Esta situación, que es, a mi entender, la deseable,
es la que se produce cuando el Estado no lo impide. En ausencia del intervencionismo
estatal, la sociedad se vertebra y produce, por iniciativa individual, todas aquellas
instituciones de carácter privado necesarias para el logro de los objetivos del
bienestar. El primer resultado de este cambio de enfoque es que los objetivos se
lograrían mejor, es decir, más eficientemente y a menor coste. Todo el mundo está
convencido de que los sistemas privados de prestaciones sociales son más eficaces y
baratos que los públicos. Incluso los que defienden la Seguridad Social pública, lo
hacen, no por razones económicas, sino por la necesidad -dicen, erróneamente, desde
luego- de primar la equidad sobre la eficiencia, reconociendo, implícitamente, lo que hoy
ya no se discute, es decir, que la eficiencia está del lado privado. Es más, en el
supuesto de que el Estado quiera reservarse -en algunos casos razonablemente, como
veremos- el papel de financiador total o parcial de las prestaciones sociales, su
provisión puede y debe confiarse al sector privado porque lo hará mejor y más barato.
Para anticiparme a las críticas -que, sin haberse
expresado, estoy ya oyendo- a las críticas, digo, basadas en el presunto menosprecio del
sistema expuesto hacia aquellas personas que ni son capaces por sí mismas de hacer frente
a sus necesidades de bienestar presente y futuro, ni disponen tampoco de los medios para
acceder a las instituciones que la sociedad civil promueve, me gustaría explicar con
cierto detalle, por vía de ejemplo, cómo funcionaría, cómo debería funcionar, sin
olvidar a los menos capaces, un sistema de bienestar social, proporcionado por la libre
iniciativa de la sociedad, en tres campos tan sensibles y significativos como son la
enseñanza, la asistencia sanitaria y el sistema de pensiones, a fin de probar que el
sistema liberal que propugno ni es insensible ni inhumano.
Empezando por la enseñanza, habría que privatizar
todos los centros de educación, primaria, secundaria, profesional y universitaria y, en
los casos en que no resulte, por el momento, posible, hay que desenchufar los centros
estatales de los presupuestos del Estado, dotándoles de autonomía de gestión, así como
suprimir todas las subvenciones a los llamados centros concertados, de forma que unos y
otros, con las tasas o matrículas necesarias para cubrir sus respectivos costes,
compitieran en eficacia, calidad y precio, a fin de que los padres o los propios alumnos
pudieran elegir el Centro que más les convenza. De esta forma se acabaría con la
injusticia, la inmoralidad, de que el Estado imparta educación gratuita o a un precio
irrisorio, tanto al hijo del mayor potentado como al hijo del obrero menos remunerado.
Esta situación es inmoral porque la diferencia entre, por ejemplo, las 70.000 pesetas de
la matrícula y las 500.000 pesetas, por lo menos, que es el coste real de una plaza en
una Facultad Universitaria, la pagan en sus impuestos principalmente las clases medias,
incluidas aquellas personas que no utilizan los servicios educativos.
Naturalmente que, para tranquilizar a los críticos,
añadiré que, dejando aparte que en el Estado liberal la gente dispondría de mayores
rentas netas a consecuencia de los menores impuestos que esta clase de Estado reclama, el
sistema que propugno no se opone a que el Estado, para que no se pierda ninguna
inteligencia por falta de medios económicos, facilite bonos escolares a quienes lo
necesiten, de acuerdo con su nivel de renta, a fin de que cada uno aplique el bono, en
pago total o parcial, a la escuela, instituto o universidad libremente elegida y que, al
no ser subvencionada, ofrecería precios de matriculación de acuerdo con sus propios
costes reales y según la calidad de la enseñanza impartida. Pienso que este esquema es
más razonable que el actual y deja a salvo la atención a los menos pudientes.
Aunque el sistema descrito es sustancialmente
aplicable a todas las otras áreas del bienestar, pasemos a la asistencia sanitaria, donde
para mejorar una eficiencia que hoy está por los suelos, es indispensable, también,
aumentar la competencia entre todos los prestadores de servicios para la salud, sean
centros hospitalarios, sean oficinas de farmacia, sean, en su caso, compañías
aseguradoras del coste de estos servicios, llegado el momento de su utilización por parte
de los usuarios finales. Veamos, brevemente y a título de ejemplo, lo que cabe hacer con
los actuales hospitales públicos. Estas instituciones pueden ser vendidas o, en su caso,
cedidas por el Estado a grupos privados, quienes previo pago de un canon al Estado por
dicha cesión, facturarían a las Compañías Aseguradoras, o Mutuas, los gastos
incurridos por sus afiliados. Estas Compañías captarían sus clientes entre los que
quisieran «desengancharse» de la Seguridad Social dejando de cotizar la parte
correspondiente a sanidad. Naturalmente que para admitir la deducción de cuotas habría
que demostrar la existencia de póliza de cobertura privada, ya que el Estado no puede
permitir que, por falta de la misma, recayera sobre él la subsidiaria función
asistencial.
En la línea de la protección a los que no
dispongan de medios para afiliarse a una Mutua, o hacerse su propio seguro de asistencia
sanitaria, el Estado, en su papel subsidiario,en el que según se ve no ceso de insistir,
proporcionaría, como en el caso de la enseñanza, bonos sanitarios para ser gastados en
el centro médico que cada uno eligiera.
Pero es en el campo de las pensiones de jubilación
donde quizá mejor se ve lo que estoy propugnando. El actual sistema español de
pensiones, público y de reparto, exige su reconversión para hacerlo privado y de
capitalización. Las razones de esta afirmación son obvias. El sistema vigente es, en
primer lugar, injusto porque la pensión del jubilado de ayer la pagan los trabajadores de
hoy, trasladándose así la carga hacia las generaciones futuras que no saben si, cuando
llegue la hora de su jubilación, habrá alguien que pague sus pensiones. Porque el
sistema, además de injusto, es ineficiente; tiende a la quiebra. Cuando había cuatro
trabajadores por jubilado, el sistema sin dejar de ser injusto, funcionaba; pero, a medida
que la población envejece y el paro aumenta, va disminuyendo la base en que se apoya el
invento. Cuando se llegue, ya estamos cerca, a que no haya ni un trabajador por jubilado,
¿cómo vamos a pagar las pensiones? Por esto el sistema, más pronto o más tarde,
inexorablemente quebrará. Todos los estudios lo confirman y el propio Pacto de Toledo,
artimaña política para mantener el sistema público y de reparto, lo reconoce cuando,
para asegurar el pago de las pensiones en el futuro, no encuentra otra solución, en forma
más o menos disimulada, que reducirlas.
Por esto, aun aquellos que, en nombre de una mal
entendida solidaridad, no quieren reconocer la inmoralidad del sistema de reparto y la
ineficiencia de la gestión pública del mismo, no tienen más remedio que aceptar que,
finalmente habrá que cambiarlo, para pasar -gradualmente, desde luego- a un sistema en el
que cada uno se construya la pensión que desee para el futuro con su propio ahorro de
hoy, de acuerdo con su propia función de utilidad. Yo ahorro ahora para tener más el
día de mañana. Si gasto más hoy, tendré menos mañana. Optar por una u otra
alternativa debe ser una libre decisión de cada cual. Cada cual debe fabricarse la
pensión, o el seguro de enfermedad, de que quiera disponer. ¿Significa esto que el
Estado no tiene nada que decir en este asunto? Desde luego que no. El Estado tiene dos
funciones a realizar: la función reguladora y la función subsidiaria. En méritos a la
primera, el Estado debe obligar a todo el mundo a asegurarse una pensión mínima que, en
la mayoría de los casos, debe ser equivalente o próxima al salario que se percibe.
¿Qué se necesita para esto? ¿Detraer, por ejemplo, un 10% del salario? Pues se detrae,
con exención fiscal desde luego. ¿Alguien quiere obtener una pensión más amplia y
quiere ahorrar, por ejemplo, un 20%? Ahorre un 20%, que también debería estar exento de
impuestos para estimular el ahorro, ya que el ahorro, que se convertirá en inversión, es
bueno para el país. Que cada uno ahorre para su pensión lo que quiera, pero el Estado
debe exigir el mínimo, porque si alguien no se asegura, puede caer en la indigencia y el
Estado, en méritos de la otra función, que es la subsidiaria, tendría que acudir en
socorro de ese indigente, que ha llegado a serlo porque ha querido, no porque no haya
podido.
El caso del que no ha cumplido con la obligación de
asegurarse la pensión mínima porque no ha podido, porque no ha tenido ingresos de donde
detraer el ahorro, es completamente distinto. En este caso, la aplicación del principio
de subsidiariedad entra de lleno. En este caso, el Estado debe pasarle una pensión, que
llamamos «asistencial» y que se financia con cargo a los Presupuestos Generales; es
decir con cargo a los impuestos que pagan todos los contribuyentes y que, como ya he
señalado, serán impuestos muy reducidos, porque, en el modelo de Estado mínimo que
estoy defendiendo, el Estado necesita poco dinero. Pero las pensiones que llamamos
«contributivas» deben hacerse capitalizando cada uno su propio ahorro, con un mínimo
obligatorio y voluntariamente por encima de dicho mínimo.
Ahora bien; que el Estado obligue a todos los
ciudadanos a constituirse una pensión mínima no quiere decir que los fondos destinados a
ello, así como los destinados a capitalizar pensiones voluntarias de mayor importe,
tengan que ser administrados por el Estado. El Estado obliga hasta un mínimo y estimula
fiscalmente por encima del mínimo, pero este ahorro forzoso o voluntario que cada uno
realiza debe poder invertirlo en la capitalizadora privada que prefiera de acuerdo con las
condiciones que le ofrezca, en régimen de competencia, que quiere decir de eficiencia,
con la ventaja añadida de que el ahorro administrado por las capitalizadoras sirve para
financiar, a través del mercado de capitales, la economía privada creadora de riqueza y
empleo.
De esta forma, gracias a la mayor eficiencia del
régimen de mercado, con el mismo ahorro se obtendrían pensiones mayores de las que ahora
promete la Seguridad Social y, andando el tiempo, no podrá pagar, porque, como los
cálculos imparciales demuestran, el sistema quebrará. Los políticos, del partido que
sea, no quieren hablar de ello, porque piensan que les quita votos, pero de hecho es
imposible mantener nuestro sistema público de pensiones.
Conclusión
Preferir al Estado del Bienestar la Sociedad
del Bienestar que, desde luego requiere la presencia del Estado, pero de un Estado
mínimo, que cree el marco regulador y ejerza simplemente la función subsidiaria, no
impide reconocer que, en las actuales circunstancias, es difícil que la sociedad civil
asuma el papel que le corresponde. No porque intrínsecamente carezca de capacidades para
ello, sino porque, tras décadas de intervencionismo estatal, estas capacidades han sido
adormecidas. Pero precisamente porque, adormecidas, siguen latentes, no es imposible
despertarlas, regenerarlas y vertebrarlas para que produzcan con toda pujanza los frutos
deseables.
Es cierto que, al día de hoy, la virtud moral de la
solidaridad, que supone sacrificio y esfuerzo personal, aparece dañada por los efectos
deletéreos de la solidaridad organizada por el Estado, con cargo al presupuesto, porque
las conciencias se sienten tranquilizadas, ya que -piensan los ciudadanos- para ocuparse
de los otros ya está el Estado, que para esto nos quita el dinero con los impuestos.
Pero, a pesar de ello, todos podemos observar la presencia y hasta el auge de tantas
organizaciones no gubernamentales, que es un nombre moderno para designar el antiguo y
permanente fenómeno del voluntariado social. No es que yo pretenda que el bienestar de
los incapaces de procurárselo por ellos mismos haya que esperarlo exclusivamente de la
benevolencia o la beneficencia de los que tienen más recursos; ya he dicho
insistentemente que esta función ha de ser asumida por el Estado, en el ejercicio de su
papel subsidiario. Si he querido referirme al fenómeno del altruismo que, sin duda,
existe en nuestra sociedad a pesar de que, en su conjunto, aparezca como tan egoístamente
hedonista, ha sido para hacer caer en la cuenta del potencial de la sociedad para,
acertadamente estimulada, desarrollar todo el poder creador inserto en la propia libertad
del hombre. Y es este potencial el que debe crear las instituciones civiles que,
reemplazando al Estado en el papel que errónea e ineficazmente tiene asumido, sirvan para
lograr, en interés propio que no es sinónimo de egoísmo, el deseable bienestar de los
promotores, sabiendo que, aun sin proponérselo, lograrán también el bienestar de los
demás.
Para este despertar de la sociedad frente al Estado,
para este rearme de las instituciones civiles es necesario insistir, en toda ocasión,
como incansablemente hace la Fundación Independiente, entre otras entidades, en la
inexcusable recuperación de los valores morales individuales y de la convivencia, así
como en la responsabilidad que alcanza a todos aquellos que con sus palabras y su ejemplo
pueden ayudar a la revitalización de las estructuras espontáneas capaces de evolucionar,
prescindiendo de la no deseable actuación gubernamental, los grandes y pequeños
problemas del cotidiano vivir, a fin de alcanzar aquel nivel de bienestar que, como decía
al empezar, es necesario para que el hombre pueda atender, sin agobios materiales, al
cultivo de los valores superiores del espíritu que, como ser racional y libre, de
naturaleza trascendente, le son exclusivamente propios.
IGNACIO BUQUERAS Y BACH
D. Rafael Termes lleva muchos años
caracterizándose, entre otras muchas cosas, por un discurso claro, expeditivo,
contundente, sin miedos, sin complejos, lo que es de agradecer. Podrá haber algunos que
se lo discutirán. Pero creo que se lo tenemos que agradecer porque, su discurso, su
razonamiento es completamente claro. Considero que es muy elogiable, porque es evidente
que la quiebra del Estado del Bienestar, como él bien ha dicho, es inexorable, el daño
que ha hecho el Estado del Bienestar a nuestra sociedad, perdiendo iniciativa, perdiendo
pulso la iniciativa privada, es evidente. Que la seguridad como se ha venido aplicando es
paralizante, y tantas otras cosas.
Creo que es de estos discursos, de estas
conferencias no solamente para leer, sino para releer y meditar y, de esta manera, aportar
cada uno de nosotros lo que sea posible para lograr que nuestra sociedad, como bien se
dice en el título, pase de un Estado del Bienestar a una Sociedad del Bienestar.
Como es habitual pasaremos ahora al coloquio.
JAIME SÁNCHEZ MONTERO
INGENIERO DE TELECOMUNICACIONES
Creo que debo hablar de lo intangible que nos acaba
de decir el ponente, que además nos ha citado dos términos muy importantes: la
eficiencia y lo moral. Me quiero referir también a que probablemente el título aquí, en
lo que llevamos de semana, creo que lo elevamos de bienestar, ¡a ver si introducimos el
bien ser! En vez de bienestar sólo, el bien ser, porque los anglosajones no distinguen
entre ser y estar, y nosotros sí.
Lo difícil es la armonización de los contrarios, y
en su discurso abierto, claro y franco, sobre la libertad de empresa, la competencia y la
eficiencia que da la libertad, frente al Estado, llamémosle secuestrador de esta
libertad. En la medida que esto es así, no podemos dejar de estar de acuerdo. Pero a mí
me agradaría que todo lo que ha dicho, lo modulemos entre que hay Estados corruptos y
Estados que podrían ser perfectos. Y lo mismo que en las empresas y en su juego libre,
hay empresas que incluso incluyen la ética y lo moral, además del servicio y su
competencia y su beneficio, o empresas ventajistas.
Entonces, yo lo que pediría es que hablemos del
medio en que jugamos, y por lo tanto de las muchas contaminaciones mentales que nos
evitan, que la teórica libertad del individuo está muy disminuida y probablemente ni
existe. Porque hay varias limitaciones. Primero, el individuo no puede elegir cuando está
informado en la mentira y, por lo tanto, para que sea libre tiene que garantizarse que la
comunicación sea veraz. Y no existe. Yo les voy a retar. De los tres temas que ha citado:
educación, asistencia sanitaria y pensiones, hablemos de uno de ellos.
No conozco, después de 30 años de investigación
añadida a mi telecomunicación, que lleva 45 años de experiencia, ciencia -estoy
hablando de investigación científica y sobre todo añadida a lo que tiene de oficial-
hegemonía. No hay peor contaminación en el ámbito que se llama ciencias de la vida.
cuando entran actores económicos a la competencia. Cuando quiera podemos ampliar el tema
de lo que llaman actores de mercado para la ciencia de la muerte. Y no digo más. Esa es
una modulación importante que tengo pendiente para esta tarde, cuando esté D. Luis
Martí Mingarro.
¿Es libre la población extremeña para poderse
vacunar o no, contra la supuesta meningitis? y ¿la supuesta bondad de las vacunas que
está prevista en el otoño y acordada por las comunidades?, ¿unas sí y otras no?
Y otra más grave. ¿Es lícito que las Asociaciones
de Consumidores que cobran subvenciones no hayan opinado sobre el tema, ni estén formadas
científicamente para opinar como es debido? Y en el tema por ejemplo del paramagnetismo
de las soluciones acuosas que estudió Duperier, que este año celebramos su
centenario, sea perseguida de oficio por ignorancia manifiesta de los científicos
oficiales que deciden que no existe el paramagnetismo en las soluciones. Gracias.
RAFAEL TERMES
Yo le agradezco mucho esta intervención al señor
ingeniero de lo intangible; aunque yo soy ingeniero industrial, que quiere decir de lo
tangible.
Le diría que yo no estoy en contra de la
intervención del Estado, de la intervención abusiva del Estado, de la intervención del
Estado donde no debe intervenir, porque el Estado sea corrupto o sea perfecto. Estoy en
contra, simplemente porque es Estado. Lo cual no obsta para decir que hay un gran riesgo
de que el Estado interventor sea corrupto. Porque intervención rima con corrupción, es
decir, siempre que hay alguna cosa intervenida, al depender la decisión de una persona,
existe la posibilidad de que haya un funcionario prevaricador o un usuario corruptor que
busquen obtener un beneficio injusto; el usuario intentando mediante soborno corromper al
funcionario, y el funcionario adelantándose a ofrecer la designación mediante pago,
prevaricando.
Pero suponiendo que el Estado sea perfecto, cosa que
ya es suponer, suponiendo que todos los funcionarios, por el simple hecho de ser
funcionarios, fueran personas impecables, cosa que también es difícil suponer, puesto
que yo pienso que los funcionarios son personas igual que las otras personas, y por tanto
con el mismo pecado original que tenemos los demás; suponiendo lo imposible, es decir,
que el Estado fuera perfecto y los funcionarios fueran también todos perfectos, aún en
este caso, estaría en contra de la intervención del Estado en aquello que no debe
intervenir, precisamente porque la intervención estatal conculca la libertad, que es el
don más grande que Dios ha dado al hombre. Y por lo tanto, si Dios ha querido darnos este
privilegio de la libertad, a pesar del mal uso que muchas veces hacemos de ella, no veo
que haya ninguna razón por la cual el Estado pretenda corregir lo que llama los fallos
del mercado, mediante una intervención que conculca la libertad del hombre.
Por lo tanto, estoy en contra de la intervención
estatal en todo aquello que no sea, como lo he dicho bien claro, la definición del marco
legal, la administración de la justicia y la función subsidiaria para atender a
aquellos, que no son tantos, que no son capaces de resolver por sí mismos los problemas
vitales de su presente y de su futuro.
Me ha citado una serie de casos a los cuales yo no
le puedo contestar, porque desconozco. Es posible que D. Luis Martí Mingarro esta
tarde lo pueda hacer. Yo se lo brindo a él.
FAUSTINO DEL PULGAR
PRESIDENTE DE LA CONFEDERACIÓN ESPAÑOLA DE
MAYORES
Primero, tengo que dar las gracias a D.
Rafael por esta conferencia tan magistral que nos ha dado, tan clarividente en todo
cuanto ha expuesto usted y que a mí me ha enriquecido mucho. Y
ahora voy a dos cosas.
Primeramente, el ahorro. Somos muchos los pequeños ahorradores, sobre todo las personas de bastante edad, pues
siempre hemos sido amantes del ahorro. Lo hemos visto también en nuestros padres, lo
hemos heredado. Pero pinta la casualidad que desde que está este nuevo gobierno, pues,
efectivamente, marcha mucho mejor la economía nacional, lo vemos, lo observamos,y eso es
bueno. Pero así como eso es bueno, cuanto más mejora la economía nacional, más se
reducen los intereses, y por lo tanto al reducirse los intereses, el pequeño ahorrador no
se atreve a invertir en otro sitio, sino a un ahorro fijo, pues se está perjudicando
mucho.
Yo soy uno de los perjudicados. También agradezco,
por otra parte, que vaya aumentando la economía nacional. Yo soy una persona que creo en
la libre empresa, creo también que a través de la empresa privada se puede crear
riqueza, y creando riqueza se crean puestos de trabajo. Y luego también hay otra cosa muy
buena para el trabajador, y es que es más estimulado, de acuerdo con el esfuerzo que haga
y con sus conocimientos. Hasta ahí también estoy de acuerdo.
Quiero saber cómo me puede usted orientar con
respecto al ahorro.
Con respecto a las pensiones, ya sabemos que no
vamos a darles vueltas a si el sistema es bueno o es malo.Eso lo conocemos todos. Yo
también pienso que quizás, si hace años hubiésemos estado con un fondo de pensiones, y
con eso que ha dicho usted de que hubiésemos al mismo tiempo cotizado una cantidad
mínima para poder tener un día derecho a una pensión, para el que no pudiese hacer este
ahorro del fondo de pensiones, hubiera sido bueno. Pero es que aquí debido al sistema hay
un gran problema, y el problema le tenemos en las pensiones bajas.
En España hay alrededor de un 70% de pensionistas
que perciben actualmente menos de 55.000 pesetas al mes. Tenemos el caso de las viudas.
Las viudas no sé por qué, es un sistema que no entro en él porque no lo entiendo,
cuando fallece el que lleva el pan a casa, inmediatamente, ella pasa a percibir un
cuarenta y tantos por ciento de lo que cotizaba su marido. Yo eso no lo entiendo.
Yo estuve el año 93 en el Parlamento Europeo, donde
fuimos a defender temas de pensiones y de la tercera edad en general. Una de mis
intervenciones fue precisamente sobre la cuestión de las pensiones, e hice la petición
de que toda aquella persona que percibiese pensión -en este caso, muy concretamente, las
viudas-, que tenía que ser equivalente al sueldo mínimo interprofesional. Hice esta
petición porque es el mínimo para que se pueda sostener una familia. Pero luego, cuando
se desarrolló la comisión entre todos los que formábamos parte de aquel engranaje,
salió otra conclusión que para España hoy por hoy sería imposible, y mucho más
imposible si tenemos en cuenta lo que usted hablaba anteriormente de la quiebra económica
con respecto a pensiones. Efectivamente esta es una verdad como un templo.
De allí salieron que lo que había que recomendar a
todos los países de la Unión Europea era que las pensiones mínimas fuesen equivalentes
al sueldo medio de cada país, lo cual a mí me pareció en aquel momento, sobre todo para
España, un disparate, puesto que económicamente el Estado no podía llegar a esto.
¿Qué nos dice usted sobre las pequeñas pensiones?
¿Qué idea tiene usted? Yo soy amante del fondo de pensiones, pero eso, para personas
como yo, ha llegado tarde. Por eso yo tuve que ir por el canal del pequeño ahorro.
RAFAEL TERMES
Son dos las preguntas que me hace, una se refiere a
los intereses y otra a las pensiones.
En cuanto a los intereses, le diré que,
efectivamente usted oye decir a todos los economistas que es bueno que los intereses
bajen, y tienen razón desde el punto de vista de la inversión. Cuanto más bajos sean
los intereses, más estímulo sentirán los empresarios para invertir, porque el coste de
los créditos que utilicen queda más fácilmente cubierto con el rendimiento de las
inversiones que hagan. Por tanto, es bueno que los intereses bajen. Y no es de extrañar
que todos los gobiernos aplaudan hoy día que los intereses en Europa vayan bajando. De
hecho, en España han bajado enormemente.
Pero no hay cara sin cruz. Para el ahorrador, que
los intereses bajen es un contratiempo. Antes, cuando los intereses estaban altos, los
bancos iban a él: oiga que nosotros le podemos dar el 7, el 8, el 10%, en imposición a
plazo fijo, e incluso a la vista. Los intereses estaban altos y el ahorrador se sentía la
mar de satisfecho; hoy estos mismos bancos le ofrecen muy poco, porque también ellos
cobran muy poco por los préstamos que conceden.
Usted dice, y tiene razón: nosotros los pequeños
ahorradores, que teníamos nuestro dinero en los bancos, no podemos arriesgarnos en otra
clase de inversiones. Yo le digo que esto tiene una solución. Cuando los intereses bajan,
la Bolsa sube. ¿Por qué? pura y simplemente porque la gente retira el dinero de la renta
fija para ir a la renta variable, invierte en Bolsa. Y claro si son muchos los que ponen
su dinero en Bolsa, la Bolsa sube. Es un mecanismo que se autoalimenta. Todos dicen: si
los intereses bajan y la Bolsa sube me tengo que ir de las Letras del Tesoro, de los
depósitos bancarios y comprar acciones. Lo que sucede, dice usted, es que yo no tengo
dinero ni conocimientos para arriesgar en una cosa como es la renta variable. Yo le
contesto: es verdad, pero para eso están los fondos de inversión.
El mercado sale al paso de todo, el mercado inventa
todo lo necesario. Porque el mercado, que es el conjunto de todos los individuos, procesa
de una manera que nadie más puede hacer, toda la información disponible. En cuanto
alguien en el mercado ve que hay gente en situación como ésta, que tiene poco dinero
para invertir en una cartera diversificada, que quiere decir en muchos valores, para
compensar el riesgo, ganando en uno lo que pierde en otro, etc. etc., este alguien dice:
pongamos todos estos fondos en común, hagamos un fondo de inversiones; nosotros lo
gestionamos, nos ganamos la vida con ello, pero prestamos un servicio a esta gente que
dispone de pequeñas cantidades de dinero. Y esto es lo aconsejable para el pequeño
ahorrador, el que no tiene ni cantidad de dinero suficiente ni formación suficiente para
acudir directamente a Bolsa, invirtiendo cantidades importantes en diversos valores. Como
ve, estos fondos no son más que un patrimonio común, donde uno entra y sale cuando
quiere, obteniendo en su caso, la plusvalía que se produce cuando los intereses bajan.
En cuanto a las pensiones. Evidentemente las
pensiones son bajas, pero son bajas porque las pensiones están administradas por el
Estado y el Estado despilfarra. El Estado, para obtener lo mismo, gasta más que -usted lo
ha dicho muy bien- que si yo hubiera llegado a tiempo de poderme hacer mi propio fondo de
pensiones. Esto es lo que están haciendo, con carácter complementario o exclusivo,
muchas personas, desde que han llegado al mercado español y han sido autorizados los
fondos de pensiones, que, con una modalidad distinta de los fondos de inversión, en
definitiva son lo mismo: ahorro colectivo. Ahora bien; el paso pendiente de dar es que yo
pueda hacerme mi fondo de pensión en vez de dar el dinero a la Seguridad Social, porque
con la misma cuota tendría pensiones mucho más altas. Está matemáticamente calculado
que es así.
Yo he dicho que para pasar del sistema público y de
reparto al sistema privado y de capitalización, hay que hacerlo gradualmente. No se puede
decir a todos los que están en el sistema público que pueden pasar al sistema privado,
porque hay personas de edad muy elevada y que ya no tienen tiempo, diríamos, para
constituir sus pensiones. Pero sí puede decirse a las personas que tienen menos de 40
años, o menos de 35 años, que si quieren pueden pasar al sistema de capitalización
privada, con la condición de seguir pagando a la Seguridad Social una parte de lo que
pagaban, para evitar la quiebra del sistema público, destinando el resto a la
capitalizadora privada que hayan elegido para hacerse su propia pensión. Los cálculos
dicen que, aun destinando a la Seguridad Social dos tercios de lo que están pagando, con
el tercio que se reserven pueden hacerse una pensión privada que será superior a la
pensión que el Estado les promete y que probablemente no les dará. ¿Por qué? Porque la
inversión privada de estos fondos es mucho más rentable que la inversión pública de
los mismos y, sobre todo, porque la gestión privada de las cuotas es mucho más
económica que la gestión pública. Por lo tanto, la solución para tener pensiones más
elevadas, en proporción del ahorro que se destina a ello, es privatizar el sistema de
fondos de pensión.
CARMEN DE ALVEAR
PERIODISTA. EX PRESIDENTA DE CONCAPA. SECRETARIA
GENERAL DE PRODEFA
Se dice habitualmente que el dinero no tiene
corazón yo añadiría que D. Rafael Termes es un banquero con corazón. Y eso es
importante, porque tiene un valor añadido para poder entender las cosas.
Estoy absolutamente de acuerdo con lo que has dicho,
pero lo que pasa es que propones una de las grandes revoluciones y el paso a una nueva
cultura. Y esto no es fácil. ¿Por qué?, porque detrás hay un interés político, con
mayúscula, de cualquier partido de mantener este estado de cosas. Porque es más fácil
manipular y manejar a una sociedad que no tiene iniciativa, a una masa despersonalizada
que ya no tiene nombre propio. Son los que reciben el subsidio, los que reciben tal, esto
es tremendo, esto es lo peor que podemos hacer. Lo que hay que hacer se sabe.
Ahora, yo quería hacer una pregunta. ¿Qué
procedimientos pedagógicos habría que mover para lanzar este mensaje a la sociedad?
Porque desde arriba no va a venir, de arriba no lo van a cambiar. Tiene que ser una
demanda de la sociedad, una sociedad que reaccione, que deje de estar engañada, que
empiece a abrir los ojos para que sea ella misma la que lo pida. ¿Hay universidades, hay
foros donde esto se pueda hacer?
En cuanto al tema de la educación, ¿cómo
financiar la escuela? Efectivamente la fórmula, como tú sabes muy bien, en el año 77 la
quisimos poner en marcha, el bono escolar, hablábamos de cheque escolar, era francamente
bueno. ¿Por qué?, porque quien tiene derecho a elegir la educación de los hijos son los
padres, lo lógico es que sea el padre, cada padre como protagonista de este derecho
reciba, perciba, tenga la sensación de que es él el que con este dinero puede elegir.
¿Qué pasa? Yo de entrada veo dos problemas. Uno,
que los primeros que no van a estar de acuerdo con ello, probablemente, son algunas
organizaciones de empresarios del sector. Otro problema, y muy grande, es cómo se podría
solucionar el tema de los centros de las zonas rurales. Tienen muy pocos alumnos, pero a
mí me parece un disparate que puedan desaparecer. Los niños más pequeños no pueden
andar deambulando por las carreteras a ciudades más grandes, en una ciudad grande es
fácil aplicar este sistema. En un centro rural van a tener siempre pocos padres, por lo
tanto poco dinero. Allí el Estado tendría que hacer algo, utilizando el procedimiento
que sea.
Y finalmente, el que quiera mejorar el sistema de
pensiones, en estos momentos la sociedad ya se adelanta en estas cosas. Ahora mismo ha
salido un producto nuevo, por el cual la persona puede tener un seguro hasta los 80 años,
que antes no existía. Y además un seguro muy interesante para personas mayores, para
poder salir al paso de eso que tú decías: «si yo lo hubiera sabido».
RAFAEL TERMES
Carmen, yo creo que has
puesto el dedo en la llaga, es decir, la transformación desde arriba es difícil que
venga, aunque tampoco hay que perder la esperanza de que llegue algún día una
generación de políticos pedagogos, como tú decías.
Efectivamente, a los políticos los clasifico en
políticos «espejo» y políticos «pedagogos». O sea, los «espejos» son los que
reflejan lo que ven en la sociedad y esto es lo que venden. Lo que la gente quiere, esto
es lo que os damos. De esta manera me seguiréis votando.
Hay una contradicción total entre lo que los
políticos entienden que debe ser y lo que ofrecen a los electores. Por ejemplo, todos nos
llenamos la boca de democracia, y está muy bien. La democracia es el menos malo, o como
decía Churchill, es el peor de los sistemas si excluimos a todos los demás. La
democracia es el menos malo de los sistemas que se han inventado para el pacífico relevo
en el ejercicio del poder.
Pero claro, la democracia que tenemos no es una
democracia en la que los políticos sean responsables frente a los ciudadanos. El
ciudadano no vota al político, vota una lista cerrada que la ha confeccionado la
oligarquía del partido y, por lo tanto, no hay nadie responsable frente a cada elector.
Todos están de acuerdo en que la ley electoral es mala y que habría que hacer una ley
electoral de circunscripciones pequeñas, con un solo candidato por partido que, al
resultar elegido, se hace responsable ante los electores de la circunscripción. Que es lo
que tienen en Inglaterra, que por algo es la cuna de la democracia moderna. Este sistema
de circunscripciones pequeñas y elección de un candidato por circunscripción, por
mayoría, a una o dos vueltas, es además un sistema muy barato porque el candidato por la
circunscripción lo único que tiene que hacer es darse una vuelta el fin de semana para
ver a sus electores y decir: ¿qué tal? ¿voy bien? ¿hago lo que queréis? ¿defiendo lo
que os interesa? Pues bien, me seguís votando, perfecto, ya está. No hay que gastar
dinero, no hay que hacer mítines, es una entente directa entre una circunscripción
compuesta por pocos electores y un elegido. Una vez gana el conservador, otra vez gana el
liberal, el socialista, etc... En cualquier caso, el ganador es responsable ante los
electores que conocen su cara y saben su nombre. Aquí, no; los electores votan una lista
en la que nadie sabe quién es quién, son nombres que el partido ha puesto allí; votan
las siglas nada más.
Todos están de acuerdo en que esto es verdad. Pero
¿cuál es el partido que dice que lo quiere cambiar? No lo he encontrado todavía. No hay
ninguno que esté dispuesto a llevar a las Cortes una ley para modificar la ley electoral.
No lo quieren. ¿Por qué? Porque pierden el poder que tienen las oligarquías de los
partidos. Ellos quieren hacer su lista electoral, premiando a éstos, poniendo uno aquí,
otro allá. Todo esto desaparece con una ley electoral con circunscripciones pequeñas y
unipersonales.
Por esto, la modificación de la ley electoral no
podemos esperarla de los partidos políticos: que venga de arriba, como decía Carmen,
porque ninguno de ellos es capaz de llevar una ley al Parlamento para modificar la ley
electoral. Siendo así, sólo cabe esperar la reforma por el camino de la iniciativa
popular. Pero la opinión pública no está formada ni en este aspecto ni en los restantes
del modelo político imperante.
Para cambiar el modelo político necesitamos que
algún político «pedagogo» explique a la gente adónde tenemos que ir, que les diga que
es difícil, que supone mucho tiempo y contratiempos; que, a lo mejor, tendrá que haber
parones en el camino, pero parones que no contradigan el objetivo final al que vamos. Pero
para esto es necesario que este político crea en las ideas liberales, tenga confianza en
que producirán su fruto y sepa venderlas al electorado. Si no es así, la única
solución que tenemos es lo que estáis haciendo vosotros. Que las asociaciones privadas,
las fundaciones, las ONG, los centros de pensamiento, difundan estas ideas, para que vayan
calando y finalmente la gente acabe exigiendo a los políticos que hagan lo que conviene,
no a la clase política, sino a la sociedad civil.
En cuanto a lo de la enseñanza
estoy de acuerdo; hay problemas concretos como son el que los propios empresarios del
sector rechazan la liberalización. Esto no hace más que confirmar que los empresarios no
siempre están de acuerdo con la libertad, no están de acuerdo con el mercado. No es
difícil encontrar asociaciones empresariales que dicen, sí, sí libertad para todos,
pero nuestro caso es especial, nosotros debemos estar protegidos. Y esto es muy corriente.
Por lo tanto, no me extraña nada que haya habido empresarios de la educación a los que
no les guste el riesgo que supone depender de un cheque escolar que los usuarios, alumnos
o sus padres, se gastarán en el centro que quieran. Lo cual obliga a estos centros a la
competencia. Para ellos es más cómodo cobrar la subvención del Estado, en lugar de
tenerse que poner a competir con otro, para vender una mercancía mejor. Esto es lo que
pasa.
El problema rural. Es cierto, existe. Quizás sea
ésta una de las pocas áreas en las que yo decía que el Estado debe intervenir en virtud
de la función subsidiaria para resolver lo que el mercado, por sí mismo, no puede
arreglar. Pero no debe intervenir en aquello que el mercado arregla.
FERNANDO DE SALAS
RECTOR DE LA SOCIEDAD DE ESTUDIOS INTERNACIONALES
Como siempre que he escuchado a D. Rafael Termes,
lo primero que tengo que hacer es felicitarle por su claridad de ideas, su convencimiento
y entusiasmo.
Ha señalado que las funciones del Estado, hay
algunas que le son propias y exclusivas, y otras subsidiarias. Y entre las propias y
exclusivas ha señalado el marco legal de la administración, tiene que haber una
administración, la justicia. Pero no has mencionado una que yo creo que es muy
importante, tan importante que es una condición sine qua non, sin ella no se puede
realizar absolutamente nada, que es la seguridad y la defensa. La seguridad y la defensa
son un gran elemento integrador y vertebrador de la sociedad. Porque por lo menos hasta
ahora, con el servicio militar obligatorio, y bueno aunque pasado mañana tengamos un
ejército profesional absolutamente, son millones los ciudadanos que en su paso por la
milicia, en tiempo de guerra o en tiempo de paz, adquieren una serie de virtudes que son
virtudes civiles, que no son propias de nada, pero que redundan en beneficio absoluto de
la sociedad. Esto por una parte; luego, vienen ya las funciones subsidiarias.
Creo que en el siglo que está al alcance de la
mano, va a haber unos enfrentamientos claros, que son por ejemplo, el paso de los
estados-nación con su arma secreta que defienden a toda costa, que es la soberanía, y la
tendencia a la integración en organismos superiores estatales. Por ejemplo, nosotros
estamos viviendo, aunque no nos demos demasiada cuenta a veces, el proceso de integración
en la Unión Europea.
Por otra parte, esta intervención del Estado, al
cual te has estado refiriendo tanto, frente a la libertad del individuo, va a continuar. Y
será algo así como un enfrentamiento de dos ideologías políticas, el socialismo y el
liberalismo, pero, trasladados a un marco internacional superior. ¿Nos podrías dar tu
opinión sobre este tema? Muchas gracias.
RAFAEL TERMES
Bien, en cuanto a lo primero, tienes toda la razón
del mundo, yo he hablado de las funciones del Estado que se referían al tema que
estábamos tratando hoy. En términos generales, el Estado tiene más funciones.
Concretamente, las funciones propias del Estado son: las relaciones con el exterior; la
seguridad de bienes y personas en el interior; la defensa del territorio nacional; la
administración de la justicia; y la definición del marco legal en el que los ciudadanos
buscan libremente sus objetivos. Estas son las cinco funciones primigenias del Estado.
Estas funciones el Estado tiene que desarrollarlas a
través de los tres poderes de que se compone, el ejecutivo, el legislativo y el judicial.
Por eso, ministerios, ministerios, que son los que constituyen el poder ejecutivo, a mí
entender, no tendría que haber más que tres, que son: el Ministerio de Estado, que ahora
se llama de Asuntos Exteriores, para las relaciones con el exterior. El Ministerio de la
Gobernación o del Interior, para garantizar el orden público. Y el Ministerio que se
llamó de la Guerra y al que ahora llamamos de Defensa, para la defensa de la integridad
del territorio. Estos son los únicos ministerios que deberían existir. Los otros sobran.
De las otras funciones, el establecimiento del marco
legal no corresponde al ejecutivo; corresponde al poder legislativo que debería controlar
al ejecutivo y no al revés, como ahora sucede. Y la administración de justicia
corresponde al otro poder, el judicial, y, por lo tanto, propiamente hablando, no debería
existir un Ministerio de Justicia. Los jueces no deben depender del ejecutivo. Los jueces
deben depender de ellos mismos. De la misma manera que los legisladores dependen del
pueblo que los ha votado. Hay que buscar algún sistema para hacer funcionar el Poder
Judicial, pero no debe ser un sistema, como ahora ocurre, en el que los jueces dependen,
de hecho, de los partidos políticos.
Lo que ahora tenemos es un secuestro de la
democracia. Los únicos que mandan son los partidos que se ponen de acuerdo, aunque no lo
parezca, para controlar los tres poderes del Estado. En verdadera democracia liberal, en
el Estado de derecho, el poder debe estar limitado, mediante, como estableció Montesquieu,
la división de poderes que se equilibre entre sí.
Sin embargo, a las funciones propias del Estado que,
de acuerdo con lo que sugerías, he glosado, hay que añadir, como he insistido para
demostrar que también tengo corazón, la función subsidiaria, en virtud de la cual el
Estado debe subvenir a las necesidades de los que no pueden hacerlo por sí mismos. En el
caso de las pensiones, por ejemplo, el Estado, mediante los impuestos que todos debemos
pagar, debe asegurar las pensiones asistenciales pero no las contributivas; las
contributivas se las tiene que hacer cada uno de por sí.
Cuando todo esto pasa a un marco superior, a un
marco internacional o supranacional, hay opiniones diversas, como tú has dicho. Esta
estructura supranacional puede hacerse de varias maneras y, en definitiva, tienes toda la
razón al decir que puede ser al amparo de dos ideologías. Una ideología liberal y una
ideología socialista. Por lo general, la ideología liberal pretende que esta
superestructura se haga en un régimen, llamemos, de confederación, en la que los Estados
ponen en común sólo aquello que se hace mejor en común, reservándose todo aquello que
se hace mejor a nivel estatal. Es también el principio de subsidiariedad. El Tratado de
Maastrich habla de la subsidiariedad, pero es un concepto de subsidiariedad espurio,
porque es la propia superestructura burocrática la que dice lo que hay que traspasar al
nivel comunitario.
El principio de subsidiariedad hay que aplicarlo
siempre: lo que puede hacer el individuo, no lo tiene que hacer el municipio. Lo que puede
hacer el municipio no tiene que hacerlo la autonomía. Lo que puede hacer la autonomía,
no tiene que hacerlo el Gobierno nacional. Lo que puede hacer el Gobierno nacional no
tiene que hacerlo Bruselas.
Llevé una vez al IESE, al alcalde socialista de La
Coruña, que es Paco Vázquez, buen amigo mío y buen alcalde, a quien votan
derechas e izquierdas. Y llevé a Jordi Pujol, también amigo mío de hace muchos
años. Y el tema que se debatía era un poco éste. Entonces en cierto momento se arranca Paco
Vázquez y dice: porque yo estoy de acuerdo con la Sra. Thatcher cuando afirma
«lo que puede hacer Londres no tiene porqué hacerlo Bruselas». Yo estoy completamente
de acuerdo, añade Vázquez, lo que puede hacer Galicia no tiene porqué hacerlo
Madrid. Es más, lo que puede hacer La Coruña, no tiene porqué hacerlo Santiago. Es,
apostillo yo, la aplicación correcta del principio de subsidiariedad.
En la construcción europea existen, efectivamente,
estas dos corrientes, la confederal en la que pensamos que hay que poner en común
aquellas pocas cosas que los Estados no pueden hacer. Y la concepción socialista que es
la federal, la que quiere hacer los Estados Unidos de Europa. Y claro, para hacer los
Estados Unidos de Europa, el mejor procedimiento que han encontrado es la moneda única.
Un Mercado Común con monedas diversas puede funcionar. Los Estados Unidos y el Canadá
tienen un Mercado Común y cada uno tiene su moneda y funciona; le añadirán México y
seguirá funcionando. El Mercado Común no significa moneda única. Pero no se ha
encontrado en la historia ningún caso de moneda única que no descanse en la unidad
política. Y es normal, no puede haber moneda única sin unidad política porque la moneda
única exige un solo presupuesto.
Los socialistas quieren los Estados Unidos de Europa
gobernados centralmente. Como la obsesión socialista, la fatal arrogancia de los
socialistas es controlarlo todo, en el caso de Europa quieren también que esté todo
controlado desde Bruselas o desde donde sea; un centro que lo controle todo. La moneda
única la manera de llegar a esto por la puerta de atrás, es decir, burlando los
principios democráticos. Como a los países no se les ha consultado si realmente quieren
una unión política para Europa, la manera de hacerlo sin consulta popular es a través
de la moneda única, porque de esta manera no habrá más remedio que llegar, finalmente,
a una unidad política.
Si me preguntas cuál es mi opinión, estoy por la
confederación. ¿Qué hicieron los suizos? Para mí la Confederación Helvética es un
modelo. Un buen día, tres Cantones, conservando cada uno su propia identidad, ponen en
común aquellas cosas que se hacen mejor en común. Y a estos tres Cantones se fueron
uniendo los restantes Cantones bajo el mismo principio. Si ahora yo preguntara ¿quien es
el Presidente de la República Helvética? Nadie lo sabe. ¿Por qué? Porque son los
Consejeros Federales los que van asumiendo rotativamente la representatividad de la
Confederación que, al lado de los Cantones, tienen una importancia mínima. Lo que
importa son los Cantones, que conservan toda su autonomía, sus características propias.
Hay Cantones católicos, Cantones protestantes, hay Cantones que hablan francés, hay
Cantones que hablan alemán, Cantones que hablan italiano. Han puesto en común lo que
tenían que poner en común para ser una Confederación ante el mundo y nada más.
Ahora bien, para que una Confederación sea
verdaderamente tal hay que dar a los confederados la libertad de secesión. El que se
quiere marchar que se marche. En cuanto se conculca esta libertad de separarse, ya se
están infringiendo derechos elementales.
FERNANDO DE SALAS
Me llamó mucho la atención en Ginebra ese
monumento que tienen en un parque que es sencillamente un mural grande, en el que cuenta
que en el siglo XVI el señor Calvino había decretado que la enseñanza
obligatoria para todos los Cantones sería hasta los catorce años. Hay quien sostiene que
muchas de las características positivas que tienen los suizos se debe a que desde hace
muchos siglos, mucho antes que otros países europeos, tuvieran la enseñanza obligatoria
hasta los catorce años.
RAFAEL TERMES
Esto nos llevaría a otro tema muy distinto. Los
calvinistas suizos no fueron un modelo de liberalismo. San Francisco de Sales que
era Obispo de Ginebra, vivió siempre en Annecy porque no le dejaban entrar en Ginebra.
FRANCISCO JAVIER CHAMADA
ECONOMISTA
Yo, personalmente, pienso que el Estado es un mal
empresario. Pero voy a centrarme en los tres servicios básicos que usted ha mencionado.
Respecto a la enseñanza prefiero la libertad.
Respecto a la asistencia sanitaria, existen más dudas. A veces se hacen análisis
empíricos y se compara mucho Estados Unidos con el resto. Porque en la cuestión
sanitaria quizás Estados Unidos sea el único país, llamémosle liberal, en el aspecto
sanitario. He oído decir a veces, por ejemplo, comparado con Canadá u otros países
occidentales, que el coste sanitario supone el 12% del producto nacional bruto, tanto en
los países de sanidad pública como en Estados Unidos, sanidad fundamentalmente privada.
En cambio en la cobertura una es del 100% de la población, y en el otro, pues se dice,
que es del 20% de la población, que no tiene medios sanitarios.
También he oído recientemente a un consejero de la
Comunidad Autónoma decir: «bueno, si a mí me viene una empresa privada y me aseguran
que, por ejemplo, con setenta u ochenta mil pesetas, que dicen que es el coste de los
servicios públicos, un ciudadano tendrá derecho a una pensión, asistencia médica, y
que no tendrá ninguna discriminación por cuestión de edad o por un cierto tipo de
enfermedades, pues, adelante». Esto lo dice mucha gente.
¿Y las inquietudes que existen con respecto a las
pensiones de jubilación?, porque también una empresa privada puede quebrar.
RAFAEL TERMES
Es cierto. Una empresa privada puede quebrar y, por
lo tanto, una capitalizadora privada de pensiones puede ciertamente quebrar. La diferencia
está en que, en materia de pensiones, el Estado quiebra siempre. Lo que hay que hacer es
establecer el marco para evitar que estas capitalizadoras privadas quiebren. Es lo que han
hecho en Chile donde el sistema funciona. El Estado define el marco legal en el que se
tienen que mover las capitalizadoras, que, de acuerdo con la ley, no pueden hacer lo que
quieren, realizando, por ejemplo, inversiones demasiado arriesgadas. Pero, dentro de este
marco, cada una hace su política para ofrecer a la clientela las mejores condiciones.
Es lo mismo que sucede con los bancos. El Banco de
España los vigila, les impone normas de actuación pero los deja en libertad de
competencia. Claro que, aun así, las capitalizadoras pueden ir mal, pero siempre cabe la
posibilidad de que la gente se pase de una a otra, llevándose a la segunda lo que tenía
ahorrado en la primera.
BERNARDO DÍAZ
MIEMBRO ASOCIACIÓN ESPAÑOLA DE SOLIDARIDAD Y
COOPERACIÓN CON COLOMBIA
Se ha venido cuestionando mucho la actividad de los
partidos políticos en cuanto se refiere a la tarea legislativa. Se diría que la misma
disciplina de partido hace que los portavoces de los diferentes partidos se puedan reunir
y legislar entre cuatro o cinco portavoces sin necesidad de consultar o ir al Parlamento,
porque estas decisiones de disciplina rígidas se imponen. Pero ha surgido una línea
intermedia, que a mí me parece interesante y me gustaría escuchar su concepto al
respecto, y es la participación de la sociedad civil como colegisladora.
Y concretamente me parecería interesante conocer el
concepto respecto al pacto laboral suscrito entre la patronal y los sindicatos, Comisiones
Obreras y UGT, que posteriormente recibieron tanto los partidos políticos como el
Gobierno en concreto, que estimuló este proceso de concertación que bajo los trece años
de gobierno socialista no fue posible.
A mí me parece que podría presentarse un sistema
interesante desde la sociedad civil de colegisladora frente a estos temas. Así los
contenidos del pacto no se compartan, para algunos es el despido barato en últimas, para
otros es un avance importante como mecanismo de concertación laboral. Y por esto me
gustaría conocer su concepto.
RAFAEL TERMES
En principio, la
participación de la sociedad civil en la colegislación, en la elaboración de las leyes,
me parece una buena idea. De hecho en España existe una cierta posibilidad de hacerlo,
reuniendo un determinado número de firmas para llevar al Parlamento proposiciones de ley
para ser debatidas.
Antes hemos citado la democracia suiza donde hay
mucho de colegislación ciudadana, en el sentido de que son muy dados al referéndum. En
los Cantones se presentan muy a menudo proposiciones para ser sometidas a referéndum de
todos los vecinos del Cantón. Por cierto, es el único país, que yo sepa, donde sometido
a referéndum si había que trabajar más horas o menos horas, ganó que había que
trabajar más horas.
En el caso concreto del pacto entre los sindicatos y
la confederación de empresarios, sin dejar de reconocer que se trata de un avance y que
es mejor esta situación que la anterior, a mí no me gusta el sistema utilizado. El
sistema de consenso no me gusta, porque, aunque en este caso haya podido dar buenos
resultados, me parece que el consenso no forma parte de la democracia.
A ver si se entiende lo que quiero decir. El
consenso, me parece a mí, que es a la democracia lo mismo que el cártel de empresas es
al mercado. Cuando las empresas se ponen de acuerdo es para ir contra el mercado. Cuando
los partidos se ponen de acuerdo es para ir contra la democracia. O sea, el consenso sirve
para que no cambien las cosas, para que queden como están. No soy partidario del
consenso.
En democracia cada uno debe tener
sus propias ideas y defenderlas. Ganará o perderá, eso dependerá del resultado de las
elecciones. Paciencia y esperar otra oportunidad. Hacer pedagogía, lograr convencer a la
gente para que vote mi idea. Pero lo que no puedo hacer es decir: yo renuncio a lo mío,
tú renuncias a lo tuyo, y nos quedamos en lo que estaba. Es el sistema de no hacer
evolucionar nada. El consenso me parece malo.
Por lo tanto, yo digo, el cambio en el mercado
laboral debe venir del Gobierno, porque fueron los políticos los que lo intervinieron y
son los políticos los que lo tiene que desintervenir.
IGNACIO BUQUERAS Y BACH
Reiteramos una vez más a D. Rafael Termes
nuestra gratitud por su magnífica intervención, las atinadas contestaciones que se han
producido a través de este coloquio. Por otra parte, recordarles a todos ustedes que en
el «Cuaderno de Sociedad», número 14, se publicará íntegramente la intervención de D.
Rafael Termes, al igual que los demás ponentes, que nos dará la posibilidad de leer
y releer la revolución que supone, la conferencia del Sr. Termes, que por otra
parte es continuidad de sus muchas disertaciones públicas y privadas que ha tenido en
estos últimos años.
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